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Volver a aprender a los 40 no es reciclarse

Volver a aprender a los 40 no es reciclarse

Te han dicho que tus competencias caducan cada dos años y medio y que a los 40 toca reciclarse. Fuimos a la fuente: la cifra es un post, no una medición.

Gabriel Serrano

Un hombre escribe a mano en un cuaderno en la mesa de la cocina de su casa, de noche, junto a una lámpara encendida y una taza humeante

Fíjate en la palabra. Reciclarse. Se recicla el plástico, el vidrio, el cartón: materiales que ya cumplieron y que, con suerte y procesado industrial, pueden volver a servir para otra cosa. Cuando el discurso de la formación continua te dice, con su sonrisa de diapositiva, que a los 40 «toca reciclarse», está diciendo algo que nadie te diría a la cara: que caducaste, y que la operación pendiente consiste en recuperar de ti lo aprovechable.

Este cuaderno escribe para el adulto que se ha descubierto en piloto automático, y pocas cosas alimentan tanto ese piloto como aceptar sin mirar las palabras con que otros te describen. Así que hoy vamos a hacer una cosa muy simple y muy poco frecuente: mirar de cerca las cifras que sostienen el discurso del reciclaje. Aviso de lo que viene: la más famosa de todas no existe.

La cifra que organizó una década

La habrás oído en algún webinar, en un post de LinkedIn, quizá en el folleto de un máster: «las competencias técnicas duran dos años y medio». Suele atribuirse a un informe de IBM de 2019 sobre la brecha de competencias. Este verano, el equipo de esta casa hizo lo que casi nadie hace con las cifras redondas: fue a leer el informe. En todo el documento no aparece ningún dos y medio. La cifra procede de un artículo del blog de formación de IBM publicado en 2021, que la da sin citar fuente alguna.

¿Y los cinco años que sí están en el informe? Ahí la letra pequeña es aún mejor. La nota al pie que los sostiene no remite a una medición, sino a un artículo de opinión del consejero delegado de una plataforma de trabajo freelance, publicado en el blog del Foro Económico Mundial. Una opinión (legítima, interesada, como todas) de alguien cuyo negocio mejora cuanto más deprisa creas que caducas.

Merece la pena detenerse en lo que esto significa. No significa que nada cambie, ni que el saber técnico no envejezca: cambia, y envejece. Significa que la velocidad exacta a la que supuestamente caducas jamás se ha medido. Se ha proclamado, se ha repetido y se ha facturado. La cifra que organizó una década de discursos sobre tu formación tiene detrás un post, no un laboratorio.

El pánico también cotiza

Hay una segunda serie de números que sí tiene metodología conocida, y precisamente por eso conviene leerla entera. El Foro Económico Mundial pregunta cada pocos años a empleadores de todo el mundo qué parte de las competencias nucleares de sus trabajadores esperan ver cambiar en los cinco años siguientes. En 2016 esperaban un 35%. En 2020, con el mundo confinado, un 57%. En 2023, un 44%. En la última edición, de 2025, un 39%.

Léela otra vez. Si aquel 57% hubiera sido una medición de la realidad, más de la mitad de tu oficio habría caducado entre 2020 y 2025, y no es eso lo que has vivido. Lo que la serie mide es otra cosa: el estado de ánimo de quienes contratan, que sube con los sustos y baja cuando el susto pasa. El futuro, contado por quienes dicen conocerlo, se ha corregido cinco puntos a la baja en dos años. Quien te enseña solo el último número te está vendiendo urgencia. Quien te enseña la serie completa te está tratando como a un adulto.

Lo más estable es lo más viejo

En ese mismo informe de 2025 hay una lista que casi nunca llega a los titulares: las competencias que los empleadores esperan que permanezcan más estables hasta 2030. Son cinco: las capacidades de percepción sensorial; leer, escribir y matemáticas; la fiabilidad y la atención al detalle; el control de calidad; y la ciudadanía global. Fíjate en la segunda (el propio informe anticipa en ella un pequeño descenso neto, pero sigue entre las más estables). En pleno mapa de la disrupción, lo más duradero del catálogo resulta ser lo que una escuela de hace un siglo habría reconocido sin pestañear.

Esto tiene una consecuencia directa para ti, que estás pensando en volver a aprender. El discurso del reciclaje te empuja siempre hacia la capa más perecedera (la herramienta de moda, la certificación del trimestre), justo la que, según sus propias cifras, antes se evapora. Mientras tanto, lo que el propio mercado declara estable es leer bien, escribir bien, pensar con números: el equipamiento del que lee despacio y juzga. Curiosa manera de decirte, sin querer, dónde está el valor.

Formarse es lo que hacen las personas

En las masterclasses de El Viaje, Javier G. Recuenco, con quien ya hemos conversado largo en este cuaderno, insiste en una actitud que llama aprendizaje perpetuo, y en una preferencia: «generalismo sobre especialismo; cada vez más vais a tener que mezclar cosas de un montón de sitios diferentes». Recuerda que Asimov ya avisaba de que hay gente que se piensa que la educación es algo que termina en un momento dado, y no es así. Y repite la vieja consigna atribuida a Gandhi: aprende como si fueras a vivir para siempre.

El matiz importa, porque Recuenco no habla de empleabilidad: habla de vocación. El generalista que defiende (esa figura históricamente despreciada, capaz de tener conocimiento serio de materias aparentemente inconexas) no acumula cursos para seguir siendo útil a su empleador. Ensancha su criterio porque su vocación personal, no su miedo, dirige el barco. Ahí está la diferencia entera entre las dos palabras. Reciclarse es sustituir la capa técnica caducada para volver a encajar en un proceso que otros diseñaron. Formarse es hacerse cargo del propio entendimiento: ampliarlo, ordenarlo, afinarlo. Lo primero se le hace a un material. Lo segundo lo hace una persona.

Y hay una paradoja que conviene saborear: el adulto que a los 45 se matricula en un curso de historia antigua, retoma las matemáticas que abandonó o dedica un año a leer despacio a los griegos no está haciendo nada «poco práctico». Está entrenando exactamente la franja del mapa que los propios empleadores declaran más estable. Resulta que lo aparentemente inútil era lo último en caducar.

No estás solo en esto

Europa le ha puesto número a la cuestión, y el número te incluye. El plan de acción del Pilar Europeo de Derechos Sociales fija como objetivo que en 2030 al menos el 60% de los adultos participe en formación cada año. La realidad, según la encuesta de población activa europea de 2024 (Eurostat, adultos de 25 a 64 años que se formaron en los doce meses previos), es que lo hace en torno al 28%. En España, el 29,7%: algo por encima de la media europea, y todavía a la mitad del objetivo.

Puedes leer esa brecha como el enésimo objetivo europeo incumplido. Nosotros preferimos leerla así: decenas de millones de adultos van a volver a aprender algo en los próximos años, y tú, que ya lo estás considerando, no eres el raro de la clase: eres la avanzadilla. Conviene solo no equivocarse de motivo. La política pública quiere que te formes por productividad; es su trabajo. Tú puedes querer algo más grande. Y de si el vehículo debe ser un máster (con sus precios y su letra pequeña) ya escribimos con calma en este cuaderno.

La diferencia entre un material y una persona

No vamos a cerrar prometiéndote nada, porque este cuaderno no está en ese negocio. Nadie puede garantizarte que estudiar a los 40 te suba el sueldo, y las cifras que decían medir tu caducidad acaban de quedar retratadas. Lo que sí podemos dejarte es la distinción, porque las palabras con que te nombras acaban gobernando lo que haces. Un material se recicla cuando deja de servir. Una persona se forma mientras está viva, no porque caduque, sino porque crece, y porque hay una edad, más o menos la tuya, en la que uno ya no estudia para aprobar ni para encajar, sino para entender de una vez el mundo en el que lleva cuarenta años viviendo.

Esa es, quizá, la ventaja secreta de volver a aprender a los 40: por primera vez no hay nota, no hay orla y no hay nadie a quien impresionar. Solo quedas tú, el asunto y las ganas. A eso, que a nadie se le ocurra llamarlo reciclaje.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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