Filosofía aplicada

La extraña desazón: el malestar que tiene nombre desde hace milenios

Vuelves de vacaciones, todo está en orden y algo sigue inquieto por dentro. Los mitos de medio mundo le pusieron nombre a esa sensación hace milenios: es el segundo paso de cualquier historia que merezca contarse.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

Hay una inquietud que elige bien las fechas. Aparece en la última tarde de agosto, cuando la maleta ya está deshecha y los correos del lunes esperan su turno. Las vacaciones han sido buenas, la vuelta está organizada, no hay ningún incendio que apagar. Y sin embargo algo no está en su sitio. No es pereza, porque trabajar no te asusta. No es tristeza exactamente, porque te has reído este verano y volverás a reírte el viernes. Es otra cosa: una desazón sin causa aparente, un desajuste entre lo bien que va todo y lo poco que te llena que vaya bien.

Septiembre está lleno de artículos que le ponen a eso un nombre pequeño —síndrome posvacacional— y una solución de una semana: madrugar progresivamente, planificar algo ilusionante, volver al gimnasio. No vamos a hacer eso aquí. Primero, porque si esa inquietud fuera cosa de la vuelta al trabajo, no reaparecería en noviembre un martes cualquiera, y reaparece. Y segundo, porque esa sensación tiene un nombre mucho más viejo y mucho más interesante, y reducirla a un trastorno de calendario es la manera más eficaz de no escuchar lo que dice.

Un malestar que no sabe explicarse

Lo desconcertante de esta desazón es que no sabe responder al interrogatorio. ¿Es el trabajo? No exactamente: puedes tener un buen trabajo y sentir que algo no encaja, y de eso ya hemos escrito. ¿Es la pareja, la ciudad, la edad? Tampoco, o no del todo. Cada explicación parcial dura unos días y luego se cae, porque el malestar no está en ninguna pieza de tu vida: está en la relación entre tú y el conjunto. Por eso los nombres modernos se le quedan cortos. Estrés es no llegar; esto es llegar y que no baste. Aburrimiento es no tener nada que hacer; esto es tenerlo todo por hacer y no saber para qué.

En el arranque de El Viaje trabajamos un mapa antiguo, el del viaje del héroe, que empieza justo donde duele. El primer paso es la vida inane e inconsciente: la existencia en piloto automático de la que hablamos en la pieza anterior de este cuaderno. Y el segundo paso —literalmente el segundo, antes de que pase nada, antes de ninguna aventura— es este. En el mapa lo llamamos la extraña desazón: sin saber muy bien por qué, el protagonista empieza a sentirse extraño consigo mismo, con su vida, con su casa, con su ciudad; hay algo por dentro que le tiene inquieto y triste, pero no sabe qué es.

Fíjate en lo que eso significa. En el argumento universal de las historias que los seres humanos llevamos milenios contándonos, esa sensación tuya de ahora mismo no es una anomalía ni un fallo de fábrica. Es el punto exacto donde arranca cualquier biografía que merezca contarse. Nadie sale de casa en ninguna leyenda porque esté cómodo.

El segundo paso de un mapa muy viejo

El mapa tiene autor conocido. En 1949, un estudioso norteamericano de mitología comparada, Joseph Campbell, publicó El héroe de las mil caras, donde sostenía que bajo la Odisea, el cantar de Beowulf, los cuentos de hadas y las leyendas de medio mundo late un mismo argumento de fondo, el monomito, con sus etapas reconocibles. Sobre la fase que nos ocupa escribió una de las frases más certeras que existen sobre este malestar: el horizonte familiar de la vida se ha quedado pequeño; los viejos conceptos, los ideales y los patrones emocionales de siempre ya no sirven; ha llegado la hora de cruzar un umbral.

Léelo despacio, porque invierte el diagnóstico entero. La desazón no dice que tu vida esté mal hecha. Dice que te has quedado grande para ella, como una ropa que fue tuya y ya no abrocha. Lo que sientes no es el derrumbe de algo, sino la presión de algo que pide sitio. Por eso ningún arreglo parcial la calma durante mucho tiempo: no pide un arreglo, pide un umbral.

Lo que Campbell vio (y lo que no)

Aquí toca ser honestos, porque en esta casa la honestidad sobre las fuentes es el género. El monomito de Campbell no es una ley científica, y conviene que lo sepas. Los folcloristas académicos llevan décadas señalando sus costuras: Alan Dundes, uno de los grandes del oficio, lo cuestionó con dureza, y Barre Toelken observó que Campbell solo pudo construir su patrón universal citando las historias que encajaban en el molde y dejando fuera las muchas, igual de valiosas, que no encajaban. Dicho claro: el viaje del héroe es una selección hecha con talento, no un hallazgo de laboratorio.

¿Invalida eso lo que te está pasando? No, y la distinción importa. Una cosa es que el patrón no sea universal como pretendía su autor, y otra que no nombre bien una experiencia real. Que la extraña desazón aparezca en la Odisea, en los cuentos de hadas y en tu salón un domingo por la tarde no demuestra una estructura del alma humana; demuestra, como mínimo, que no eres el primero ni estás solo. Un mapa no es una ley. Pero quien camina por terreno desconocido agradece un mapa aunque tenga los bordes dibujados a mano.

La desesperación silenciosa

Un siglo antes de Campbell, Henry David Thoreau escribió en Walden la frase que mejor ha envejecido sobre este asunto: la masa de los hombres lleva vidas de silenciosa desesperación. Y añadió algo aún más incómodo: lo que llamamos resignación es desesperación confirmada. Es decir: la desazón que no se escucha no desaparece; se institucionaliza. Se convierte en ese gesto de encogerse de hombros que llamamos madurez y que a veces es solo rendición con buena prensa.

Permítenos una curiosidad que es también una lección. Circula por todas partes una versión ampliada de esa cita —«y van a la tumba con la canción todavía dentro»— que Thoreau nunca escribió: los archiveros del Walden Woods Project la tienen catalogada como cita apócrifa, probablemente contaminada por un poema de Oliver Wendell Holmes. Hasta las frases sobre la desazón nos las devuelven adornadas. La original, más seca, es mejor: no promete canciones por descubrir, solo advierte de lo que pasa cuando uno confunde resignarse con madurar.

Esto no es una consulta médica

Antes de seguir, una frontera que no vamos a difuminar. Todo lo dicho vale para la desazón que convive con una vida que funciona: trabajas, duermes, te ríes, disfrutas a ratos, y aun así suena ese ruido de fondo. Si lo tuyo no es un ruido de fondo sino un apagón —semanas de tristeza que no levanta, el sueño o el apetito rotos, la sensación de que nada de lo que antes importaba importa—, entonces esta pieza no es tu texto: tu paso serio es un profesional sanitario, y darlo no es el plan B de los débiles sino lo que hace la gente que se toma su vida en serio. La filosofía y los mitos nombran bien la inquietud del que está sano; no curan, ni pretenden, lo que pertenece a la medicina.

No la hagas callar demasiado pronto

¿Y entonces qué se hace con ella? El mapa antiguo es claro en el orden de los acontecimientos: después de la extraña desazón viene la llamada —un encuentro, una conversación, una lectura que funciona como un aldabonazo— y después, casi siempre, la negativa: el protagonista dice que él no es el elegido, que bastante tiene con lo suyo, que esas son fantasías. Campbell advirtió lo que cuesta esa negativa: rechazada la llamada, la aventura se convierte en su negativo, y amurallado en el tedio o en el trabajo el sujeto pierde la capacidad de actuar y queda a la espera de que algo lo salve.

Nuestra cultura ha perfeccionado mil maneras elegantes de decir ese no: llenar la agenda hasta que el ruido tape la señal, comprar algo, cambiar de serie, apuntarse a la solución de septiembre de turno. Todas funcionan unas semanas. Ninguna responde a la pregunta, porque la desazón no pregunta qué te falta, pregunta quién no estás siendo.

No te vamos a dar una lista de pasos: prometimos no hacerlo y además no existe. Solo esto: no la hagas callar demasiado pronto. Trátala como información y no como avería. Esa inquietud sin causa aparente es, probablemente, la primera noticia que tienes de ti mismo en mucho tiempo. De la llamada que suele venir después —y de por qué casi todos empezamos por rechazarla— seguiremos escribiendo en esta serie. El mapa entero, por si quieres verlo de una vez, ya lo contamos hace tiempo; pero el mapa puede esperar. El paso en el que estás es este.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.

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