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Cómo leer un mal dato: PISA 2025

Cómo leer un mal dato: PISA 2025

España baja en PISA 2025 y la conversación pública ya busca culpables. Las cifras verificadas, lo que el examen puede decir y lo que no, y qué puede hacer un claustro la semana después.

Gabriel Serrano

Una alumna lee con atención un cuadernillo de examen, sentada a solas en un aula de pupitres vacíos

El martes 8 de septiembre, a segunda hora, alguien dejó su móvil sobre la mesa de la sala de profesores con el titular hacia arriba. Marta, directora de un centro de tres líneas, lo leyó de pie, con el café sin empezar, mientras a su alrededor se hacía ese silencio particular de las malas notas. Este cuaderno había descrito la escena unas semanas antes, casi con nostalgia anticipada: la liturgia de PISA, las portadas con la palabra «desplome», las tertulias buscando culpables antes de comer. Solo falló el calendario. La liturgia no esperó a diciembre; llegó en la primera semana de curso, con los libros aún sin forrar, porque la OCDE estrenaba ciclo y España estrenó disgusto.

Empecemos por los números, que casi nadie ha dado sin adjetivos. Según los indicadores oficiales de la propia OCDE, España obtiene en PISA 2025 una puntuación media de 477 en ciencias, frente a 482 de la media de la OCDE; 457 en matemáticas, frente a 463; y 451 en lectura, frente a 461. Comparado con 2022, ciencias se mantiene (el propio organismo no considera estadísticamente significativa la variación), matemáticas baja dieciséis puntos y lectura baja veintitrés. Ahí está el dato que merece la conversación seria: la comprensión lectora de los alumnos españoles de quince años lleva años erosionándose y el ritmo no se frena. La propia OCDE sitúa estos resultados entre los más bajos registrados hasta la fecha en España en las tres materias, y la media de los países de la OCDE marca su nivel más bajo desde que se mide; para el propósito de esta pieza basta con lo verificado, que ya es bastante.

Lo que dice el termómetro

Quien haya leído aquí «Qué mide PISA y qué no» conoce la fórmula de la casa: PISA es un termómetro razonable y un juez pésimo. Pues bien, el termómetro ha marcado fiebre, y la honradez obliga a decirlo entero. En agregado nacional y en tendencia larga (el único uso que el instrumento aguanta), una caída de veintitrés puntos de lectura en tres años no es ruido estadístico ni conspiración demoscópica. Informa de algo real que cualquier profesor de secundaria reconoce por otras vías: alumnos a los que un texto de página y media se les hace largo, vocabulario que se estrecha, dificultad creciente para sostener un argumento escrito. Despachar el dato con un «PISA no lo mide todo» sería la trampa simétrica a la que esta pieza viene a desmontar. Cierto, no lo mide todo. Lo que mide, lo mide razonablemente bien, y esta vez ha medido una erosión.

Conviene añadir, por higiene, que la fiebre no es una rareza española. La media de la OCDE también desciende, y la tendencia de fondo en ciencias es descendente para el conjunto de los países desde hace una década. Eso no consuela, pero orienta: lo que retrata el examen no parece el fracaso de una ley concreta de un país concreto, sino un cambio de época en las condiciones del aprender que atraviesa sistemas educativos muy distintos entre sí.

La segunda ola

La primera ola de un resultado de PISA son los titulares. La segunda, más interesante y más dañina, es el reparto de culpas. Lleva diez días en marcha: cada cual ha leído en la tabla la confirmación de lo que ya pensaba el día 7, y la prensa educativa publica encuestas preguntando, literalmente, si PISA demuestra que nos estamos equivocando, con el «nos» convenientemente abierto para que cada lector meta dentro a su adversario favorito. Se comparan comunidades autónomas con décimas de rigor y toneladas de intención. Se adjudican las caídas a la pedagogía ajena, sea cual sea la propia.

Este cuaderno no va a jugar a eso, y no por equidistancia decorativa. La letra pequeña del propio informe advierte que las diferencias entre sistemas se explican en gran parte por factores socioeconómicos que el examen ajusta solo a medias; los estadísticos que han auditado el modelo psicométrico han mostrado que los ránkings bailan según los supuestos que se adopten. Un instrumento diseñado para tomar la temperatura de sistemas enteros no puede dictar sentencia sobre una comunidad, una titularidad o una metodología, por la sencilla razón de que no distingue sus efectos de todo lo demás que pasa en la vida de un alumno. Usarlo de juez es hacer trampas con apariencia de rigor. Que la trampa la hagan otros no obliga a ningún claustro a imitarla.

Un examen en mitad de una mudanza

Hay además una circunstancia que los titulares apenas recogen: este examen ha retratado un aula en plena mudanza. El cuestionario de contexto de PISA 2025, según la nota de país de la OCDE, describe una escuela española que ha restringido masivamente el móvil, con el 86 % del alumnado en centros que no lo permiten en sus instalaciones (67 % en 2022; 49 % de media en la OCDE), y una adolescencia que recurre a chatbots de inteligencia artificial para aprender, al menos una vez por semana, en más de la mitad de los casos (54 %, frente al 46 % de la media de la OCDE). Entre las dos cifras cabe casi todo el desconcierto pedagógico del momento.

La tentación es enrolar estos datos en alguna de las dos iglesias de costumbre, la del pánico y la del evangelio digital. Vale más quedarse con lo que el propio organismo recoge en el resumen del informe, algo que debería enmarcarse en más de una reunión de departamento: quienes usan la IA para tareas escolares concretas, como resumir, redactar o investigar, obtienen en ciencias unos 20 puntos menos de media que quienes no la usan, mientras que los usuarios semanales de uso general rinden de forma parecida a los que no la usan, y la relación, subraya la OCDE, es compleja y depende de cómo se use. Es una asociación, no una sentencia, pero encaja con la doctrina que este cuaderno viene sosteniendo desde la pieza de los deberes: una herramienta puede mejorar el resultado de una tarea sin que haya aprendizaje. El problema de fondo no es la herramienta sino la asimetría: industrias enteras optimizadas para capturar la atención y sustituir el esfuerzo, frente a una institución cuyo oficio consiste precisamente en formar la atención y dar sentido al esfuerzo. Ese pulso no se gana con circulares, y tampoco perdiéndole la fe al aula.

Qué puede hacer un claustro esta semana

Primero, leer la fuente y no el eco. La nota de país que la OCDE publica sobre España ocupa unas pocas páginas y está al alcance de cualquier equipo directivo; media hora de claustro con el documento original delante inmuniza contra semanas de titulares. Es un ejercicio casi terapéutico: comprobar qué dice de verdad, qué no dice, y cuántas de las afirmaciones oídas estos días no salen de ahí.

Segundo, quedarse con la señal y soltar el ruido. La señal es lectura. Si el dato agregado sirve para algo a un centro concreto, es para preguntarse con calma qué lugar ocupa la lectura sostenida en su vida diaria (no en el papel, en el horario), cuánto texto largo atraviesa de verdad un alumno por semana y qué hace el centro con la atención, que es la puerta de todo lo demás. Este cuaderno ha dedicado piezas enteras a ese jardín; un mal dato de PISA es una buena excusa para regarlo.

Y tercero, no dejar que el ranking reescriba el proyecto. Un colegio con ideario no educa para el percentil, y las familias no le confían a sus hijos por la posición de España en una tabla. Educa para cosas que el examen no visita (el criterio, el carácter, el gusto por lo que vale) y eso exige claustros con fondo propio, capaces de leer una tabla sin temblar y sin encogerse de hombros. En esa zona trabaja Nomba Education: dar al profesorado la hondura cultural desde la que un dato se lee con criterio en lugar de padecerse con susto. Marta, la del café sin empezar, no necesita un plan de choque para diciembre. Necesita un claustro que sepa qué mide el termómetro, qué no mide, y qué estaba haciendo ya, con fiebre o sin ella, por la cabeza de sus alumnos.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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