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Zonas azules: lo que la ciencia sí y no sabe sobre vivir mucho

Zonas azules: lo que la ciencia sí y no sabe sobre vivir mucho

Cerdeña, Okinawa, Icaria: ¿milagro de longevidad o error de registro? El debate científico de las zonas azules, contado entero, y lo que importa de verdad.

Gabriel Serrano

Un anciano con boina y bastón sentado en un banco de piedra en una callejuela de un pueblo de colinas, mientras una mujer mayor se acerca con pan

Hay un mapa que seguramente has visto: el planeta con cinco círculos dibujados encima — una isla italiana, otra japonesa, otra griega, una península de Costa Rica, una ciudad de California—. Donde caen los círculos, cuenta la leyenda, la gente se olvida de morirse. Los centenarios cultivan el huerto y bajan andando a la plaza. El mapa tiene libros superventas, una serie documental de éxito y una promesa implícita: haz lo que hacen ellos y los años vendrán solos.

Este Cuaderno existe, entre otras cosas, para mirar despacio las promesas que vienen con mapa. Y esta merece la mirada entera, porque dentro hay una historia mejor que la leyenda: una disputa científica de las buenas, con demógrafos revisando partidas de bautismo en sacristías de montaña, un premio con guasa por medio, y una pregunta final que no va de cuántos años, sino de qué hacer con ellos.

De un rotulador azul a un fenómeno mundial

La historia arrancó en serio. A finales de los años noventa, el demógrafo belga Michel Poulain y el médico sardo Giovanni Mario Pes se pusieron a verificar, pueblo a pueblo y documento a documento, las edades de los viejos de Cerdeña. En 2004 publicaron con sus colegas, en la revista Experimental Gerontology, el estudio AKEA: la longevidad extrema de la isla se concentraba en la zona montañosa del centro-este, y de un modo que no parecía casualidad. Con una rareza añadida: allí los hombres llegaban a los cien años casi tanto como las mujeres — una proporción de 1,35 frente al 2,43 del resto de la isla —, algo insólito: en el club de los centenarios las mujeres ganan siempre y por mucho. Para delimitar el área sobre el mapa, Poulain usó un rotulador azul. De ahí, literalmente, el nombre.

Sobre esa base creció después el fenómeno cultural: expediciones periodísticas, la lista canónica de cinco zonas, los nueve hábitos, los libros, los documentales, las dietas con nombre propio. La marca corrió más deprisa que los datos, como suele pasar. Pero el origen no fue una ocurrencia de marketing: fue un recuento.

El demógrafo que miró los papeles

En 2024, el investigador Saul Justin Newman recogió el premio Ig Nobel de Demografía — esos galardones que distinguen investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar. Lo ganó por un trabajo de detective: en lugar de viajar a las islas de la leyenda a medir aceite de oliva, se quedó en los archivos, cruzando los récords de edad del mundo con la calidad de los registros donde constan.

Lo que encontró incomoda. En Estados Unidos, el 82% de los supercentenarios — las personas de 110 años o más — constan como nacidas antes de que su estado registrara oficialmente los nacimientos; cuando llegaba el certificado de nacimiento, los supercentenarios del estado caían en torno a un 80%. En Japón, una auditoría oficial de 2010 destapó que unos 230.000 centenarios que figuraban en los registros estaban en realidad desaparecidos, muertos o eran puro error administrativo. Y un patrón se repetía país tras país: los récords de edad extrema abundan precisamente donde hay más pobreza y peores archivos. Hasta las coordenadas de la leyenda salían tocadas: según sus cálculos con datos europeos, Cerdeña e Icaria ocupan puestos del montón, no estelares, en la longevidad real de sus mayores de 85 años dentro de la Unión Europea. Su conclusión provisional, dicha con la sonrisa torcida del oficio: buena parte de los récords mundiales de edad hablan menos de biología humana que del estado de los archivos y de alguna pensión cobrada de más.

La respuesta de quienes contaron uno a uno

Si acabara ahí, sería un desenmascaramiento más. Pero la ciencia funciona como una conversación larga, y la respuesta llegó por el cauce serio. En diciembre de 2025, la revista The Gerontologist publicó la réplica del gerontólogo Steven Austad y del propio Pes — el médico que empezó a contar centenarios sardos hace treinta años. Su argumento tiene una elegancia que se disfruta sola: Newman tiene razón en lo general; la mayoría de las reclamaciones de edad extrema del mundo son falsas. Y precisamente por eso las zonas azules reconocidas se validaron como no se ha validado ningún otro lugar del planeta.

Los detalles son un festín para quien aprecie el trabajo bien hecho. En Cerdeña, cada edad se comprobó cruzando el registro civil, que allí existe desde 1866, con archivos parroquiales que se remontan al siglo XVII y con la reconstrucción del árbol familiar completo; así cazaron, por ejemplo, a una falsa supercentenaria que resultó ser la hermana pequeña — bautizada con idéntico nombre — de la titular. En Okinawa cotejaron la edad declarada de cada centenario con su signo del zodiaco chino, que nadie olvida jamás: de 52 comprobados, 49 cuadraban al año exacto. Y aquel escándalo japonés de los centenarios fantasma, añaden, no encontró ni uno solo en Okinawa. Ese mismo año, otra revisión académica ponía la imagen que faltaba: en quince pueblos de la zona sarda, 91 personas de las 18.000 nacidas entre 1880 y 1900 llegaron a soplar cien velas — el triple que en el resto de la isla —, y casi tantos hombres como mujeres.

¿Quién gana? Probablemente los dos, cada uno en su terreno. Los registros del mundo están llenos de centenarios de papel, como dice Newman. Y existen unos pocos lugares donde la longevidad extraordinaria está contada con un rigor que resiste el escrutinio, como responden Austad y Pes. El debate sigue abierto en las revistas, que es exactamente donde debe estar. Mientras tanto, a ti te sirve la lección de método, que vale más que el mapa: ante toda cifra asombrosa, la primera pregunta no es qué comen, sino quién contó y cómo.

Lo que queda cuando se despeja el humo

Queda, para empezar, un dato que desmonta el mito más fatalista de todos. Las revisiones recientes estiman que los genes explican menos del 10% de la variación en la duración de la vida humana. Menos de una décima parte. Lo demás es entorno, circunstancias, hábitos y azar. Nadie lleva escrita la fecha en el apellido.

Y queda otra cosa: los hábitos que las comunidades longevas comparten — comer sobrio y mucho vegetal, moverse cada día sin gimnasio, mantener vínculos que sostienen, tener un para qué al levantarse — no necesitan ninguna isla para sostenerse, porque la investigación sobre bienestar llegó a ellos por caminos independientes. De los vínculos y de lo que pesan en la salud ya hemos hablado despacio en este Cuaderno, igual que de las dimensiones del florecer humano. Ninguno de esos estudios promete años a nadie; describen poblaciones, no firman contratos. Pero todos apuntan en la misma dirección, y esa convergencia es de lo más sólido que la ciencia del bienestar puede ofrecer hoy.

La zona azul en la que ya vives

Aquí llega el giro que la leyenda nunca cuenta. No necesitas mudarte a una isla griega. Según el INE — el registro más aburrido y fiable que existe —, la esperanza de vida al nacer en España alcanzó en 2024 su máximo histórico: 84,01 años. A los 65, a una mujer le quedan por delante, de media, más de 23 años; a un hombre, cerca de 20. España lleva años instalada entre los países más longevos del planeta, sin círculo en el mapa, sin marca registrada y sin que nadie venda la dieta de tu barrio en un aeropuerto.

Dos décadas por delante, de media, con la contabilidad en regla. La pregunta interesante nunca fue si el pueblo de la foto llega a los cien. La pregunta interesante es qué vas a hacer tú con veinte años verificados.

Vivir mucho, vivir para qué

Puede que la mejor herencia de todo este debate no sea ninguna cifra, sino un gesto: el de mirar cómo se fabrica un dato antes de creerlo. Esa curiosidad con método — el arte de observar, lo llama la etapa de ciencia del viaje Senior de Thenomba, que dedica un módulo a la salud y la longevidad y otro a las grandes leyes del cosmos — no ocupa espacio en la maleta y mejora todos los viajes. El programa no promete años, porque nadie honesto puede prometerlos: propone algo más a mano, que es llenar de materia los que hay. Comprender cómo se discute la verdad, asombrarse con lo que se sabe y con lo que no, y conversar sobre ello con gente que también quiere entender.

Los círculos azules del mapa seguirán discutiéndose en las revistas durante años. Tu tiempo, mientras tanto, no está en discusión: está aquí, contado por el registro civil con una precisión que ya quisieran las islas de la leyenda. La ciencia, cuando es honesta, no puede decirte cuánto durará. Puede decirte, y lo dice con una insistencia notable, que lo que se hace con él — con quién, para qué, mirando qué — es donde se juega la partida que de verdad importa.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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