El claustro

La sala de profesores, el aula invisible

Los claustros españoles colaboran sobre el papel, pero la colaboración que entra en el aula es rara. Qué dicen TALIS 2024 y la evidencia del capital social docente.

En su primer destino, a Marta nadie le explicó el colegio. Le dieron un horario, una llave del departamento y una contraseña de la plataforma. El colegio se lo explicó la sala de profesores. Allí aprendió quién ayuda y quién esquiva, de qué se habla en los diez minutos del café y de qué no se habla nunca, cómo se nombra a los alumnos difíciles, si un error se confiesa en voz alta o se entierra. En un mes absorbió más pedagogía —buena y mala— que en todo el máster de profesorado. Nadie diseñó esas lecciones. Nadie las programó ni las evaluó. Pero la formaron más que cualquier plan de formación que haya pisado después.

Cada centro tiene dos currículos. Uno está escrito: las programaciones, los criterios de evaluación, los planes que cada septiembre se revisan con lupa en interminables sesiones de coordinación. El otro no lo escribe nadie y se imparte todos los días en la sala de profesores. Es la cultura de claustro: el tejido de hábitos, conversaciones y silencios con el que un grupo de adultos se enseña a sí mismo qué significa trabajar en ese colegio concreto. La tesis de este artículo cabe en una frase: ese segundo currículo educa tanto como el primero, y casi ningún centro lo cuida con la misma seriedad.

Los datos más recientes dibujan bien el terreno. El informe español de TALIS 2024, publicado por el INEE en octubre de 2025, retrata un profesorado que ama su oficio: el 95% de los docentes de secundaria y el 97% de los de primaria se declaran satisfechos con su trabajo. El mismo informe retrata a ese profesorado ahogado en gestión: el 64% de los de secundaria señala las tareas administrativas como fuente de estrés, bastante por encima de la media de la OCDE. Un claustro enamorado de su oficio y enterrado en papeles es un claustro al que le queda poca energía para lo que aquí nos ocupa: conversar sobre cómo se enseña.

Porque sobre el papel, colaboramos mucho. El 83% del profesorado dice que su centro le ofrece oportunidades de iniciar y liderar actividades colaborativas. Participar de verdad cada mes en aprendizaje profesional conjunto lo hace el 24%. Pero cuando la pregunta baja del papel al aula, la fotografía cambia de golpe: la docencia compartida ronda el 31% en secundaria y la observación entre pares —que un compañero te vea dar clase y luego hablar de ello— se queda en el 9%. Dicho sin tecnicismos: nos reunimos muchísimo y nos vemos enseñar casi nunca. La colaboración española es de pasillo y de acta. La puerta del aula sigue cerrada, y con ella la conversación que más podría enseñarnos.

¿Importa esa conversación? Hay un estudio que lleva quince años incomodando a los reformadores educativos precisamente por responder que sí, y mucho. Carrie Leana, profesora de organizaciones en la Universidad de Pittsburgh, pasó los cursos 2005 a 2007 siguiendo a más de mil maestros de cuarto y quinto de primaria en 130 escuelas públicas de Nueva York. Midió dos cosas de cada maestro. Su capital humano: talento, formación, experiencia individual. Y su capital social: la frecuencia y la calidad de sus conversaciones profesionales con otros maestros, la confianza con que podían pedirse ayuda. Después miró cuánto avanzaban en matemáticas los alumnos de cada uno.

El resultado se ha citado mil veces y sigue sorprendiendo. Donde el capital social del claustro era una desviación típica superior a la media, los alumnos mejoraban un 5,7% más en matemáticas. Y el hallazgo verdaderamente incómodo venía después: los maestros modestos pero bien tejidos en su claustro igualaban los resultados de la media, y los mejores resultados eran de quienes unían capacidad y vínculos con sus compañeros. Leana tituló su artículo «el eslabón perdido de la reforma escolar»: llevamos décadas reformando el eslabón equivocado, el maestro individual, cuando el que mueve los resultados es el tejido que une a los maestros entre sí.

Conviene decir en voz alta lo que ese estudio no demuestra. Es investigación en primaria urbana estadounidense, mide solo matemáticas y es correlacional: nadie ha probado que baste con juntar profesores en una sala para que los alumnos aprendan más. Y hay un contrapunto serio desde dentro de la propia investigación educativa. Andy Hargreaves lleva años avisando contra lo que llama colegialidad artificial: la colaboración decretada desde dirección, con hora fija, orden del día y acta obligatoria, que produce reuniones en lugar de cultura y acaba alimentando el cinismo que pretendía curar. Cualquiera que haya salido de un claustro pensando «esto podía haber sido un correo» sabe exactamente de qué habla.

Entonces, ¿qué hace fuerte a un claustro, si no son las reuniones? Cosas más pequeñas y más difíciles de decretar. Qué se celebra en público y qué se lamenta. Si los veteranos cuentan lo que saben o lo administran como un patrimonio privado. Si el que prueba algo nuevo incomoda o contagia. Cómo se habla de las familias cuando no están delante. Un profesor recién llegado detecta esa temperatura en dos semanas, sin que nadie se la explique, y ajusta su docencia a ella: hacia arriba o hacia abajo. Por eso la sala de profesores es el aula invisible. Allí el centro se enseña a sí mismo, cada día, qué clase de escuela es.

Y aquí la conversación toca algo que en un centro con carácter propio no es un matiz: el ideario. Un proyecto educativo no vive en el folleto ni en el uniforme; vive en cómo conversa su claustro. Durante décadas esa transmisión funcionó sola, porque los profesores nuevos se formaban junto a generaciones que habían mamado el proyecto fundacional. Esa transmisión silenciosa se está rompiendo por pura demografía: la generación que encarnaba el proyecto se jubila, y la que llega —con vocación intacta, conviene decirlo— no ha sido formada en el horizonte cultural en que aquel proyecto nació. Si la cultura de claustro se deja al azar, el ideario se diluye sin que nadie lo haya decidido. No por traición: por evaporación.

La buena noticia es que cultivar el aula invisible no exige presupuesto, sino dirección. Proteger tiempo real para la conversación pedagógica, que no es otra reunión sino una conversación con objeto. Mezclar generaciones en las programaciones y en las tutorías, para que lo que saben los veteranos circule. Abrir las aulas poco a poco, hasta que verse enseñar deje de sentirse como una inspección y empiece a parecerse a un regalo entre colegas. Y poner sobre la mesa del claustro objetos dignos de conversación: un libro, una pregunta grande, un problema real del centro. Los claustros no se cohesionan hablando de horarios. Se cohesionan pensando juntos en algo que importa.

En Nomba trabajamos exactamente en esa costura. Cuando un grupo de profesores del mismo centro lee y discute las mismas grandes preguntas —qué es educar, de dónde venimos, qué le debemos a quien tenemos delante—, la sala de profesores cambia de conversación, y con ella cambia el centro. No hay magia en ello: es capital social construyéndose sobre un idioma común, que es lo que un ideario necesita para volver a estar vivo. El alma de un proyecto educativo son las personas que lo encarnan, y esas personas se forman, o se desforman, juntas.

Marta es hoy jefa de estudios en otro centro. Dice que de aquel primer año se le quedó grabada una idea que entonces no habría sabido formular: que ella enseñó como la sala de profesores le enseñó a enseñar. Por eso ahora, cuando piensa en la formación de su claustro, no empieza por el catálogo de cursos. Empieza por la conversación del café.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.