Profesorado

Recupera el porqué de tu vocación docente

La vocación docente no se pierde de golpe: se erosiona. Cómo volver a la pregunta que llevó a alguien al aula por primera vez.

Hay una escena que se repite cada septiembre en las salas de profesores. Alguien reparte los horarios, alguien comenta el número de alumnos por aula, y en un rincón un profesor con veinte años de oficio mira el listado sin decir nada. No está quemado en el sentido clínico. Está, más bien, desconectado del motivo por el que un día eligió esto. Cuando hablamos de desmotivación docente solemos buscar culpables individuales, como si al profesor le faltara temple. Los datos apuntan en otra dirección. El informe TALIS 2018 de la OCDE, que en España recogió respuestas de 7.407 profesores de secundaria, encontró que el 85,6% de los docentes españoles de secundaria se declaran satisfechos con su elección profesional, por encima de la media OCDE-31 del 76%; en primaria la cifra sube al 89%, y nueve de cada diez profesores de primaria, el 94%, volvería a elegir la profesión. La vocación, entonces, no ha desaparecido. Lo que se ha erosionado es otra cosa. Ese mismo informe muestra que solo el 14% de los docentes de secundaria en España siente que la sociedad valora su profesión, frente al 26% de media OCDE. Aquí está la grieta: profesores que aman su oficio y a la vez sienten que ese oficio no importa a nadie fuera del aula.

La palabra vocación viene de vocare, llamar. Uno no se llama a sí mismo. La llamada la sostiene una comunidad que devuelve sentido a lo que haces, y cuando esa comunidad calla, la llamada se vuelve un monólogo agotador. El burnout docente se estudia en España desde hace dos décadas, y la literatura reciente coincide en algo incómodo: los desencadenantes más citados no son los alumnos difíciles sino la sobrecarga administrativa, la falta de reconocimiento y el aislamiento entre compañeros. En TALIS 2018, el 49% del profesorado señaló el exceso de trabajo administrativo como una fuente considerable de estrés. No es un problema de carácter. Es un problema de condiciones y de sentido.

El error habitual de los claustros es tratar la desmotivación con más gestión: otra plataforma, otro protocolo, otra reunión. Gregorio Luri, catedrático de instituto y autor de La escuela no es un parque de atracciones, lleva años defendiendo que la escuela recupera su sentido cuando el profesor recupera la autoridad de saber algo que merece ser transmitido. No se trata de nostalgia. Se trata de que un profesor que ha dejado de leer, de pensar y de conversar con otros adultos sobre lo que enseña acaba convertido en un administrador de contenidos. Y un administrador de contenidos no tiene vocación: tiene tareas.

Piénsalo con un caso concreto. Marta lleva dieciocho cursos dando Historia. Sabe que la Guerra de Sucesión aparece en el temario de tercero, sabe qué páginas del libro le tocan y sabe que en abril hay que haberla terminado. Lo que hace tiempo que no se pregunta es por qué esa guerra debería importarle a una chica de catorce años que vive en un barrio del sur de Madrid. El día que vuelve a hacerse esa pregunta, y encuentra una respuesta que la convence a ella primero, algo cambia en cómo entra al aula. No ha cambiado el temario. Ha cambiado ella.

La vocación no se predica en una charla de inicio de curso. Se recupera cuando el profesor vuelve a ponerse en la posición del que aprende, cuando lee algo que le sacude, cuando discute con un colega sobre por qué enseñar la Guerra de Sucesión o cómo explicar una derivada a quien la teme. Ese trabajo interior no aparece en ningún protocolo, y sin embargo es el que sostiene todo lo demás. Los estudios sobre satisfacción docente lo confirman por una vía indirecta: entre las variables que más predicen la satisfacción del profesor aparecen la calidad de las relaciones con los compañeros y la percepción de la propia eficacia, que a su vez se relaciona con una mejor formación. No es casualidad. Un profesor que se siente competente y acompañado aguanta lo que a otro lo hunde.

Conviene decir algo que rara vez se dice en las salas de profesores: la desmotivación no es una traición a la vocación, es a menudo su reverso. Se desmotiva quien esperaba más de sí mismo y de la escuela, no quien nunca esperó nada. Por eso la salida no pasa por bajar las expectativas ni por resignarse, sino por devolverle al profesor la materia prima de su oficio, que es la cultura, el criterio y la conversación con otros que también piensan.

En Nomba Education partimos precisamente de ahí. Antes que técnicas, un profesor necesita reencontrarse con el porqué, y ese reencuentro no se improvisa: se cuida con un itinerario que empieza por dentro, con la cultura y el propósito, y no por la última moda metodológica. No formamos ejecutores de contenidos. Acompañamos a profesores para que vuelvan a ser lo que la palabra vocación promete: alguien llamado a algo que merece la pena. Recuperar ese porqué no es un lujo emocional; es, a la luz de los datos, la condición para que la satisfacción que casi todos los docentes declaran no se agote a mitad de curso.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.