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El año en que la OCDE miró a la sala de profesores

El año en que la OCDE miró a la sala de profesores

La OCDE dedica su informe anual a la escasez de profesorado y al atractivo de la profesión docente. Qué dice de España, la paradoja de un claustro que se queda sin sentirse visto y qué puede hacer tu centro.

Gabriel Serrano

Tres docentes conversan alrededor de la mesa de una sala de profesores, con tazas de café y papeles corregidos

Hay un ritual de otoño que todo equipo directivo conoce. A finales de septiembre la OCDE publica su Panorama de la Educación (Education at a Glance en el original), varios cientos de páginas de tablas que casi nadie lee enteras y que durante una semana alimentan titulares: cuánto gastamos, cuántos titulados tenemos, a qué distancia quedamos de la media. Después el tocho se archiva hasta el año siguiente. El de este año merece otro destino, porque la OCDE ha hecho algo inusual: ha dedicado el monográfico de la edición 2026 a «la escasez de profesorado y el atractivo de la profesión docente». El contable de la educación mundial ha levantado la vista de las cuentas y la ha puesto en la sala de profesores.

Conviene pararse en lo que eso significa. Cuando un organismo que mide sistemas enteros decide ponerse a contar profesores, es porque empiezan a faltar. El informe habla de vacantes sin cubrir, de sustituciones que no llegan, de países que sostienen sus aulas con docentes sin la cualificación completa exigida (de media, alrededor del 8 % del profesorado de Primaria y Secundaria, con países donde supera el 20 % y sin dato comparable para España) y de plantillas que envejecen. En la media de la OCDE, uno de cada siete profesores de Secundaria obligatoria de entre 30 y 49 años prevé dejar la profesión en los próximos cinco años. La palabra «escasez», que reservábamos para las materias primas, aparece aplicada al oficio de enseñar en el informe más citado del sector.

Y entonces llega el dato español, y el relato se tuerce de la manera más interesante. Porque España, en medio de ese cuadro de fuga, resulta ser una anomalía: aquí solo el 5,2 % de los docentes de esa franja de edad planea marcharse, frente al 14,8 % de media, según los datos de TALIS 2024 que recoge el propio Panorama. El 72 % se declara satisfecho con sus condiciones laborales, por encima del 68 % de la OCDE. Y agárrate, porque viene lo que nadie diría en voz alta un lunes a primera hora: el 54 % está satisfecho con su retribución, frente al 39 % internacional. El docente español figura, en términos comparados, entre los que menos quieren irse y los menos descontentos con su nómina.

La tentación es cerrar aquí el expediente y felicitarnos. Sería leer media página. La otra media lleva años escrita en la misma familia de encuestas: ese mismo profesorado que se queda no se siente visto. La lectura sindical del informe insiste en que el profesorado no se siente suficientemente valorado por la sociedad, una impresión coherente con lo que TALIS registra desde hace años: en 2018, solo un 14 % del profesorado de Secundaria creía que su profesión era valorada en la sociedad, frente al 26 % de la media de la OCDE. El Panorama no aporta una cifra comparable sobre esa valoración social, aunque TALIS 2024 sí recoge que el 65 % de los docentes españoles de Secundaria se sienten valorados por las familias. España retiene a sus profesores, pero no los prestigia. Se quedan por el oficio, no por el espejo.

Los sindicatos, de hecho, han leído el mismo informe y han visto otra cosa, y conviene escucharlos. STEs-i subraya la burocracia como fuente de estrés para más de la mitad del profesorado, una temporalidad española que el propio Panorama retrata con un 69 % de profesorado de Secundaria obligatoria con contrato permanente, frente al 81 % de la OCDE, y unos salarios cuya evolución en la década pide matizarse con la inflación. «Faltan condiciones para ejercer esa vocación con dignidad», resumen. No son dos informes distintos, son dos moralejas de la misma tabla, y la discrepancia está en un matiz que ninguna estadística resuelve: si quedarse es señal de salud o de resignación. El Panorama no lo dice, y quien te asegure lo contrario te está vendiendo su conclusión, no la de la OCDE.

Hay además una cifra enterrada en el capítulo demográfico que mueve el tablero más que ninguna otra. La OCDE prevé que entre 2024 y 2033 la población de 5 a 14 años caiga un 9 % de media; en España, un 13 %, aunque la población menor de cinco años aumentaría un 4 %. Las dos lecturas enfrentadas ya están servidas: la contable (menos alumnos, menos aulas, menos plantilla) y la pedagógica (la ocasión histórica de bajar ratios y ganar atención por alumno). Es un debate presupuestario y político que no se va a dirimir en este cuaderno; dejamos los datos con su fuente para quien tenga que darlo.

Pero la demografía esconde una tercera pregunta, menos cómoda y más nuestra: de dónde saldrán los profesores de 2035. El dato amable español, la baja intención de fuga, habla de la puerta de salida. Del atractivo de la puerta de entrada dice bastante menos: la plantilla española es relativamente joven (el 21 % del profesorado tiene 55 años o más, frente al 23 % de la OCDE, y los menores de 35 pasaron del 16 % al 18 % entre 2015 y 2024), y el informe no dispone de datos comparables sobre vacantes en España. Un oficio del que no se huye pero al que quizá tampoco se corre tiene un problema distinto del que sufren los países con fuga: no necesita retener, necesita volver a seducir. Y la pregunta que da título al monográfico (¿es atractiva la profesión docente?) se responde en España con un silencio incómodo: para los que están dentro, sí, a su manera terca; vista desde fuera, con una mayoría de docentes sintiéndose poco valorada, cuesta imaginar al estudiante brillante de dieciocho años anotándola la primera de la lista.

Y aquí es donde el informe, sin pretenderlo, deja de hablarle al ministro y empieza a hablarle al director de un colegio concreto. Los salarios se negocian lejos de tu despacho. Las ratios las fija otro. Pero el atractivo de la profesión tiene una escala pequeña que ningún anuario mide y que decides tú cada curso: el aspecto que tiene tu claustro visto desde los pupitres. Un adolescente no decide si la docencia es deseable leyendo a la OCDE; lo decide mirando durante años a los docentes que tiene delante, calibrando sin saberlo si esas personas viven algo que merezca la pena heredar. El mejor cartel de la profesión sigue siendo un profesor con el porqué encendido, y eso, a diferencia de la nómina, sí se cultiva dentro de casa: en qué conversaciones tiene ese claustro, qué lee, cuánto de su formación toca lo importante y no solo lo urgente. En esa escala trabaja Thenomba con los colegios, porque un claustro que cuida su propio bagaje cultural y su sentido de misión no solo retiene profesores: los engendra. Los centros con historia lo saben bien, y por eso les duele tanto la versión local del problema que ahora la OCDE constata en grande: cada vez cuesta más encontrar profesores que compartan la misión. El semillero más fiable siempre fue el propio patio: el antiguo alumno que un día descubre que lo que le dieron quiere devolverlo desde la tarima.

Cuando el Panorama de 2027 vuelva el próximo septiembre con su ración de tablas, sabremos si la escasez se agrava o amaina. Mientras tanto hay una estadística que ningún anuario recogerá y que puedes empezar a contar esta semana: cuántos de tus alumnos, mirando a un profesor tuyo, han pensado alguna vez «yo quiero hacer eso». Si la OCDE ha decidido contar docentes, cuenta tú esos momentos. De ellos sale todo lo demás.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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