Lectura
El plan lector que sí se lee
Los planes lectores fracasan por las mismas razones de siempre. Qué distingue a los que consiguen que un adolescente lea cuando nadie le puntúa.
El dato desmiente la elegía. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España de 2024, elaborado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores, los jóvenes de 14 a 24 años son el grupo de edad que más lee en su tiempo libre: en torno a tres de cada cuatro. Entre los 10 y los 14 años la proporción sube todavía más, rozando el 86%. Quien repite que «los adolescentes ya no leen» está discutiendo con las cifras, y las cifras llevan años ganando la discusión.
Ahora bien: el mismo barómetro esconde, dentro de la buena noticia, la incómoda. La curva de lectura por gusto sufre su caída más pronunciada justo en la adolescencia media, y se recupera después. Es decir: el sistema recibe lectores a los diez años y los pierde, en una proporción preocupante, entre los catorce y los dieciséis. Coincidencia inquietante: son exactamente los cursos donde la lectura deja de ser un placer libre y se convierte, para muchos alumnos, en una tarea evaluable con fecha de examen. Ningún estudio permite afirmar sin más que la escuela cause esa fuga; sería injusto y falso cargar la culpa a los departamentos de lengua, que trabajan con los mimbres y las horas que tienen. Pero la coincidencia obliga, como mínimo, a mirarse el plan lector con menos piedad de la habitual.
Lo que un plan lector suele ser, y lo que podría ser
En demasiados centros, el plan lector es un documento heredado que nadie recuerda haber decidido. Una lista que mezcla títulos que estaban cuando llegó el jefe de departamento actual, alguna concesión reciente a lo juvenil y los clásicos de siempre en ediciones adaptadas, repartidos por trimestres con su correspondiente control de lectura. Se cumple, se evalúa, se archiva. Y cada año, en la evaluación, alguien constata con melancolía que los alumnos «leen por obligación».
Un plan lector de verdad es otra cosa: es un acto de dirección. Es la respuesta institucional a tres preguntas que ningún departamento puede contestar solo con inercia: qué queremos que estos alumnos hayan leído — y hayan vivido leyendo — cuando salgan de aquí; quién elige los libros y con qué criterio; y qué hacemos alrededor de cada libro para que la lectura sea una experiencia y no un trámite. Un centro que responde en serio a esas tres preguntas tiene un plan lector. Los demás tienen una lista.
Por qué la novela, precisamente
Sobre lo que la ficción hace en un lector hay una pista científica famosa y conviene contarla entera. En 2013, David Comer Kidd y Emanuele Castano publicaron en *Science* una serie de experimentos según los cuales leer ficción literaria mejoraba, de inmediato, la capacidad de inferir estados mentales ajenos: la llamada teoría de la mente. El estudio fue portada mundial. Las réplicas posteriores, preregistradas y con muestras mayores, encontraron efectos mucho más pequeños, inconsistentes o nulos para una sesión única de lectura, aunque varias detectaron que la familiaridad acumulada con la ficción a lo largo de la vida sí se asocia con mejor lectura de las personas. La versión honesta del hallazgo sería esta: quince minutos de Chéjov no te hacen empático, pero una vida de novelas probablemente te haya enseñado a mirar. Lo cual, bien pensado, es un argumento espléndido a favor del plan lector: lo que importa no es el libro del trimestre, sino el hábito de años que la escuela puede fundar o frustrar.
Y hay algo que la novela hace con independencia de lo que digan los laboratorios: es el único artefacto cultural que instala al lector, durante horas, dentro de una conciencia ajena. Un adolescente que pasa trescientas páginas siendo otro — otro sexo, otro siglo, otra herida — ha hecho un ejercicio de descentramiento que ninguna otra asignatura ofrece. En una época que compite ferozmente por su atención con estímulos de segundos, la novela es además el campo de entrenamiento de la atención larga: exige y premia lo que casi nada más exige y premia.
Libros que les lean a ellos
Queda la objeción práctica: ¿y si no quieren? La experiencia de los centros que han renovado su plan lector sugiere que la pregunta está mal hecha. Los adolescentes no rechazan la lectura; rechazan libros que no les dicen nada, presentados por adultos que a veces tampoco los releerían. El criterio de selección decisivo no es la solemnidad del título sino su capacidad de leer al lector: de nombrar lo que un chaval de quince años está viviendo — la amistad y su traición, la vergüenza, el primer amor, la pregunta por quién soy — con más verdad de la que él mismo sabe ponerle. Los clásicos entran de sobra en ese criterio, pero entran por esa puerta, la de su vigencia, no por la del prestigio. Y alrededor del libro hace falta conversación real: no el control de lectura que pregunta el color del caballo, sino la charla donde el profesor también se juega algo porque el libro también le importa.
Lo cual desvela la condición previa de todo plan lector que funcione: profesores lectores. No hay manera de contagiar un entusiasmo que no se tiene, y no hay plan de fomento de la lectura que sobreviva a un claustro que no lee. Por eso en Nomba Education el plan de lectura guiada no es un anexo del programa sino una de sus columnas: devolver a los profesores el gusto por leer con hondura y en compañía, para que cada docente vuelva al aula con libros de los que hablar como se habla de lo que a uno le ha pasado. Un colegio donde el claustro lee es un colegio donde, tarde o temprano, se lee. Lo contrario, sencillamente, no se ha visto nunca.
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