Evaluación
Qué mide PISA y qué no
PISA es un termómetro razonable y un juez pésimo. Qué mide bien, qué mide regular y qué no mide en absoluto de lo que un colegio promete a las familias.
Cada tres años se repite la liturgia. La OCDE publica los resultados de PISA una mañana de diciembre y, antes de comer, medio país ha opinado. Portadas con la palabra «desplome» o «remontada», tertulias buscando culpables, comparaciones con Finlandia o con Singapur según la temporada. Y en las salas de profesores, una mezcla de fastidio y fatalismo: la sensación de que un examen hecho a miles de kilómetros, corregido con modelos estadísticos que casi nadie ha leído, se ha convertido en el juez supremo de su trabajo. Merece la pena, antes del próximo diciembre, dedicar mil palabras a entender qué es exactamente este instrumento: qué mide bien, qué mide regular y qué no mide en absoluto.
PISA — Programme for International Student Assessment — evalúa desde el año 2000 a alumnos de quince años en lectura, matemáticas y ciencias, con un dominio principal rotatorio por edición: en 2022 fueron las matemáticas; la edición de 2025 pone el foco en ciencias e incorpora pruebas de lengua extranjera y de aprendizaje en el mundo digital, además de inaugurar un ciclo cuatrienal; la lectura volverá a ser protagonista en 2029. No es un examen de currículo: no pregunta lo que dicen los temarios de ningún país, sino la capacidad de aplicar conocimientos a situaciones de la vida. Como termómetro comparado de destrezas instrumentales básicas, administrado a cientos de miles de alumnos en decenas de sistemas educativos, es un instrumento serio, probablemente el mejor de su clase. Esa es la parte que conviene decir sin regates.
La carta de los ochenta académicos
La otra parte también tiene historia. En mayo de 2014, *The Guardian* publicó una carta abierta dirigida al responsable de PISA en la OCDE, coordinada por Heinz-Dieter Meyer, profesor de la Universidad estatal de Nueva York en Albany, y Katie Zahedi, directora de un instituto público neoyorquino, y firmada por decenas de académicos de varios países. Sus objeciones siguen siendo el mejor resumen del caso crítico. Primera: el ciclo trienal de resultados empuja a los gobiernos a arreglos cortoplacistas, cuando casi todo lo importante en educación tarda décadas en madurar. Segunda: al medir solo una franja estrecha de lo medible, PISA desplaza la atención pública — y el dinero, y las reformas — hacia esa franja, empobreciendo la conversación sobre para qué educamos. Tercera: una organización de cooperación económica, sin mandato democrático en materia educativa, había adquirido un poder enorme sobre las políticas escolares de medio mundo sin el debate correspondiente.
La OCDE respondió por escrito y con datos, y el contrapunto honesto exige recogerlo. Negó que exista evidencia de que PISA estreche los currículos — «no hay nada que sugiera» ese desplazamiento, replicó su responsable —, recordó que solo en torno a un tercio de los ítems son de opción múltiple frente a la caricatura del test de marcar casillas, y citó los casos de Polonia y Alemania como países donde el diagnóstico de PISA catalizó reformas ampliamente consideradas positivas. A las críticas públicas se sumaron otras técnicas: el estadístico danés Svend Kreiner mostró que los rankings son sensibles a los supuestos del modelo psicométrico empleado — con otros supuestos defendibles, algunos países se mueven varias posiciones —, y en España, trabajos como los de Antonio Fernández-Cano han señalado opacidades muestrales y abusos interpretativos. La OCDE ha ido refinando métodos y publicando más documentación técnica. El pleito, como casi todos los serios, no está cerrado: está domesticado.
El termómetro y el juez
¿Qué hace entonces un director o un claustro con PISA? Quizá la fórmula más útil sea esta: PISA es un termómetro razonable y un juez pésimo. Como termómetro, tomado en agregado y en tendencia larga, informa: si la comprensión lectora de los alumnos de quince años de un país se erosiona sostenidamente, algo pasa y conviene saberlo. Como juez — de un colegio concreto, de una comunidad autónoma, de una ley, de la titularidad de los centros —, es un instrumento indefendible, porque no fue diseñado para eso y su propia letra pequeña lo advierte: las diferencias entre sistemas se explican en gran parte por factores socioeconómicos que el examen puede ajustar solo a medias. Usar PISA para señalar culpables es hacer trampas con apariencia de rigor, y este cuaderno no jugará a eso en ninguna dirección.
Pero lo más importante para un centro con proyecto propio no es cómo leer PISA, sino recordar qué queda fuera de él. PISA no mide si un alumno sale de la escuela con criterio para distinguir lo valioso de lo vistoso. No mide la formación del carácter, ni la capacidad de conversar con quien piensa distinto, ni el gusto por la belleza, ni la pregunta por el sentido, ni el hábito de leer cuando nadie puntúa. No mide, en fin, casi nada de lo que un ideario promete a las familias y casi nada de lo que un adulto agradece a su escuela treinta años después. No es un reproche al instrumento: sus responsables jamás afirmaron medir la educación entera. El reproche, si acaso, es para una conversación pública que confunde lo que se puede contar con lo que cuenta.
Aquí es donde un colegio se la juega. Centrar el proyecto educativo en perseguir un indicador es dejar que el termómetro dicte el tratamiento; la alternativa exige tener claro — y formado en el claustro — el propio canon de lo que importa. En Nomba Education trabajamos justo en esa zona que ningún examen internacional visitará nunca: la hondura cultural e interior de los profesores, que es donde se decide todo lo que PISA no ve. Cuando llegue el próximo diciembre y su liturgia, un claustro formado podrá leer los titulares con interés y sin temblor: sabiendo qué le dice el termómetro y sabiendo, sobre todo, que su trabajo se mide en una escala más larga y más honda que cualquier ranking.
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