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Recuperar la atención: el problema no es tu edad

Recuperar la atención: el problema no es tu edad

La atención media ante una pantalla ha caído de 150 a 47 segundos, pero el mayor estudio sobre atención sostenida sitúa su madurez a los 43 años. Qué dice la ciencia y cómo volver.

Gabriel Serrano

Una mujer de unos sesenta años lee un libro en una terraza de piedra, con el móvil boca abajo sobre el pretil

Pasa en mitad de una página. El libro es bueno, el sillón es el de siempre, la tarde no pide nada, y aun así, entre dos párrafos, la mano se ha ido sola a buscar el teléfono. Te descubres con el pulgar en la pantalla y el libro abierto boca abajo, como quien se sorprende canturreando una canción que no le gusta. Y detrás del fastidio asoma una sospecha que casi nunca se dice en voz alta: ¿me estará pasando algo? ¿Será la edad?

Conviene responder pronto y con todas las letras: lo que notas no es cosa de tus años. La dispersión que te preocupa no se ha medido en personas de setenta; se ha medido, sobre todo, en oficinistas de treinta y cuarenta, delante de sus ordenadores, en horario laboral. Es la historia de una época, no la de una edad. Y entenderla —de dónde sale, qué dice la ciencia y qué no dice— es el primer paso para recuperar algo que importa bastante más que la productividad: la libertad de decidir dónde pones tu cabeza.

La mujer que cronometró nuestra dispersión

Gloria Mark no es una gurú del bienestar digital. Es psicóloga, profesora de informática en la Universidad de California en Irvine, y lleva más de veinte años haciendo una pregunta de apariencia modesta: ¿cuánto se queda nuestra atención en una pantalla antes de saltar a otra? Su primer estudio es de 2003. Entonces, un adulto trabajando aguantaba una media de dos minutos y medio —150 segundos— en una misma pantalla antes de cambiar. Cuando repitió las mediciones hacia 2020, la media era de 47 segundos. Y no es una rareza de su laboratorio: el dato, cuenta ella misma, ha sido replicado por varios equipos, y al juntar los estudios de 2016 a 2020 la media sale igual. Cuarenta y siete segundos.

De dos minutos y medio a tres cuartos de minuto en menos de dos décadas. El número impresiona, y las portadas lo han exprimido a gusto. Pero Mark añade dos detalles que casi nunca llegan al titular. El primero: la mitad de las veces no nos interrumpe nadie. No suena el teléfono: lo cogemos. El segundo: recuperar la concentración después de una interrupción cuesta, según sus mediciones, casi media hora. Haz la cuenta de un día cualquiera y entenderás esa sensación de llegar a la noche cansado sin saber exactamente de qué.

Hay un tercer detalle, y es casi una buena noticia: la cifra lleva unos cinco años estable. Quizá hemos tocado fondo. La propia Mark, que podría vivir del alarmismo, se declara optimista: cree que la atención puede volver a alargarse, y señala que hay personas, empresas y hasta países moviéndose en esa dirección — en Francia existe desde hace años el derecho legal a desconectar del correo fuera del horario de trabajo.

El pez dorado que nunca existió

Quizá recuerdes el titular: el ser humano ya se concentra menos que un pez dorado. La cifra salió de un informe comercial de una tecnológica, no de una revista científica, y conviene tomarla como lo que es: un eslogan con escamas.

El fondo del asunto es más interesante. Los científicos que estudian la atención no creen que exista «la atención», en singular, como un depósito de la especie que se va vaciando año tras año. La atención depende de la tarea, del momento y de quién la pone. La misma persona que no aguanta un vídeo de treinta segundos poda los rosales durante dos horas sin levantar la vista, o se queda hasta la madrugada con una novela que ha encontrado su pulso. El depósito es el mismo de siempre; lo que se ha multiplicado es el número de manos que tiran de él.

La noticia que no sale en portada: la atención sostenida madura tarde

En 2015, un equipo de la Facultad de Medicina de Harvard y del sistema sanitario de veteranos de Boston publicó en Psychological Science el mayor estudio hecho hasta entonces sobre atención sostenida: 10.430 personas de entre 10 y 70 años. La prueba era deliberadamente aburrida: fotografías en blanco y negro que se funden unas en otras cada ocho décimas de segundo —ciudades casi siempre, montañas de vez en cuando—, pulsar la barra con las ciudades, quedarse quieto con las montañas. Cuatro minutos de monotonía diseñada para que la mente se escape. Justo eso mide: la capacidad de quedarse.

Los resultados desmontan el guion previsible. La capacidad de sostener la atención mejora a toda velocidad en la adolescencia, sí; pero no toca techo a los veinte, como los reflejos o la memoria rápida. Sigue afinándose despacio durante décadas y alcanza su punto más alto alrededor de los 43 años. A partir de ahí desciende, y aquí viene el matiz que cambia la foto: lo hace con suavidad, a menos de la quinta parte del ritmo al que creció en la adolescencia. Una cuesta abajo tan tendida que cuesta ver el desnivel.

Y hay más. Con los años no solo cambia la capacidad: cambia la manera. Los participantes mayores respondían con más cautela, se precipitaban menos y —esto es lo más elocuente— vigilaban mejor su propio desempeño: tras una equivocación frenaban y se ajustaban, y esa vigilancia crece de forma sostenida a lo largo de toda la vida adulta. El estudio lo llama «estrategia». Tú lo conoces por otro nombre: oficio.

Seamos honestos con el otro lado, porque este Cuaderno no está para venderte curvas de una sola cara. El descenso a partir de los 43 existe, es real y es medible. Y una prueba de laboratorio de cuatro minutos no describe tu martes por la tarde. Pero el mapa que dibuja es claro: la atención sostenida madura tarde, baja despacio y se vuelve más cuidadosa con los años. Bastante lejos del apagón que el tópico da por hecho.

Lo que los 47 segundos no significan

Vuelve ahora al dato del principio con estas gafas puestas. Los 47 segundos miden un comportamiento: cuánto tardamos en cambiar de pantalla cuando trabajamos rodeados de pantallas. No miden la capacidad de un cerebro, y nadie ha demostrado que la facultad humana de concentrarse haya menguado, ni mucho menos que lo haya hecho para siempre. Lo que hay es un entorno diseñado para fragmentar —cada aplicación compite por el mismo recurso tuyo, y no por casualidad— y un hábito aprendido, el de interrumpirnos solos. Lo aprendido se puede desaprender.

Esa es la diferencia entre resignarse y ocuparse. Si la atención fuera una facultad que los años van apagando, poco habría que hacer. Como es un hábito dentro de un entorno, hay mucho.

El oficio de volver

Las prácticas que la propia Mark usa y recomienda tienen poco de heroico y nada de tecnológico. La atención, dice, es dirigida por objetivos: se va detrás de lo que tenemos delante, así que escribe en un papel lo que quieres hacer esta tarde y déjalo a la vista; parece poca cosa y es un timón. Cada cual tiene sus horas buenas —hay alondras, búhos y gente de media tarde—, y lo difícil merece la mejor hora, no la que sobre. Los descansos funcionan cuando llegan antes del agotamiento y a la medida de cada uno; Mark desconfía de las recetas de cronómetro iguales para todos, y algo sabrá. A los contenidos-anzuelo —ella los llama trampas de atención— no les pide abstinencia heroica sino puertas con horario: un rato, y la puerta se cierra. Y añade dos remedios viejos: veinte minutos de naturaleza y un rato diario de silencio o meditación.

Hay algo que en esta etapa de la vida juega a tu favor y que Mark no necesita decirte: el día es más tuyo que a los cuarenta. Quien trabaja en una oficina sufre el ritmo de otros; tú puedes diseñar el tuyo, elegir la hora buena para lo que importa y dejar la pantalla para cuando toque. Pocas veces en la vida adulta el dueño del horario y el dueño de la atención son la misma persona.

Queda la práctica más antigua de todas, la que este Cuaderno defiende desde su primera lista de libros: leer despacio. Un libro es lo contrario de una trampa de atención: no compite por ti, te espera. Cada página sostenida es territorio devuelto.

En el programa Senior de Thenomba, la Etapa 8 del viaje —Comprende tu mente— dedica un tramo entero a esa neurociencia cotidiana: memoria, atención, emociones, serenidad, estudiadas sin alarma y en compañía, con el lema de su ficha: «Conocerse no es debilidad: es sabiduría». Entender cómo funciona la propia atención —cuándo rinde, qué la secuestra, por dónde vuelve— es una parte de ese comprenderse. De la otra parte, la de seguir dándole mundo a la mente, ya hablamos al contar la reserva cognitiva.

William James escribió hace más de un siglo que la experiencia de cada cual es aquello a lo que decide atender. Dicho a ras de tarde: tu vida no está hecha de tus años; está hecha de tus horas, y tus horas, de aquello que miras. Los 47 segundos no son una sentencia. Son una foto de época, y las fotos de época envejecen. Esta tarde, el libro de la mesilla puede durar una página entera. Y la siguiente, también.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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