Sentido y propósito
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Hay un momento, a primeros de septiembre, en que el aire cambia de textura. Los quioscos se llenan de coleccionables, el autobús recupera su horario de invierno, alguien pasa con una mochila nueva colgada de un hombro. Durante décadas ese aire fue tuyo: empezaba la escuela, empezaba el trabajo, empezaba todo. Y es posible que ahora lo mires desde el otro lado del cristal, con la sospecha de que la rentrée es una fiesta a la que ya no estás invitado.
Los datos dicen otra cosa. Dicen, con una insistencia que ha sorprendido a los propios investigadores, que los años que tienes por delante tienen mejor pronóstico anímico que muchos de los que quedaron atrás. Merece la pena mirar despacio de dónde sale esa afirmación, qué tiene de sólida y qué tiene de matizable. Porque también tiene matices, y son serios.
El economista que contaba la felicidad
David Blanchflower no es psicólogo ni gurú de nada. Es economista laboral, profesor en Dartmouth, y durante años formó parte del comité que fija los tipos de interés del Banco de Inglaterra. Un hombre de series estadísticas y letra pequeña. Llevaba tiempo notando algo raro en las encuestas de bienestar: la satisfacción con la vida no bajaba en línea recta con la edad, como daba por hecho casi todo el mundo, sino que dibujaba una curva con forma de U. Alta en la juventud, decae hasta tocar fondo hacia la mitad de la vida, y vuelve a subir después.
En 2021 decidió comprobar si aquello era una rareza de los países ricos y publicó en el Journal of Population Economics el examen más ambicioso hecho hasta la fecha: datos de 145 países, desarrollados y en desarrollo, con encuestas de distintas décadas. La U apareció en casi todos. El punto más bajo llegaba, de media, a los 47,2 años en las economías avanzadas y a los 48,2 en las demás. A partir de ahí, cuesta arriba: la satisfacción que declaran las personas de sesenta y setenta años supera, en muchos países, a la de los treinta.
Piénsalo un momento, porque es una de las conclusiones más contraintuitivas de las ciencias sociales recientes. La cultura entera —la publicidad, el cine, la conversación de sobremesa— da por hecho que el ánimo se apaga con los años. Las encuestas, hechas a millones de personas durante medio siglo, dicen que a partir de cierta edad tiende a encenderse.
Lo que Harvard encontró al preguntar a doscientas mil personas
La curva de Blanchflower mide sobre todo satisfacción con la vida. Pero en 2025 llegó un contraste más fino. El Global Flourishing Study —el estudio sobre florecimiento humano dirigido desde Harvard por Tyler VanderWeele, del que ya hemos hablado en este Cuaderno— publicó en Nature Mental Health sus primeros resultados: más de doscientas mil personas encuestadas en 22 países, España entre ellos. Y no preguntaba solo si estás satisfecho: preguntaba por sentido, relaciones, carácter, salud, estabilidad. La vida entera, por dimensiones.
El hallazgo va en la misma dirección y llega más lejos: en el conjunto de los países, el florecimiento tiende a aumentar con la edad. Las dimensiones que más tarde maduran son precisamente las existenciales —el sentido, los vínculos, el carácter—, que alcanzan sus mejores registros en la última parte de la vida. Lo que la sabiduría clásica intuía desde Cicerón aparece ahora en las tablas de un estudio con muestra millonaria: hay cosechas que solo se recogen tarde.
El contrapunto: la U se está deformando
Aquí conviene ser honestos, porque este Cuaderno no está para venderte una curva. En agosto de 2025, el propio Blanchflower, junto a Alex Bryson y Xiaowei Xu, publicó en PLOS One un estudio con un título poco alegre: la desaparición global de la joroba de la infelicidad. Analizando datos recientes de 44 países, encontraron que la U clásica se está deformando. No porque la mitad de la vida haya mejorado, sino porque el bienestar de los jóvenes se ha hundido: los veinteañeros de hoy declaran niveles de malestar que antes eran propios de la crisis de los cuarenta y tantos. El resultado es que, en los datos más recientes, el malestar ya no dibuja una joroba: simplemente desciende con la edad.
Léelo con las dos caras. La buena: el lado derecho de la curva —el tuyo— sigue en pie; los mayores siguen declarando, de media, más satisfacción y menos ansiedad que el resto de los adultos. La mala: eso ya no es una historia de triunfo universal, porque a quienes vienen detrás les está costando arrancar. Si esta etapa tuya viene con serenidad de serie, quizá una de sus mejores aplicaciones sea mirar a los que empiezan.
Y un matiz más, que es de justicia: todo esto son promedios de poblaciones enormes. Dentro de la media hay de todo —salud que acompaña o no, pensiones que llegan o no, compañía o soledad—. La curva describe una tendencia; no firma un contrato con nadie. De la parte de esa dispersión que tiene que ver con el propósito ya hablamos al contar la crisis de los 60: el tramo ascendente de la curva no sube solo, se sube.
Por qué el ánimo tiende a mejorar con los años
Queda la pregunta interesante: ¿qué explica la subida? La respuesta más sólida la lleva dando treinta años Laura Carstensen, directora del Centro sobre Longevidad de la Universidad de Stanford. Su teoría de la selectividad socioemocional dice, en corto, esto: cuando el horizonte temporal se percibe largo, las personas invierten en el futuro —títulos, contactos, posición—; cuando se percibe más acotado, las prioridades se reordenan solas hacia lo que tiene sentido ahora. Se poda la agenda. Se dejan las cenas por compromiso. Se llama menos gente y se quiere mejor a la que se llama.
Carstensen y su equipo han documentado además lo que llaman efecto de positividad: con los años, la atención y la memoria tienden a quedarse más con lo bueno que con lo malo. No es ingenuidad ni deterioro; en sus experimentos, las personas mayores procesan la información negativa igual de bien cuando hace falta. Es criterio. Medio siglo de biografía enseña qué merece el disgusto y qué no.
Visto así, el tramo ascendente de la curva tiene poco de misterio: es el resultado estadístico de millones de personas que, una a una, aprendieron a distinguir lo importante. Que es, probablemente, lo que llevas años haciendo sin ponerle nombre.
Septiembre, el año nuevo verdadero
Enero promete mucho y cumple poco: hace frío, anochece pronto y las resoluciones se toman con la nevera todavía llena de turrón. Septiembre es otra cosa. Trae el gesto aprendido durante toda una vida de empezar: el cuaderno nuevo, el horario nuevo, la ciudad que vuelve a ponerse en marcha. Ese gesto no caduca con la jubilación; en todo caso, se queda sin dueño y espera a que alguien lo reclame.
Los datos que acabas de leer sugieren que reclamarlo tiene sentido. Si la etapa que atraviesas es, según las encuestas de medio mundo, terreno fértil para el ánimo, el sentido y los vínculos, entonces septiembre no te pilla a contrapié: te pilla en tu mejor momento estadístico. La pregunta deja de ser si toca empezar algo y pasa a ser qué merece la pena empezar.
En el viaje Senior de Thenomba, la primera etapa se llama El mapa de tu viaje, y consiste exactamente en esto: pararse a mirar el territorio antes de echar a andar, con el esquema del viaje del héroe como brújula y con compañía de la buena. Cada septiembre entran NOMBAs nuevos que llegan con esa mezcla de curiosidad y pudor de quien vuelve a abrir un cuaderno muchos años después. A las dos semanas, el pudor se ha ido y la curiosidad se ha quedado.
La rentrée nunca fue de los niños. Era de cualquiera que tuviera algo por delante. Los datos dicen que tú tienes, estadísticamente, algunos de los mejores años de la serie. Septiembre está a la vuelta de la esquina y el cuaderno nuevo, en la papelería de siempre.