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Conversación con Juan Manuel de Prada: vivir con verdad en tiempos de confusión

Conversación con Juan Manuel de Prada: vivir con verdad en tiempos de confusión

Conversamos con Juan Manuel de Prada sobre leer, pensar y perseverar: Dostoyevski en un balcón, el pedrisco de opiniones y por qué vivir con verdad es un oficio que se pule cada día.

Gabriel Serrano

Juan Manuel de Prada conversa ante un micrófono, sentado a una mesa de madera frente a una librería

Octubre es el mes en que los libros salen en los telediarios: se falla el Nobel, se falla el Planeta, las librerías se llenan de listas y de fajas. Buen momento para publicar una conversación que camina justo en dirección contraria. No va de qué leer este otoño. Va de por qué lees. Y, de paso, de por qué piensas, por qué trabajas y por qué sigues donde estás.

Juan Manuel de Prada es novelista y articulista: ganó el Premio Planeta en 1997 con La tempestad y su último gran proyecto narrativo, Mil ojos esconde la noche, ocupa dos volúmenes (La ciudad sin luz y Cárcel de tinieblas). Es también aliado de Nomba, y la suya es la tercera conversación de esta serie, después de las de Higinio Marín y Javier G. Recuenco.

Un aviso honesto antes de empezar: Prada es un polemista vocacional y varias de sus tesis sobre la época levantan ampollas. No hace falta comulgar con todas para aprovechar lo que sigue. Una conversación de fondo no pide adhesión: pide atención. Cuando nos despedimos de él se lo dijimos tal cual: gracias por una conversación sin concesiones, que no busca gustar, sino decir lo que duele y lo que salva.

Saber lo que somos

Le preguntamos qué significa vivir con verdad en tiempos de confusión y empezó por un cuento de Borges, la biografía de Tadeo Isidoro Cruz, donde se dice que la vida de un hombre consta de un solo momento: aquel en que sabe definitivamente quién es. Prada no compra la frase entera: «Yo no creo que podamos llegar a saber definitivamente quién somos», nos dijo, porque «la belleza de la vida es que siempre estamos descubriendo algo del mundo, del prójimo, de nosotros mismos».

Lo que sí compra es la tarea: «Vivir con verdad es vivir sabiendo lo que somos». Y saber lo que somos es conocer «nuestros anhelos más íntimos, más verdaderos», saber qué le pedimos a la vida y qué pueden dar de sí nuestras capacidades. Luego añadió la frase que desactiva cualquier curso de fin de semana: «Esta es una labor artesanal, es una labor que hay que ir puliendo cada día». No un hallazgo, sino un oficio. Y el material contra el que se trabaja es el ruido: vivir con verdad exige limpiarse, «despojados de propagandas, despojados de incitaciones externas, despojados también de fantasmas internos».

Si llevas una temporada con la sospecha de estar viviendo en piloto automático, fíjate en el orden que propone: no te pide reinventarte. Te pide limpiarte.

El niño que leía a Dostoyevski en el balcón

Hay una imagen de infancia que Prada ha contado alguna vez: los veranos en una casa de la costa catalana, leyendo a Dostoyevski. Le preguntamos si aquellas lecturas le salvaron de algo y lo primero que hizo fue desmontar la estampa: él no renunciaba a la playa, y que nadie contraponga a Dostoyevski con el baño de mar. Leía, en realidad, para escapar de la siesta: «Yo no quería dormir la siesta ni a tiros». Sus padres, que sí querían dormirla, acabaron expulsándolo al balcón, y allí se pasaba las horas, insolación incluida, con aquellas novelas.

La moraleja la dio él mismo: «un buen libro no nos aparta de la buena vida». Se puede disfrutar de la playa, del sol y del baño, y también leer. Lo que descubrió en aquellas páginas fue otra cosa: la posibilidad de «incorporar a mi experiencia personal la experiencia de otros que me habían precedido», de asomarse a aspectos del misterio humano que un niño ni siquiera podía atisbar. Los grandes escritores, nos dijo, crean personajes «iguales a ellos, parecidos a ellos, distintos a ellos, contrarios a ellos»: por eso ensanchan la visión del mundo en lugar de estrecharla.

Y por eso la literatura tiene trabajo para rato. El misterio humano no se deja reducir a fórmulas porque «no existen dos almas iguales». Prada lo dijo con una mezcla de asombro y vértigo: entre miles de millones de almas, todas distintas; «qué preciosidad y al mismo tiempo qué vértigo». Ese material inabarcable es el campo de la literatura. También es el tuyo: la lista de lecturas que arrastras no es un adorno cultural, es una herramienta de conocimiento de lo que eres.

Un libro grueso es un libro grueso

En mitad de la conversación, Prada levantó un tomo de Anna Karénina y lo usó como argumento filosófico. El libro tiene más de mil páginas y pasta dura, y no hay opinión que lo convierta en liviano: «Dejémonos de tonterías». Detrás de la broma hay una tesis seria: «Las cosas son lo que son», y lo que opinemos sobre ellas es muy secundario.

Lo que le preocupa es la inversión moderna: vivir bajo un «pedrisco de opiniones» que no busca completar la verdad de las cosas, sino sembrar confusión, tener al alma «como una pelota de tenis» yendo de un campo a otro. Citó a san Agustín: las almas necesitan estabilidad. Si repasas tu dieta diaria de titulares, hilos y tertulias, sabes exactamente de qué habla.

¿La alternativa es ponerse a filosofar una hora al día? Prada lo desaconseja expresamente. Las grandes preguntas no son una actividad de agenda, sino una compañía: «esos pensamientos tienen que acompañarnos siempre», en las lecturas, en el trabajo diario, en las relaciones. Pensar lo que somos no se separa de vivir: lo impregna.

Crear desde el anonadamiento

Preguntado por cómo distinguir la creación verdadera del ruido de vanidad, dio un criterio que sirve igual para un lienzo que para tu trabajo de cada día: «la creación verdadera es aquella que nos transforma». Cuando algo es de verdad, «hay algo dentro de nosotros que pierde pie». Lo que no transforma «es entretenimiento»: un ocio perfectamente legítimo y sano, pero otra categoría.

¿Y se puede crear sin humildad? Su respuesta fue tajante: no. El oficio del creador «fundamentalmente es anonadamiento»: «darte cuenta de que no eres nada y que desde la nada que eres tienes que construir algo grande». Quien parte del endiosamiento vive instalado en la frustración; quien parte de su pequeñez trabaja de otra manera: «Si uno parte de la miseria va a sentirse alzado, nunca endiosado», capaz de hacer «cosas pequeñas pero en su pequeñez valiosas».

Cámbiale la palabra creador por profesional y la frase sigue en pie. Hay una forma de entrar el lunes al trabajo desde el endiosamiento y otra desde el oficio. La segunda es la única que no acaba en amargura.

Quedarse quieto como rebeldía

El discurso de la época te invita a lo contrario de todo lo anterior: cambia, transfórmate, reinvéntate. A Prada le preguntamos por el peso de la fidelidad —a una vocación, a una tradición, a una palabra dada— y respondió que hoy quedarse en el mismo sitio «es un ejercicio de rebeldía frente a la época en la que nos ha tocado vivir», un mundo que nos invita a sumergirnos en «un carrusel de novedades». Perseverar es «nadar a contracorriente», que, como recordó citando a Chesterton, es la única forma de sentirnos vivos.

No confundas esta fidelidad con quedarse por miedo. Prada habla de otra cosa: de discernir la vocación escuchando «la voz de nuestra conciencia» y a quienes de verdad te conocen —no al cantamañanas que te halaga el oído—, y de asumir que la vida «va a estar regada de fracasos», que nadie es «una especie de general romano» con la existencia alfombrada de éxitos. Desde ahí, la perseverancia deja de ser inercia y se convierte en la única felicidad disponible: «que nuestro pensamiento y nuestra vida sean concordes, no sólo acordes, sino concordes». Y remató con la frase que resume la conversación entera: «la perseverancia, la lealtad, la fidelidad es un anticipo de la eternidad».

Esto no es una consulta médica

En esta conversación se habla del vacío, del dolor y de la insatisfacción como constantes humanas, y se habla desde la filosofía y la literatura. Eso es lo que es esta pieza: una conversación, no una consulta. Si lo que tú sientes pesa más de la cuenta, si se parece menos a una inquietud y más a un túnel, lo sensato y lo valiente es pedir ayuda profesional —médico, psicólogo, psiquiatra—. Ninguna lectura sustituye ese paso, y darlo no te saca del viaje: forma parte de cuidarse para poder hacerlo.

La conversación continúa

La conversación completa con Juan Manuel de Prada vive en El Viaje, acompañando varias de sus etapas, junto a las que ya hemos recogido aquí de Higinio Marín y Javier G. Recuenco. Quédate con el hilo que las une: saber lo que somos es un oficio, no un eslogan.

Y el otoño, con los días acortándose, es la estación que los clásicos reservaban para ese oficio. De eso —de las preguntas que los estoicos se hacían cuando el año empieza a apagarse— escribiremos la próxima semana.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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