El claustro

La paciencia en el aula

La docencia gasta paciencia más deprisa de lo que la repone, y casi nadie forma para ella. Qué dicen la tradición y la psicología sobre cómo se entrena, y por qué se repone en el claustro.

Hay una semana del curso en la que se acaba el crédito de septiembre. Suele caer hacia la tercera de octubre, cuando las tardes se acortan y los propósitos del claustro inicial — este año no me altero, este año corrijo al día — empiezan a pesar como los abrigos. Marta, profesora de matemáticas en un tercero de la ESO, explica por tercera vez cómo se despeja una incógnita. Cuando el mismo alumno de la tercera fila levanta la mano para preguntar exactamente lo que ella acaba de responder, Marta hace algo que ningún inspector anotará jamás: respira, deja el rotulador, y vuelve a empezar por el principio como si fuera la primera vez. Ese gesto minúsculo se repite cada mañana en miles de aulas. Es, probablemente, la operación profesional más ejecutada de España. Y casi nadie ha sido formado para hacerla.

Los datos lo dicen con una franqueza incómoda. En el informe español de TALIS 2024, solo el 39 % del profesorado de secundaria — el 45 % en primaria — valora que su formación le aportó ideas para gestionar el comportamiento en el aula, que es el terreno donde la paciencia se juega hora a hora. El mismo informe retrata a un profesorado que ama su oficio (el 95 % se declara satisfecho) y que se desgasta por donde menos sentido tiene: el 64 % padece estrés por tareas administrativas. El sistema consume la paciencia de sus profesores más deprisa de lo que la repone, y mientras tanto la trata como un rasgo de temperamento, algo que se tiene o no se tiene, como el color de los ojos. La tradición entera pensó siempre lo contrario: que la paciencia es una virtud. Es decir, algo que se entrena.

Aguantar no es ser paciente

Conviene empezar por deshacer un malentendido, porque la palabra ha envejecido mal. En la sala de profesores, «ten paciencia» suena a menudo a «resígnate», y esa confusión es la que hace sospechosa la virtud. Tomás de Aquino, que le dedicó una cuestión entera, la colocó dentro de la fortaleza: el paciente no es el que no siente la molestia, sino el que no se deja arrastrar por ella; el que sostiene el ánimo para que la tristeza no le quiebre el juicio. El que simplemente aguanta va acumulando por dentro, y lo que acumula acaba saliendo — en casa, en el pasillo, en la junta de evaluación de diciembre. El paciente hace otra cosa: mantiene el juicio despierto mientras la situación aprieta, y por eso conserva la libertad de decidir qué hacer. La paciencia de Marta con la incógnita no es tragarse el fastidio. Es haber decidido, una vez más, que ese alumno vale el tiempo que cuesta.

Aristóteles ya había dejado escrita la mecánica, y la pieza que abría esta serie la contaba: las virtudes se adquieren ejercitándolas, como se aprende a tocar la cítara tocando. Nadie se hace paciente leyendo carteles sobre la paciencia. Se hace paciente volviendo a explicar la incógnita, muchas veces, en una comunidad donde volver a explicarla significa algo.

Lo que la psicología ha aprendido de la paciencia

Lo llamativo es que la ciencia reciente, al asomarse a esta virtud antigua, ha vuelto a dibujar el mapa clásico casi sin querer. Sarah Schnitker, de la Universidad de Baylor, la investigadora que más ha estudiado la paciencia en las últimas dos décadas, distingue tres tipos: la paciencia ante los contratiempos cotidianos, la paciencia interpersonal y la paciencia ante las adversidades graves de la vida. Un aula exige las dos primeras cada hora: la fotocopiadora atascada a las ocho y cinco pertenece al primer tipo; el alumno de la tercera fila, al segundo. Su investigación asocia la paciencia con mejor regulación de las emociones, más calma disponible para decidir y más persistencia en las metas largas — y la docencia es, casi por definición, una meta larga.

Más interesante todavía es cómo propone cultivarla, porque sus estudios sugieren que puede entrenarse en plazos sorprendentemente cortos [DATO A CONFIRMAR: verificar el diseño y los resultados de los estudios de intervención contra el artículo original de Schnitker (Journal of Positive Psychology, 2012), que no se pudo abrir en esta sesión]. El itinerario que describe tiene tres pasos: notar lo que uno está sintiendo antes de que mande; reencuadrar la situación — preguntarse qué está pasando de verdad cuando el de la tercera fila pregunta lo ya explicado, que casi nunca es un desafío y casi siempre es un naufragio —; y conectar el momento con el propósito por el que uno está allí. Un lector de los clásicos reconoce el esquema a la primera: atención, deliberación, finalidad. Y un profesor reconoce el tercer paso con otro nombre, porque conectar con el propósito es, exactamente, acordarse del porqué — esa operación de la que hablaba la primera pieza de este cuaderno, la que sostiene una vocación cuando el curso muerde.

Cuando pedir paciencia es pedir demasiado

Hay que decir también lo que esta pieza no dice, porque la virtud tiene una versión tramposa. Existe una manera injusta de hablar de la paciencia docente: convertirla en exigencia individual para tapar problemas que son de estructura. Los críticos del discurso del carácter — Alfie Kohn es de los más citados — llevan años advirtiendo de ese desplazamiento: celebrar la entereza del individuo puede ser una forma elegante de no arreglar lo que le desgasta. La advertencia merece ser tomada en serio. Si el 64 % del profesorado padece estrés por burocracia, la respuesta de la organización no es un claustro más paciente; son menos papeles. La paciencia no es un parche para ratios desbordadas ni para horarios imposibles, y ninguna virtud florece en un terreno diseñado contra ella. Un equipo directivo que quiera profesores pacientes hará bien en empezar por quitar piedras del camino antes que por recomendar serenidad. Hecha esa parte — y solo hecha esa parte —, sigue en pie la otra mitad de la verdad: ni el mejor horario del mundo explica tres veces una incógnita sin humillar a nadie. Eso lo hace una persona, con lo que lleva dentro.

El alumno nota quién la tiene

Porque aquí está el secreto pedagógico de esta virtud: la paciencia se capta más que se enseña. El marco de Birmingham que fundamenta la educación del carácter — donde la paciencia figura entre las virtudes morales [DATO A CONFIRMAR: cotejar su clasificación exacta contra el PDF del Jubilee Centre Framework, no abierto en esta sesión] — insiste en que el carácter viaja por contagio, y pocas virtudes lo demuestran tan a las claras. El alumno que ve a su profesor volver a explicar sin un gesto de fastidio está aprendiendo algo que no aparece en ninguna programación: que él vale el tiempo que cuesta. Décadas después habrá olvidado los sistemas de ecuaciones, pero no a la profesora que no le hizo sentirse tonto. El profesor impaciente también enseña, por cierto. Solo que enseña otra cosa.

Y la paciencia con los alumnos tiene una hermana menos vistosa que la sostiene: la paciencia con uno mismo. El profesor que se exige no perder nunca la calma acaba perdiéndola por partida doble — con la clase y consigo —. El artesano no se enfada con la madera, pero tampoco consigo cuando la gubia se le va. Vuelve a empezar.

La paciencia se repone en compañía

Queda la pregunta práctica: dónde se recarga. La respuesta honesta es que casi nunca a solas. La paciencia individual es un depósito; la cultura de claustro es el surtidor. El humor de la sala de profesores, el veterano que relativiza el incidente del patio sin quitarle importancia, la compañera que te cambia la guardia el día que no puedes más: ese tejido invisible, del que este cuaderno se ocupó hace unas semanas, es donde la virtud se repone o se agota. León XIV lo escribió el año pasado con una precisión que parece pensada para una junta de evaluación: la educación necesita adultos dispuestos a «un trabajo diario, paciente», sostenido por alianzas amplias y compartidas. Diario y paciente: el oficio entero cabe en esas dos palabras, y también su dificultad.

La apuesta de Nomba Education va exactamente por ahí: dar al claustro la raíz culta de esta virtud — la filosofía que la pensó, la literatura que la muestra en acto, la historia que la pone a prueba — para que la paciencia de cada profesor no dependa solo de su temperamento ni de sus fuerzas de esa mañana, sino de una cultura compartida que la nombra, la entiende y la celebra. Mientras tanto, en algún tercero de la ESO, el alumno de la tercera fila va a volver a levantar la mano. Y Marta va a dejar el rotulador, va a respirar, y va a empezar otra vez por el principio. Como si fuera la primera.

And what if this were your next year?

A journey of ideas, conversations, and twenty minutes a day to continue growing.

This site uses cookies
We use cookies to enhance your experience, measure performance, and personalize content. Cookie Policy