1 de octubre: no «nuestros mayores», sino tú
El 1 de octubre no va de homenajes: va de ciudadanía. Qué celebra el Día de las Personas Mayores, qué dice la OMS del edadismo y por qué las palabras importan.

Gabriel Serrano

Cada año, hacia finales de septiembre, empiezan a aparecer los carteles. Un ayuntamiento anuncia «un emotivo homenaje a nuestros mayores». Un centro social prepara una merienda con actuación musical. Un telediario cierra con imágenes de un baile y una voz en off que habla de ternura. Es el preámbulo del 1 de octubre, Día Internacional de las Personas Mayores (la ONU lo llama en español «de las Personas de Edad»), y casi todo en él está hecho con buena voluntad.
Y sin embargo, si tienes cierta edad y te ves reflejado en esas imágenes, puede que notes un roce. Una incomodidad pequeña, difícil de nombrar, como una etiqueta que pica en el cuello de la camisa. Este artículo va de ponerle nombre.
El roce está en el posesivo. «Nuestros mayores» se dice con cariño, pero escucha lo que dice de verdad: que perteneces a alguien. Que eres de tus hijos, de tu barrio, del telediario, del país entero; de todos, menos de ti. A nadie se le ocurre decir «nuestros cuarentones». La primera persona no se cede sin darse cuenta, y ese día, precisamente ese día, conviene recuperarla.
Un día que no pide aplausos
Naciones Unidas instituyó esta jornada el 14 de diciembre de 1990, en una sola línea (el párrafo quince de la resolución 45/106, entre veinte párrafos sobre planes de acción y fondos fiduciarios), y cada año le pone un lema. El de 2026 merece leerse despacio: «La era de la longevidad: repensar los sistemas para vidas más largas» (traducción nuestra del inglés, «The Age of Longevity: Rethinking Systems for Longer Lives»). Fíjate hacia dónde apunta la exigencia. No pide a las personas mayores que se mantengan activas, ni positivas, ni jóvenes de espíritu. Pide que los sistemas (la sanidad, la vivienda, el trabajo, la cultura, las ciudades) se pongan al día con una realidad que ya está aquí: vidas mucho más largas que aquellas para las que se diseñaron.
El cambio de dirección importa. Durante años, buena parte del discurso sobre la vejez ha funcionado como un examen: envejece bien, cuídate, participa, no te quedes atrás. El lema de este año da la vuelta al tablero. El examen no lo pasas tú. Lo pasan las estructuras que te rodean, y de momento lo llevan regular.
Los números explican la urgencia. Las personas de más de 60 años eran unos 541 millones en el mundo en 1995; en 2025 superaban los 1.200 millones; hacia 2050 serán 2.100 millones. No es una ola que viene. Es el mar en el que ya vivimos.
Quién eres tú, según los números
En España, el retrato lo hace cada año el CSIC. El de 2025 dice esto: casi diez millones de personas tienen 65 o más años, una de cada cinco. Más de 650.000 pasan de los 90, y en 2024 se contaron cerca de 16.000 personas centenarias. Quien cumple hoy 65 años tiene por delante, de media, casi 22 años más: más tiempo del que separa nacer de terminar una carrera. Dos décadas no son un epílogo. Son un continente.
El mismo informe desmiente de paso algún tópico resistente. Entre los 65 y los 74 años, siete de cada diez personas usan internet a diario. La imagen del mayor perdido ante una pantalla describe cada vez menos a quien tiene delante.
Y una quinta parte de la ciudadanía hace lo que hace la ciudadanía: vota en cada elección, sostiene asociaciones y clubes de lectura, cuida de nietos y de padres muy mayores, hace voluntariado, trabaja, crea, paga impuestos, discute de política en la sobremesa. Nada de eso es un homenaje. Es un país funcionando, con sus mayores dentro y no aparte.
El prejuicio que casi nadie confiesa
En 2021, la Organización Mundial de la Salud hizo algo que no se había hecho nunca: medir el prejuicio por edad a escala planetaria. Su Informe Mundial sobre el Edadismo se apoyó en una encuesta a 83.034 personas de 57 países, y el resultado incomoda con razón: una de cada dos personas encuestadas mostraba actitudes edadistas de grado moderado o alto. No es el mal de un país lejano: la encuesta recorre regiones muy distintas del mundo.
El edadismo casi nunca grita. Se cuela en gestos que hasta parecen amables: el médico que explica tu diagnóstico mirando a tu hija, estando tú delante; el empleado que sube la voz sin que nadie se lo haya pedido; el desconocido que te llama «abuelo» sin ser nada tuyo; el formulario cuya letra nadie pensó para tus ojos. En España se les ha empezado a llamar microedadismos, y su suma no es pequeña, porque casi nunca llegan solos.
Además de injusto, sale caro. El informe de la OMS recoge que solo en Estados Unidos el edadismo genera unos 63.000 millones de dólares al año en sobrecostes sanitarios: uno de cada siete dólares gastados en las ocho enfermedades más costosas de los mayores de 60 años. Tratar a alguien como menos capaz acaba costando dinero a todos. El edadismo no es una descortesía: es una discriminación con factura.
Las palabras hacen cosas
Volvamos al posesivo, porque las palabras no son cosmética; ordenan quién habla y de quién se habla, quién decide y por quién se decide. «Nuestros mayores» convierte a un ciudadano en alguien tutelado. «Los abuelos», dicho en general, reduce una biografía entera a un parentesco que además no todo el mundo tiene: se es abuelo de alguien, no abuelo de todos, y muchas personas de 70 años no lo son de nadie ni falta que les hace.
Hay una prueba sencilla para cualquier frase sobre la vejez: sustituye «mayores» por cualquier otro grupo adulto y comprueba si la frase sobrevive. «Un emotivo homenaje a nuestras mujeres.» «Actividades para que nuestros vecinos de mediana edad se sientan útiles.» El oído lo detecta al instante. Con la edad, sin embargo, llevamos tanto tiempo oyéndolo que ya no suena.
Debajo de los títulos
Hay una pregunta que ningún homenaje hace y que quizá sea la única que importa ese día: ¿quién eres tú, más allá de los roles que has tenido? Madre, padre, abuela, jefe, profesor, hijo. ¿Y debajo de todo eso?
Esa pregunta abre la segunda etapa del viaje Senior de Thenomba, la de la antropología, y no es casual que llegue tan pronto en el camino: en una época que confunde valor con utilidad, lo primero es recordar que una persona no es la suma de sus etiquetas, ni de las que eligió ni de las que le pusieron. Los verbos que la etapa propone conjugar (ser, pensar, amar, crear, convivir) tienen algo en común: ninguno admite posesivo ajeno. Ya escribimos aquí que la jubilación puede vivirse como un duelo de identidad, el día en que «¿a qué te dedicas?» se queda sin respuesta automática. La salida de ese duelo no es una etiqueta nueva y mejor. Es la primera persona.
El contrapunto: el derecho a no ser ejemplo
Dicho todo lo anterior, conviene vigilar la puerta de atrás. Porque a la caricatura del mayor frágil le ha salido una réplica igual de estrecha: el jubilado ejemplar que corre maratones, funda empresas y aprende chino, la vejez convertida en anuncio. Si el único mayor respetable es el admirable, no hemos desmontado el prejuicio; le hemos cambiado el disfraz.
La investigación social lleva años señalándolo. En 2015, Martinson y Berridge revisaron en The Gerontologist 67 artículos académicos críticos con el paradigma del «envejecimiento exitoso», y su conclusión cabe en una línea: todo modelo normativo de la buena vejez excluye por definición a alguien. Al que está enfermo. A la que cuida de un marido enfermo. Al que está, sencillamente, cansado. El propio informe del CSIC obliga a esa honestidad: de los casi 22 años que quedan por delante a los 65, la media en buena salud ronda los diez. La ciudadanía plena no puede depender del estado de forma. Se es ciudadano entero en la pista de pádel y en la sala de espera, con agenda llena y con la mañana vacía. Por eso el lema de 2026 apunta bien: lo que tiene que estar a la altura es el sistema, no tú.
Qué hacer con el 1 de octubre
Se puede ir a la merienda, desde luego, y disfrutarla: la fiesta no es el problema. El problema es el papel que a veces te reservan en ella. Así que, si el próximo 1 de octubre te apetece hacer algo (o cualquier otro día, que el calendario no es requisito), hay gestos que cambian el guion. Ir al acto del pueblo como parte y no como decorado, y tomar la palabra si hay turno. Corregir el posesivo con suavidad cuando aparezca. Preguntar en el ayuntamiento qué se ha hecho durante el año, además del homenaje. Escribir la carta al periódico local que llevas tiempo rumiando.
Y quizá, entre una cosa y otra, hacerte la pregunta que la efeméride nunca hace: quién eres tú debajo de los títulos, incluida esa etiqueta de «nuestros mayores» que este artículo ha intentado despegar. El mejor 1 de octubre imaginable sería uno en el que no hiciera falta ninguno: en el que la plaza, el pleno y la conversación contaran contigo ese día y también el 2, el 3 y todos los demás. Mientras llega, el día existe para recordarlo. No como aplauso. Como recordatorio de que la primera persona no caduca.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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