Languidecer: el nombre de lo que sientes
Ni depresión ni bienestar: entre ambos hay un estado con nombre propio desde hace dos décadas. Se llama languidecer, y nombrarlo no es diagnosticarte: es empezar a mirarte.

Gabriel Serrano

Hay un estado que no aparece en ningún parte médico y que, sin embargo, reconocerás a la primera. No estás mal: duermes razonablemente, cumples en el trabajo, nadie a tu alrededor notaría nada. Pero tampoco estás bien, y lo sabes. Las cosas que antes te encendían ahora apenas te templan. Los planes se hacen, las semanas pasan, los proyectos salen; y todo sucede como detrás de un cristal, con el volumen un poco bajado. Si alguien te pregunta cómo estás, contestas «bien», y no mientes exactamente. Es solo que hace tiempo que «bien» significa «sin novedad».
Ese estado tiene nombre. No lo inventó un divulgador ni una campaña de bienestar corporativo: lo propuso hace más de veinte años un investigador que estudiaba una pregunta muy concreta —qué hay entre la enfermedad mental y la salud mental— y descubrió que en esa tierra de nadie vive muchísima gente.
El hueco entre estar mal y estar bien
Durante buena parte del siglo XX, la salud mental se definió por eliminación: estar sano era no estar enfermo. Si no cumplías los criterios de una depresión, de un trastorno de ansiedad, de ninguna etiqueta clínica, quedabas archivado como sano, y ahí terminaba la conversación. El problema es que esa cuenta deja fuera precisamente tu caso: el de quien no tiene nada diagnosticable y aun así nota que su vida ha perdido sabor. Con la vara de medir antigua, eso no existía. Y lo que no existe no se estudia, no se nombra y no se atiende.
Un sociólogo le puso nombre en 2002
Corey Keyes, sociólogo de la Universidad Emory, llevaba años sospechando que la cuenta no salía. En 2002 publicó en el Journal of Health and Social Behavior un artículo cuyo título era ya un programa entero: «El continuo de la salud mental: de languidecer a florecer en la vida». Su tesis, construida sobre encuestas a miles de adultos estadounidenses de entre 25 y 74 años, tenía dos partes. La primera: la salud mental no es la ausencia de enfermedad mental; son dos ejes distintos, y se puede estar libre de todo diagnóstico y aun así vacío. La segunda: ese estado —bienestar bajo sin enfermedad— merecía nombre propio. Lo llamó languishing, languidecer: una vida que funciona pero no florece. Quietud, estancamiento; «vacío» fue la palabra que él mismo eligió para describirlo.
En el otro extremo del continuo puso el florecimiento: sentir interés, satisfacción y propósito no como picos ocasionales sino como tono general de los días. Y entre sus datos había un detalle incómodo: los que florecían eran minoría, en torno a uno de cada cinco adultos. Languidecer, en cambio, no era ninguna rareza: rondaba uno de cada seis. Traducido: en cualquier reunión en la que estés esta semana, lo más probable es que alguien más esté exactamente donde tú estás. Solo que tampoco lo dice.
Lo que pasa si no lo miras
Podrías pensar que languidecer, al no ser una enfermedad, es un asunto menor: una cuestión de tono vital, de temporada, de edad. El propio Keyes quiso comprobarlo, y lo que encontró es la parte del asunto que menos circula. Diez años después de la primera gran encuesta, volvieron a medir a los mismos adultos. Quienes languidecían al principio y seguían languideciendo al final multiplicaban por más de seis las probabilidades de padecer una enfermedad mental, comparados con quienes se habían mantenido floreciendo toda la década.
Seamos precisos, porque en esta casa las cifras se manejan con cuidado: esto es epidemiología de encuesta, no una ley física. Una correlación a diez años no es una condena, y nadie puede decirte que languidecer «lleva a» la depresión como el humo lleva al fuego. Pero la dirección del dato es tozuda, y la lectura sensata cabe en una frase: languidecer no es estar enfermo, pero tampoco es un lugar seguro donde quedarse a vivir.
La palabra que se hizo viral (y lo que la viralidad le hizo)
Durante casi dos décadas, languidecer fue un tecnicismo de revista académica. Hasta que en abril de 2021, en plena resaca pandémica, el psicólogo organizacional Adam Grant escribió en The New York Times un artículo —«Hay un nombre para ese "bah" que sientes: se llama languidecer»— que acabó siendo el más leído del año en el periódico. De pronto la palabra estaba en todas partes: charlas, boletines de empresa, sobremesas. Millones de personas sintieron el alivio de que aquello tuviera nombre.
Y aquí toca el contrapunto, porque las palabras también se auditan. La antropóloga Sarah Willen publicó en 2022 un análisis crítico de ese viaje relámpago del laboratorio al titular, y sus reparos merecen escucharse. El primero: que una palabra te resuene no la convierte en diagnóstico; la resonancia cultural no es valor clínico, y usarla como etiqueta médica de andar por casa es devolverle a la psicología lo que la psicología nunca afirmó. El segundo es más serio: convertir el malestar en un asunto puramente individual —tu languidecer, tu gestión, tus hábitos— deja fuera del plano las condiciones que hacen languidecer: la precariedad, la soledad, los cuidados que no se reparten, los trabajos vaciados de sentido. Dicho en corto: a veces no languideces tú; languidece la vida que se ha ido organizando a tu alrededor, o la que tú has ido aceptando sin firmar. La palabra es útil si te ayuda a mirar todo eso. Es una trampa si te convence de que todo se arregla de tejas para adentro.
Esto no es una consulta médica
Antes del final, la frontera de siempre, que no vamos a difuminar. Todo lo dicho vale para el estado que convive con una vida que funciona: trabajas, duermes, ríes a ratos, y aun así todo va a media llama. Si lo tuyo no es una media llama sino un apagón —semanas de tristeza que no remonta, el sueño o el apetito rotos, la sensación de que nada de lo que antes importaba importa—, entonces este artículo no es tu texto: tu paso serio es un profesional sanitario, y darlo no es rendirse sino tomarse la propia vida en serio. Mañana, además, es el Día Mundial de la Salud Mental; el lema elegido este año en España por votación popular invita a «hacer match» con tu salud mental. El envoltorio es joven; el fondo es viejísimo y sensato: escucharse, y pedir ayuda cuando toca.
Nombrar no es curar: es empezar
En el mapa antiguo que trabajamos en El Viaje, esta zona también existe y también aparece al principio de todo: es la extraña desazón, el paso segundo del camino, del que ya escribimos en este cuaderno. Que dos mapas tan distintos —el de los mitos milenarios y el de la encuesta epidemiológica— señalen el mismo territorio no demuestra nada en el sentido científico de la palabra. Dice, como mínimo, que el territorio existe, que está muy habitado y que no eres el primero en atravesarlo. Lo que la palabra de Keyes añade al mapa viejo es una precisión y una advertencia: la precisión de que no estás enfermo, y la advertencia de que esto tampoco es un sitio para instalarse.
No te vamos a dar cinco pasos para dejar de languidecer. Desconfía de quien te los venda: si este estado tuviera receta, no llevaría un cuarto de siglo estudiándose. Nombrar sirve para otra cosa, más modesta y más seria. Convierte el ruido de fondo en información: deja de ser «no me pasa nada» y pasa a ser «me pasa esto, y se llama así». Ese gesto —mirar lo que hay en lugar de taparlo— es exactamente el punto en el que el piloto automático del que también hemos escrito empieza a desconectarse. El mapa viejo cuenta qué suele venir después de esta zona: una llamada, casi siempre inoportuna, casi siempre rechazada al principio. De eso seguiremos escribiendo la semana que viene. Hoy basta con esto: lo que sientes tiene nombre, no es una avería y no estás solo en el mapa.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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