Didáctica
La atención como asignatura previa
Antes de enseñar cualquier materia hay que poder sostener la mirada en ella. Qué dice la evidencia sobre la atención en el aula y qué puede hacer un claustro.
Gloria Mark empezó con un cronómetro. En 2004, esta investigadora de la Universidad de California en Irvine se sentaba detrás de oficinistas y anotaba, segundo a segundo, cuánto tiempo permanecían en una misma pantalla antes de saltar a otra. La media le salió en dos minutos y medio. Cuando repitió el estudio en 2012, ya con software de registro, la cifra había caído a 75 segundos. En sus mediciones más recientes, recogidas en su libro *Attention Span* (2023), la media ronda los 47 segundos, con una mediana de 40; otros equipos que han replicado el método obtienen entre 44 y 50. Conviene subrayar un detalle que casi siempre se olvida al citar estos números: Mark no estudió adolescentes. Estudió adultos. Nosotros.
La tentación al leer esto es convertirlo en un sermón generacional, y es exactamente la lectura que hay que evitar. Si la capacidad media de permanecer en una tarea se ha dividido por tres en veinte años, y le ha pasado a oficinistas de cuarenta años igual que a alumnos de catorce, la explicación no puede ser la flaqueza moral de nadie. La explicación es industrial. Al otro lado de cada pantalla trabajan miles de ingenieros extraordinariamente bien pagados cuyo oficio consiste en capturar y retener atención humana, porque de eso viven sus empresas. Es una asimetría de fuerzas descomunal, y reconocerla cambia el tono de toda la conversación escolar: el alumno que no consigue concentrarse no es un culpable al que reñir, sino la parte débil de un combate desigual.
Lo que la escuela ve desde dentro
Gregorio Luri, que fue maestro antes que filósofo, lleva años sosteniendo que la atención es «el nuevo cociente intelectual»: la capacidad que mejor va a distinguir trayectorias en las próximas décadas, precisamente porque se ha vuelto escasa. Y añade algo decisivo: la atención se educa. No se ordena — mandar «¡atended!» a una clase es tan eficaz como mandar dormir a un insomne —, pero se estira, como un músculo, con ejercicio graduado. Una clase que exige seguir un argumento largo, un texto que no entrega su sentido en la primera lectura, un problema que pide quedarse en él más de lo cómodo: eso es un gimnasio de atención, y la escuela es el último lugar de la vida de un chaval donde ese gimnasio existe.
El informe de seguimiento de la educación en el mundo que UNESCO dedicó en 2023 a la tecnología llevaba en el título una pregunta poco diplomática: ¿una herramienta en los términos de quién? Sus datos justifican la suspicacia. Solo el 16% de los países garantiza por ley la privacidad de los datos educativos; un análisis citado en el informe encontró que 89 de cada 100 productos tecnológicos educativos examinados podían vigilar a menores; y buena parte de la evidencia sobre beneficios del uso de tecnología en el aula muestra efectos entre pequeños y medianos, financiada con frecuencia por quien vende el producto. La conclusión de UNESCO no es prohibicionista: es que la tecnología entre en el aula en los términos de la escuela, no en los del proveedor.
El pleito científico, contado con honestidad
Sobre la relación entre pantallas y bienestar adolescente hay un debate académico abierto, y este cuaderno prefiere contarlo entero antes que elegir el titular cómodo. De un lado, Jonathan Haidt sostiene en *La generación ansiosa* (2024) que la llegada del teléfono inteligente reconfiguró la infancia con costes psicológicos graves. Del otro, investigadoras como Candice Odgers, que reseñó el libro en *Nature*, y Andrew Przybylski, en Oxford, replican que las correlaciones halladas son pequeñas y que la causalidad dista de estar demostrada; a su juicio, la tesis fuerte va por delante de los datos. El pleito sigue vivo, y probablemente lo estará años.
Lo interesante para un claustro es que no necesita esperar al veredicto. Que cuesta más que hace quince años sostener la atención de un grupo — y la propia — es una constatación de aula que ningún bando discute; los datos de Mark, medidos en adultos, la respaldan sin necesidad de pronunciarse sobre la salud mental de nadie. Y la respuesta escolar sensata es la misma gane quien gane el debate: no depende de demonizar dispositivos ni de repartir culpas a las familias, terreno en el que este cuaderno no entra, sino de decidir qué experiencia de atención ofrece el colegio en sus propias horas.
Objetos dignos de atención
Porque la atención no se entrena en el vacío. Se entrena con objetos que la merecen. Un problema de matemáticas bien planteado, que pica la curiosidad antes de exigir la técnica. Una página que se relee porque la segunda lectura da más que la primera. Media hora de trabajo en silencio de la que se sale con algo hecho. La satisfacción honda de haber entendido por fin algo difícil, que ningún vídeo de treinta segundos puede dar porque requiere precisamente lo que el vídeo no pide. La escuela no puede competir con la industria del entretenimiento en estímulo por segundo, y hace mal cuando lo intenta; su ventaja está en el otro tablero, el de la profundidad, donde juega sola.
Queda la parte que menos nos gusta mirar. Los sujetos de Gloria Mark éramos nosotros, los adultos. El profesor que quiere alumnos capaces de atender enseña, sobre todo, con su propia manera de estar: su capacidad de escuchar una respuesta entera sin mirar la pantalla, de sostener una explicación larga con la arquitectura clara, de leer en profundidad y que se le note. La atención se contagia igual que se contagia la prisa. Y un claustro fragmentado, saturado de plataformas y notificaciones, transmite fragmentación por mucho que programe talleres sobre concentración.
Por eso en Nomba Education pensamos la formación del profesorado como una devolución de tiempo largo: lectura guiada que vuelve a hacer sitio a los libros enteros, clases y conversaciones que piden — y premian — atención sostenida, una comunidad donde pensar despacio no es un lujo sino el método. La atención es la asignatura previa a todas las demás, y como todas las asignaturas de verdad, empieza en quien la enseña.
¿Y si esto fuera tu próximo año?
Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.
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