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Vivir en piloto automático: cómo salir

Vivir en piloto automático: cómo salir

Un día, frente al espejo, notas que no has pensado nada propio en todo el día. Hadjadj e Izanami Martínez explican por qué ocurre y tres gestos pequeños para empezar a salir.

Rodrigo Sangrador

Un hombre de espaldas, de pie ante el lavabo de un baño visto desde el umbral de la puerta, con el espejo empañado y el móvil junto al grifo

Hay un instante muy concreto en la vida adulta. Llevas semanas, quizá meses, encadenando rutinas. Te despiertas, miras el móvil antes de mirar a quien duerme a tu lado, abres la nevera sin recordar lo que cenaste anoche, eliges la misma camiseta porque hoy no tienes ánimo de elegir, vas al trabajo por una ruta que tu coche o tu metro podrían hacer solos. Y un día cualquiera, frente al espejo del baño, mientras te lavas los dientes, te das cuenta de algo extraño: no has pensado en nada propio en todo el día. Has reaccionado. Has cumplido. Has ejecutado. Pero no has pensado.

Esa sensación tiene un nombre que se ha vuelto demasiado familiar: vivir en piloto automático. Y aunque suene a problema menor, no lo es. Es probablemente una de las formas más silenciosas de perder una vida.

Lo que el piloto automático no es

Para entender cómo salir, primero hay que entender de qué hablamos. El piloto automático no es la rutina. La rutina es necesaria, ordena, libera energía mental para lo que importa. El que cocina cada día, el que entrena cada día, el que escribe cada día, depende de hábitos firmes. Eso no es piloto automático.

Tampoco es el cansancio. Cansarse forma parte de vivir. El cansancio honesto, el que viene de haber dado lo que tenías, es signo de que has estado presente.

El piloto automático es otra cosa. Es esa anestesia leve que se instala cuando dejas de hacerte preguntas. Cuando aceptas tu vida sin habitar tu vida. Cuando todo funciona pero nada significa. Cuando llevas tres años en el mismo trabajo, en la misma relación, en la misma ciudad, y no sabrías decir si los elegiste o si simplemente no los rechazaste a tiempo.

Es la forma adulta del sueño.

El vértigo de ser un umbral

El filósofo Fabrice Hadjadj, en una de sus charlas con The Nomba, dice algo que conviene leer despacio: el ser humano es el único animal que se hace preguntas sobre su propia vida. Piensa en una abeja: sabe lo que tiene que hacer en la colmena. Nosotros no tenemos manual.

Nosotros estamos siempre, según Hadjadj, en el umbral. Entre dos dimensiones, la material y la espiritual, y entre el presente y el futuro. Asomados a una pregunta que no termina de responderse: ¿qué hago yo aquí?

Esa condición es magnífica, pero incómoda. Preguntarse cansa. Vivir sin un guion claro produce vértigo. Y entonces, dice Hadjadj, aparece una tentación: dejar de ser un umbral y convertirse en un instrumento.

Un tenedor sirve para pinchar comida. Un destornillador sirve para atornillar. Tú no tienes que preguntarle a un tenedor por su propósito. Tiene una función clara, una finalidad precisa. Y eso, dice Hadjadj, tiene su atractivo: es agradable ser un robot, ser como un instrumento. Es cómodo ser un tenedor. Así describe ese sueño: "Así ya no hace falta hacerse preguntas. ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Para qué sirvo? Quiero encontrar enseguida, en fin, esa especie de finalidad automática. Ya no quiero ser un umbral. Quiero ser un objeto colocado entre los demás objetos, con una definición clara, con una finalidad precisa."

Es una imagen brutal. Y describe con precisión lo que hace mucha gente sin saberlo: se convierten en una función. Soy "el analista de riesgo del segundo piso". Soy "la madre de Lucía". Soy "el del fin de semana en Sierra". Soy "el que se encarga del cierre mensual". Etiquetas que sirven para no tener que preguntarte quién eres tú, en realidad, debajo de todo eso.

Eso es vivir en piloto automático. No es no hacer nada. Es haber dejado de ser alguien para convertirte en una utilidad.

Las pantallas no son el problema (y a la vez lo son)

Aquí hay un matiz que conviene cuidar, porque la conversación pública sobre el móvil se ha vuelto un poco pueril. La idea de que el problema es la pantalla, y que basta con apagarla para volver a la vida, no se sostiene.

Hadjadj lo dice con claridad: el ser humano siempre se ha acercado a la realidad dando un rodeo. El hombre primitivo, antes de cazar a la gacela, pintaba gacelas en la cueva, rezaba al dios de la gacela. Necesitábamos el mito, el símbolo, el libro, el cuadro, la obra de teatro. Nunca hemos mirado el mundo de frente, directamente. Siempre lo hemos mirado a través de algo.

Por eso las pantallas no son una anomalía. Son la última versión de una necesidad humana muy antigua. El problema, dice, no es que usemos pantallas. El problema es que nos quedamos atrapados en ellas. Que el rodeo se convierte en destino. Que la pantalla deja de ser un puente hacia la realidad y se vuelve una trampa donde se vive entera la jornada.

Aplicado a 2026: el problema no es el smartphone. El problema es que el smartphone ya no nos lleva a ningún sitio. Antes mirabas Instagram para ver qué hacía un amigo y después le llamabas. Hoy miras Instagram, ves cuarenta vidas ajenas en quince minutos, cierras la app y no haces nada con eso. La pantalla ha dejado de ser umbral. Se ha convertido en cueva.

Vivir en piloto automático, en buena medida, es vivir en una cueva iluminada por una pantalla.

"La comodidad pudre y la incomodidad construye"

La antropóloga y divulgadora Izanami Martínez, en otra de las charlas de The Nomba, lo dice de una manera que se queda clavada: "La comodidad pudre y la incomodidad construye". Lo cuenta ella misma: le pasa a diario, porque el scroll es adictivo y está diseñado para eso. Cuando lleva más de quince minutos, se imagina las neuronas pudriéndose (es una metáfora, aclara) y se dice a sí misma que deje de hacerlo y haga algo que requiera esfuerzo.

Su tesis es esta: vivimos en una sociedad que ha equiparado comodidad con felicidad. Y son cosas muy distintas. La comodidad anestesia. La felicidad, esa que de verdad importa, exige cruzar algo. Crecer duele. Aportar duele. Hacerse cargo duele. Y la propuesta cultural en la que estamos metidos —algoritmos optimizados para mantenerte enganchado, contenido infinito que no exige nada de ti, comida ultra procesada a domicilio en quince minutos, relaciones que se rompen con un botón— está diseñada para que nunca te enfrentes a nada incómodo durante demasiado tiempo.

¿Resultado? Una generación entera con más opciones que ninguna otra y con una sensación crónica de estar viviendo de prestado. De estar viendo la vida desde la grada.

Izanami añade otra capa: la exposición constante al sufrimiento ajeno va subiendo nuestro umbral de indignación. Por muchísimo menos, dice, hace cuarenta años la gente salía a la calle a manifestarse y a exigir. Hoy publicamos una historia en Instagram y sentimos que ya hemos contribuido, y seguimos, en sus palabras, "idiotizados" frente a la pantalla. La anestesia no es solo personal. También puede ser colectiva.

Por qué cuesta tanto salir

Si tan obvio es que el piloto automático nos consume, ¿por qué no salimos?

Porque buena parte de lo que llevamos encima se formó en un mundo donde salir del territorio conocido podía costar la vida. Esa herencia nos empuja hacia lo seguro y nos hace desconfiar de la incertidumbre. La parte de nosotros que prefiere ver la novena temporada de una serie en vez de empezar el proyecto del que llevamos tres años hablando es la misma que ayudó a sobrevivir a la especie. Sería injusto despreciarla.

Pero también sería suicida obedecerla siempre. Porque el mundo cambió. Y porque la única forma de no morir despacio es atreverse a algo más que sobrevivir.

Cómo empezar a salir (sin dramatismos)

No hay un manual. Hay tres movimientos pequeños, casi tímidos, que pueden empezar a cambiarlo todo. No los plantees como reto de 30 días. Plantéalos como pequeños umbrales que cruzas un día sí y otro no.

Primero: notar. Antes que cambiar nada, atreverte a notar lo que está pasando. ¿En qué momentos del día estoy de verdad presente? ¿En cuáles estoy ausente? ¿Qué hago cuando me siento incómodo? ¿A qué me agarro para no sentir nada? Un cuaderno y cinco minutos por la noche bastan. No es journaling de moda. Es simplemente describir el día como si lo estuvieras viendo desde fuera. La descripción honesta ya es media salida.

Segundo: hacer algo difícil cada día. Algo. No mucho. Una llamada que llevas semanas postergando. Una conversación que evitas con tu pareja. Un correo incómodo. Una clase que te asusta. Un libro denso que llevabas evitando. Una caminata sin auriculares. Izanami cuenta que ella lo hace así: cuando lleva más de quince minutos haciendo scroll, se detiene y hace algo que requiera esfuerzo. Leer un libro. Escuchar música. Estar en silencio, sin estímulos. Aprender. Cualquier cosa que tu cerebro califique de "incómoda" será probablemente la dirección correcta.

Tercero: mirar las cosas pequeñas con atención real. Esto suena suave y es lo más radical de los tres. Hadjadj recuerda a los grandes pintores de bodegones, que pintaban un vaso de agua, una manzana, y que con la manera en que la luz cae sobre ese objeto cotidiano nos hacen cruzar el umbral. "La trascendencia no es algo que está lejos o más allá. La trascendencia se encuentra en las pequeñas cosas, las menudencias, las nimiedades." Si miras la realidad con una atención que no estás acostumbrado a darle, esa misma realidad empieza a abrirse. La trampa del piloto automático es vivir rodeado de cosas que ya no ves. La salida es volver a verlas.

El umbral está en el lavabo

Vuelve por un momento a esa escena del principio. Tú frente al espejo, lavándote los dientes, dándote cuenta de que no has pensado nada propio en todo el día. Esa pequeña incomodidad, ese aviso silencioso, no es un problema. Es una invitación. Es tu vida pidiéndote permiso para volver a ti.

No hace falta romper nada. No hace falta dejarlo todo y mudarte a Bali. No hace falta tampoco aplaudirte a ti mismo por una pequeña iluminación de baño. Solo hace falta hacer una cosa: tomarte en serio esa sensación y no anestesiarla con el siguiente scroll.

Porque eso, exactamente eso, es cruzar el umbral. No los grandes gestos. Las microelecciones diarias en las que sigues siendo un umbral en vez de convertirte en un tenedor.

Y así, con paciencia y con discreción, es como una vida deja de pasar por encima de ti y vuelves a habitarla.

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