Tecnología
Deberes en la era de la IA
Si la IA hace los deberes en treinta segundos, el problema no es la IA: es el diseño de la tarea. Cómo replantearla para que siga enseñando algo.
El trabajo llegó impecable. Estructura clara, transiciones suaves, bibliografía correcta. La profesora de historia lo leyó dos veces y no encontró nada que tachar, que era precisamente el problema: aquel alumno de cuarto de la ESO nunca había escrito así. Podía suspenderle sin pruebas, podía aprobarle sabiendo, o podía hacer lo que hizo: llamarle a su mesa y pedirle que le contara, con sus palabras y sin papel delante, qué había aprendido. La conversación duró cuatro minutos y fue más reveladora que el trabajo entero. Sin saberlo, aquella profesora había resuelto en un gesto lo que medio sistema educativo sigue discutiendo en abstracto.
Los datos dicen que la escena ya no es anecdótica. Según el Pew Research Center, el porcentaje de adolescentes estadounidenses de 13 a 17 años que reconoce usar ChatGPT para sus tareas escolares se duplicó en un solo año: del 13% en 2023 al 26% en 2024. En España no hay todavía una serie equivalente, pero el clima se mide en otras encuestas: el Education Monitor 2024 de Ipsos encontró que el 63% de los españoles cree que ChatGPT debería prohibirse en la escuela, uno de los porcentajes más altos de los países estudiados. Entre el uso creciente de los alumnos y el deseo mayoritario de prohibición hay un abismo, y en ese abismo viven ahora mismo los claustros.
La pregunta mal planteada
Prohibir o permitir es una disyuntiva cómoda porque parece exigir solo una circular. También es una disyuntiva estéril. La prohibición total convierte el uso en clandestino y renuncia a educarlo, además de tropezar con un hecho terco: la herramienta estará en la vida adulta de estos alumnos, y una escuela que la ignora del todo los entrega sin criterio a ella. El entusiasmo total comete el error simétrico, y con peor compañía: como advierte el informe de seguimiento de la educación de UNESCO de 2023, buena parte del asesoramiento que reciben los sistemas educativos sobre tecnología procede de quien la vende, y conviene una cautela especial con los vendedores de euforia. Ni tecnopánico ni tecnoevangelio: la pregunta fértil no es si la IA entra, sino qué pedimos al alumno una vez que ha entrado.
Porque el deber tradicional — resume este tema, redacta este comentario, contesta estas preguntas — se diseñó para un mundo donde producir el texto exigía haber pensado. Esa equivalencia se ha roto. Un modelo de lenguaje produce el texto sin que nadie haya pensado, y castigar al alumno por descubrirlo es confundir al mensajero con el problema. Lo que ha quedado obsoleto no es el esfuerzo: es un formato concreto de acreditarlo.
Rediseñar la tarea, no perseguir al alumno
Los propios estudiantes, cuando se les pregunta en serio, apuntan la dirección. Un estudio publicado en 2024 en la revista *Tecnología, Ciencia y Educación* con universitarios españoles encontró que el 92,5% considera útil la herramienta, y a la vez señalaban con lucidez su talón de Aquiles: la dificultad de verificar la veracidad de lo que devuelve. Ahí hay una tarea nueva y magnífica: entregar al alumno una respuesta generada por IA y pedirle que la audite, encuentre el error, contraste las fuentes. Es un deber que la IA no puede hacer por él, porque el deber consiste en vigilarla.
La lógica general es esa: desplazar el peso de la evaluación hacia lo que solo ocurre delante de un profesor. La conversación donde hay que defender lo escrito. La escritura en el aula, a mano o sin red, no como castigo sino como gimnasio. El trabajo que exige la propia experiencia — entrevista a tu abuelo, mide el patio, observa tu calle — y que ningún modelo puede inventar sin que se note. La exposición oral donde las preguntas llegan sin avisar. Nada de esto es nuevo; es tan viejo como Sócrates. La IA no ha inventado un método: ha devuelto el valor a los de siempre.
Las administraciones, mientras tanto, ensayan equilibrios. Las comunidades autónomas han empezado a publicar guías sobre el uso de la inteligencia artificial en los centros, con acentos distintos pero una coincidencia de fondo: ni barra libre ni veto, sino uso supervisado y criterio pedagógico. La regulación fina, la que decide qué se hace el martes en clase de lengua, no la escribirá ningún boletín oficial. La escribirá cada claustro.
El criterio no se descarga
Y aquí la cuestión cambia de nivel, porque rediseñar deberes exige algo previo: profesores con criterio propio sobre qué merece ser aprendido y cómo se demuestra. Un docente que solo conoce el formato heredado está indefenso ante su obsolescencia; uno que sabe por qué pide lo que pide puede cambiar el formato sin perder el fondo. La diferencia entre ambos no la da ningún tutorial de herramientas, que caduca con cada actualización. La da una formación más honda: saber qué es comprender, qué es pensar por cuenta propia, qué distingue la información del conocimiento. Preguntas de filosofía de la educación que, de pronto, se han vuelto urgencias de departamento.
En Nomba Education lo formulamos así: no formamos ejecutores, para eso está la IA; formamos creadores. Vale para los alumnos y vale, antes, para sus profesores. El claustro que ha pensado a fondo qué es irreemplazable en su oficio no le teme a la herramienta: la pone en su sitio, que es debajo. Los deberes de la era de la IA los corregirá, como siempre, un ser humano que sabe lo que busca. La formación de ese ser humano es la verdadera tarea pendiente.
¿Y si esto fuera tu próximo año?
Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.
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