Filosofía en el patio: lo que un colegio gana cuando enseña a preguntar
La filosofía para niños no sube las notas: enseña a pensar. Qué dice de verdad la evidencia (los dos ensayos EEF) y cómo llevarla al aula sin convertirla en un círculo de opiniones.

Gabriel Serrano

La pelea empezó como empiezan todas: un balón, dos equipos mal repartidos y un grito de «¡no es justo!» que cruzó el patio entero. Marta, tutora de cuarto de primaria, hizo lo que casi cualquier docente ha hecho alguna vez: cortar, consolar, repartir de nuevo. Pero esa tarde, en vez de cerrar el asunto, lo abrió. Escribió en la pizarra la frase del grito, «no es justo», y preguntó a la clase qué haría falta para que un reparto lo fuera. Durante cuarenta minutos, veinticinco niños de nueve años discutieron si justo significa igual para todos o a cada uno lo que necesita, si sortear es más justo que elegir, y si puede ser justa una norma que a alguien le duele. Nadie levantó la voz. Al terminar, un alumno dijo que había cambiado de opinión, y lo dijo como quien anuncia un descubrimiento.
Eso que hizo Marta tiene nombre y método, y cuenta con medio siglo de historia. Se llama filosofía para niños, y conviene contarla bien precisamente ahora, en un otoño en el que España ha vuelto a discutir de educación a golpe de titular (los resultados de PISA publicados en septiembre, el debate sobre pantallas y exigencia) y en el que la tentación de responder a cada dato con una herramienta nueva es más fuerte que nunca. Hay otra respuesta posible, más antigua y más barata, y pasa por enseñar a preguntar.
La historia arranca a finales de los años sesenta, cuando Matthew Lipman, profesor universitario de lógica en Estados Unidos, constató que sus alumnos llegaban a la universidad sin saber razonar y decidió que se empezaba demasiado tarde. Escribió una novela escolar, El descubrimiento de Harry, en la que unos niños descubren por su cuenta las reglas del pensamiento, y montó en Montclair un instituto dedicado a llevar la filosofía a las aulas. Su apuesta tenía poco de solemne. Lipman no proponía explicar a Platón a los ocho años, sino algo más radical: que el aula funcionara como una comunidad de investigación. Un estímulo (un cuento, una imagen, una pelea de patio), una pregunta elegida por los propios alumnos y un diálogo con reglas: quien afirma algo da una razón, quien escucha puede pedir un ejemplo, quien cambia de opinión no pierde, gana. El docente no reparte respuestas; custodia el rigor del juego.
Medio siglo después, esa práctica es una de las más estudiadas de la educación occidental, y su historia con la evidencia merece contarse entera, porque contada a medias ha hecho daño en las dos direcciones.
La primera mitad es la que corrió como la pólvora. En 2015, la Education Endowment Foundation británica (la agencia que somete los programas educativos a ensayos comparables a los de un medicamento) publicó los resultados de su primer ensayo de filosofía para niños: 48 escuelas de primaria, 3.159 alumnos, dos años de programa impartido por la organización SAPERE, evaluación independiente de Stephen Gorard desde Durham. El resultado midió dos meses de progreso adicional en lectura y matemáticas, y algo más llamativo aún: entre los alumnos con derecho a comedor gratuito (la variable con la que el sistema británico aproxima la desventaja social), la ganancia subía a cuatro meses en lectura. La filosofía, decían los titulares, mejoraba las notas de los que menos tienen. Costaba unas dieciséis libras por alumno y año. Parecía demasiado bonito.
Lo era, al menos en parte, y aquí empieza la segunda mitad, la que casi nadie cita. La propia EEF advirtió desde el principio que aquel hallazgo tenía seguridad moderada y necesitaba réplica. La encargó a lo grande: 198 escuelas, 3.601 alumnos, evaluación independiente de NFER, cinco candados de cinco en su escala de confianza. El informe llegó en 2021 y el resultado fue cero. Cero meses de mejora en lectura y en matemáticas al final de la primaria, también entre el alumnado desfavorecido. El mismo programa, la misma organización, un ensayo mejor: nada.
Sería fácil cerrar aquí con un «la filosofía no funciona» y pasar a otra cosa. Sería también un mal uso del dato, porque el informe de la réplica contiene dos hechos que importan más que su titular. El primero: a los dos años de arrancar, 35 de las 75 escuelas de intervención ya no aplicaban el programa al nivel previsto. La mitad del experimento se había disuelto en la vida real de los horarios, las bajas y las urgencias, el mismo hallazgo que el metaanálisis de Durlak y sus colegas sobre aprendizaje socioemocional señaló en 2011: los resultados de un programa escolar dependen de cómo se aplique. Y el segundo hecho: el 96 % de los docentes participantes percibió que sus alumnos habían mejorado en el respeto por las opiniones ajenas (la encuesta a los propios alumnos no detectó cambios en esas habilidades), y la evaluación no encontró efecto negativo alguno sobre el rendimiento. Dedicar tiempo de clase a pensar no les costó ni un punto.
Quizá la conclusión honesta sea esta: la filosofía en el aula pierde siempre que se la obliga a competir en el marcador equivocado. Si un claustro la adopta para subir tres puntos en la próxima evaluación externa, la réplica británica le ahorra el esfuerzo. Pero esa contabilidad dice más de nosotros que del programa. Nadie pregunta cuántos meses de progreso lector aporta la clase de música, y sin embargo ningún colegio serio la considera un adorno. Hay cosas que un centro hace porque son la escuela misma, y enseñar a pensar con rigor (a dar razones, a pedirlas, a soportar el desacuerdo sin romper la mesa) pertenece a esa categoría con más derecho que casi ninguna otra.
Gregorio Luri, que lleva décadas defendiendo la escuela del conocimiento frente a sus caricaturas, da aquí el criterio exacto. Aprender con Sócrates y no sobre Sócrates: la diferencia entre estudiar la filosofía como un contenido más y practicar el arte de la pregunta como forma misma del pensar. Pensar de verdad implica arriesgarse, y esa advertencia es la mejor vacuna contra la versión descafeinada de la filosofía escolar, la que confunde la comunidad de investigación con un círculo donde toda opinión vale lo mismo por el hecho de ser sentida. Es exactamente lo contrario. En una sesión bien llevada, la opinión que no trae razones se queda en la puerta, y el alumno descubre pronto que cambiar de idea ante un buen argumento no es una derrota sino la señal de que estaba jugando de verdad. Para los centros que temen que tanto preguntar erosione sus certezas, la experiencia suele ser la inversa: un ideario que se piensa se fortalece; el que solo se recita se queda en folleto.
Queda la condición que la réplica británica subrayó con trazo grueso: nada de esto vive sin el claustro. La filosofía para niños no es una actividad que se contrata, es una manera de conversar que el profesorado tiene que aprender y practicar primero entre adultos. Un centro que quiera intentarlo hará bien en empezar modesto: un curso, dos docentes formados, una hora protegida en el horario (protegida de verdad, no hasta que llegue la primera semana complicada) y la paciencia de evaluar por lo que es: la calidad de las preguntas de los alumnos en junio comparada con las de octubre.
El calendario ofrece una percha amable para ese primer paso. Cada tercer jueves de noviembre la UNESCO celebra el Día Mundial de la Filosofía, instituido para recordar el valor del pensamiento en la vida de cualquier cultura; este año caerá el 19. La tentación escolar de las efemérides es el mural y la foto; la alternativa es una sola sesión real de comunidad de investigación en cada clase, y ver qué pasa. En Nomba lo hemos visto pasar: trabajamos con Luri precisamente porque su defensa de la atención y de la pregunta socrática es el suelo sobre el que se levanta cualquier formación humanista seria, y porque los claustros que se atreven a pensar juntos delante de sus alumnos enseñan, sin decirlo, la lección más difícil del currículo.
En el aula de Marta, la sesión sobre la justicia no subió ninguna nota de matemáticas, que se sepa. Dejó otra cosa: la semana siguiente, en el mismo patio, el mismo balón y los mismos equipos, y un niño de nueve años que antes de gritar propuso sortear los saques. Nadie lo llamó filosofía. Lo era.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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