El claustro

Lo que celebramos el 5 de octubre

El 5 de octubre no conmemora un homenaje sino un documento de 1966 sobre la dignidad del oficio docente. Qué celebra tu claustro, qué dicen TALIS y la UNESCO, y qué puede hacer tu centro.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

El 5 de octubre de 2026 cae en lunes. A media mañana, entre la segunda hora y el patio, el correo del centro repartirá su ración de felicitaciones: la de la plataforma de gestión, que os desea un feliz día y aprovecha para recordar sus novedades; la de una editorial, con cartel imprimible; quizá una circular institucional con tipografía solemne. En la sala de profesores alguien la leerá en voz alta, y una compañera —pongamos que se llama Marta y lleva veintidós años dando Lengua en Secundaria— resumirá el sentir general con una frase que ya es un clásico del gremio: «Que me feliciten menos y me quiten papeleo».

Un día que nació con membrete

Marta tiene su parte de razón. Y sin embargo este día merece algo más que la media sonrisa, porque casi nadie recuerda qué se celebra exactamente. El 5 de octubre no es una ocurrencia más del calendario de días mundiales, esa liturgia laica que reparte jornadas al jazz o a la radio. La fecha conmemora un documento: la Recomendación conjunta sobre la situación del personal docente que la OIT y la UNESCO adoptaron el 5 de octubre de 1966, tras una conferencia intergubernamental reunida en París. Fue el primer texto internacional que se tomó en serio definir qué es un profesor: qué formación merece, qué condiciones necesita, qué participación le corresponde en las decisiones educativas, qué respeto le debe la sociedad a la que sirve. La UNESCO instituyó el día en 1994, y desde entonces lo convoca cada año junto a la OIT, UNICEF y la Internacional de la Educación.

Conviene retener ese origen porque cambia el género del día. No nació como homenaje sentimental, sino como reivindicación con membrete. El texto de 1966 habla de salarios, de estabilidad, de número de alumnos por aula, de libertad profesional. Quien lo firmó no pensaba en tazas con frases bonitas: pensaba en que enseñar es un oficio cualificado que se sostiene, o se hunde, con condiciones concretas. Celebrar el 5 de octubre es, en rigor, volver a leer ese contrato.

Y este año toca releerlo con motivo: la edición de 2026 marca el sexagésimo aniversario de aquella Recomendación, que la UNESCO está revisando ahora mismo para ponerla al día frente a lo que ha aparecido desde entonces —lo digital, el clima, la inclusión, las migraciones—. La propia organización ordena el asunto en tres dimensiones que cualquier profesor reconoce de inmediato: la simbólica, cuando la profesión no recibe el reconocimiento que merece; la profesional, marcada por una autonomía limitada y una escasa participación en las decisiones; y la material, la de los salarios, las cargas de trabajo y unos entornos que no permiten desempeñar bien el oficio.

La paradoja del profesor español

Sesenta años después, varias cláusulas del contrato siguen esperando, y España lo ilustra con una paradoja que los estudios internacionales retratan con precisión. Según el informe español de TALIS 2024, publicado hace ahora un año, el 95% de los docentes de Secundaria y el 97% de los de Primaria están satisfechos con su trabajo. Léelo despacio: es una de las tasas de amor al oficio más altas que registra encuesta alguna en profesión alguna. Ese mismo profesorado, sin embargo, declara que lo que le desgasta no es la clase, es lo que la rodea: el 64% en Secundaria señala las tareas administrativas como fuente de estrés.

Y cuando se les pregunta si la sociedad valora su profesión, responde que sí el 15,6%. La cifra era del 14,1% en 2018: seis años después, la diferencia es tan pequeña que la propia OCDE la considera estadísticamente no significativa. Dicho de otro modo: no ha cambiado nada. Para calibrar el número conviene mirar al lado — la media de los países de la OCDE está en el 22%. Marta cabe entera en esas cifras: ama lo que hace, la agota lo que no es hacer clase, y no siente que ahí fuera se aprecie la diferencia.

Cuarenta y cuatro millones de ausencias

Lo que en España es desgaste, en el mundo es ya escasez. El Informe mundial sobre el personal docente que la UNESCO y su Teacher Task Force publicaron en 2024 puso cifra al agujero: harán falta 44 millones de profesores adicionales de Primaria y Secundaria para alcanzar en 2030 la escolarización universal que el mundo se prometió a sí mismo; uno de cada tres, en África subsahariana. La cifra impresiona menos que la tendencia que la acompaña: el abandono de la profesión entre los maestros de Primaria casi se duplicó en siete años, del 4,6% en 2015 al 9% en 2022. No es que falten personas dispuestas a enseñar; es que cada vez más personas que enseñaban han decidido dejar de hacerlo. El propio informe, al proponer remedios, elige un verbo que lo dice todo sobre el fondo del diagnóstico: dignificar la profesión. Cuando un organismo internacional tiene que pedir por escrito que se dignifique un oficio, es que ese oficio lleva demasiado tiempo tratado por debajo de su dignidad.

La objeción de la sala de profesores

Seamos honestos con la objeción que estará pensando cualquier lector de sala de profesores: un día mundial no arregla nada de esto. Es verdad. Los sindicatos lo saben y convierten cada 5 de octubre en jornada de reclamaciones, y hacen bien, porque esa es exactamente la tradición de 1966. El riesgo real del día es otro: que se quede en homenaje institucional, en el cartel y la taza, mientras las cláusulas del contrato siguen pendientes. El aplauso barato es la forma más cómoda de no pagar lo que se debe.

La celebración que depende de cada centro

Pero hay algo que sí está al alcance de cada centro, y aquí la efeméride se vuelve interesante para un equipo directivo. La valoración social de la profesión se juega en los telediarios y en los presupuestos, donde un colegio concreto poco alcanza. Y se juega también, cada día, en un terreno donde el centro lo decide casi todo: si el tiempo del profesor se protege o se tritura, si el claustro es una comunidad intelectual o un cuadrante de guardias, si al que lleva veinte años en el aula se le sigue alimentando el porqué o se le da por amortizado. La encíclica Magnifica Humanitas, que tanto ha circulado este año por los claustros con ideario, recuerda que la escuela ofrece lo que lo digital por sí solo no puede dar: «tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». Tiempo y relaciones son también lo que un centro puede regalar a sus profesores, y no solo a sus alumnos, sin esperar a ningún decreto.

Ahí está la celebración que depende de nosotros. El 5 de octubre que merece la pena es el del centro que decide que la formación de su claustro no se limite a lo urgente —la plataforma nueva, el protocolo recién llegado— y toque de vez en cuando lo importante: las preguntas grandes que un día trajeron a cada profesor al aula. Quien ha visto a un claustro discutir de verdad sobre un texto o una idea, y no sobre una rúbrica, sabe que de esas conversaciones se vuelve distinto a clase. En esa convicción trabaja Thenomba con los colegios: la vocación docente no se predica ni se felicita, se alimenta; y un claustro que cultiva su propio bagaje cultural y su sentido de misión no solo retiene profesores, sino que los engendra, porque el mejor semillero de vocaciones que existe sigue siendo un alumno que tuvo delante a un profesor con el porqué encendido.

Quizá esa sea la vara de medir más seria que puede aplicarse un colegio el Día Mundial de los Docentes. No cuántos años de media acumula su claustro ni qué dice el cartel del vestíbulo, sino cuántos de sus antiguos alumnos han querido ser profesores. Detrás de cada uno de esos nombres hay siempre una Marta que un día, entre la segunda hora y el patio, hizo algo que ningún documento internacional sabe describir y que todos, desde 1966, intentan proteger.

Así que este 5 de octubre, cuando llegue el correo con la felicitación de turno, léela sin cinismo. Piensa en aquella conferencia de París que puso por escrito lo que se te debe. Piensa en los 44 millones que faltan, que son la prueba mundial de que esto que haces no lo hace cualquiera. Y si diriges un centro, no te conformes con felicitar: pregunta a tu claustro qué necesitaría para volver a elegir este oficio mañana. La respuesta te sorprenderá menos que la gratitud por la pregunta.

And what if this were your next year?

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