Filosofía

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¿Se puede florecer al final de la vida? Lo que Aristóteles —y la ciencia actual— nos enseñan

¿Se puede florecer al final de la vida? Lo que Aristóteles —y la ciencia actual— nos enseñan

¿Se puede florecer al final de la vida? Lo que Aristóteles —y la ciencia actual— nos enseñan

Aristóteles llamaba florecer al ejercicio pleno de las facultades humanas. Hoy, un grupo de filósofos y médicos investiga si ese florecimiento es posible —e incluso especialmente posible— en los últimos años de la vida. Esto es lo que han encontrado.

Aristóteles llamaba florecer al ejercicio pleno de las facultades humanas. Hoy, un grupo de filósofos y médicos investiga si ese florecimiento es posible —e incluso especialmente posible— en los últimos años de la vida. Esto es lo que han encontrado.

Aristóteles llamaba florecer al ejercicio pleno de las facultades humanas. Hoy, un grupo de filósofos y médicos investiga si ese florecimiento es posible —e incluso especialmente posible— en los últimos años de la vida. Esto es lo que han encontrado.

¿Se puede florecer al final de la vida? La pregunta no es nueva. La hizo Aristóteles hace veinticuatro siglos. La hicieron los estoicos. La hizo Cicerón, ya con setenta años, en su tratado De senectute. Y volvió a hacerse, hace muy pocos meses, en un artículo académico publicado por Symons, Rhee, Tanous, Balboni y VanderWeele en Theoretical Medicine and Bioethics (2024). Lo que han encontrado los autores —reuniendo psicología positiva, medicina paliativa y filosofía clásica— merece la pena para cualquier persona que esté mirando esta etapa con seriedad.

Qué quería decir Aristóteles con "florecer"

Cuando Aristóteles habla de eudaimonia, suele traducirse como "felicidad", pero es una traducción cómoda y un poco floja. La palabra griega significa más bien algo así como el ejercicio pleno de las facultades humanas en consonancia con la virtud. Para Aristóteles, una persona florece cuando piensa bien, ama bien, crea bien, convive bien, y lo hace de manera estable, a lo largo de toda una vida.

Tres cosas son importantes aquí. La primera: el florecimiento no es un estado de ánimo, es una forma de actuar. La segunda: no se mide momento a momento, se mide a lo largo del tiempo. La tercera —y es la decisiva para esta conversación—: el florecimiento de una vida sólo se conoce cuando esa vida está completa. "Una golondrina no hace verano", dice Aristóteles. La vida buena es la vida entera bien vivida.

El descubrimiento moderno: el final importa

Esta intuición clásica —que la última etapa de la vida tiene un peso desproporcionado a la hora de juzgar lo bien que hemos vivido— ha sido confirmada por la psicología contemporánea de formas que sorprenden. Tyler VanderWeele, profesor de Salud Pública en Harvard, lleva desde 2016 dirigiendo el Human Flourishing Program y ha desarrollado un marco que combina seis dimensiones: felicidad y satisfacción con la vida, salud física y mental, sentido y propósito, virtud y carácter, relaciones cercanas, y estabilidad material. Es el marco más serio y contrastado disponible hoy para hablar de qué significa que una vida vaya bien.

Lo que su grupo ha encontrado al aplicarlo a personas mayores —en datos recogidos en más de 200.000 personas de 22 países a través del Global Flourishing Study— es revelador: aunque la salud física tienda a deteriorarse con la edad, otras dimensiones —especialmente sentido, virtud y relaciones— pueden alcanzar máximos en los últimos años. No es cierto que florecer sea un asunto de juventud. En muchos casos es, precisamente, lo contrario.

"El reto no es vivir más años, sino vivirlos con más profundidad."

Tres dimensiones del florecimiento que crecen con los años

1. Sentido y propósito

Después de los sesenta y cinco, muchas personas describen una sensación nueva: ya no se trata de qué quieren conseguir, sino de qué quieren dejar. La pregunta cambia de ladera. Y esa pregunta —qué legado, qué huella, qué sentido— está mejor equipada para responderse desde la madurez que desde los treinta. Hay tiempo, hay perspectiva, hay menos prisa.

2. Carácter y virtud

Aristóteles dice que las virtudes se cultivan con el hábito. La prudencia, la fortaleza, la templanza, la justicia —y, añadirían los pensadores cristianos, la fe, la esperanza, el amor— son músculos que se entrenan toda la vida. La madurez es, literalmente, el momento en que estos músculos están más entrenados que nunca. Florecer aquí no es algo que se inicie: es algo que se cosecha.

3. Relaciones profundas

La etapa final de la vida es, con frecuencia, la etapa en la que las relaciones que hemos construido pueden alcanzar su máxima densidad. Hay tiempo para llamadas largas, para reconciliaciones, para conversaciones con los nietos que no caben en una cena de domingo. Symons et al. señalan que muchas personas mayores describen sus relaciones tras la jubilación como las más profundas de toda su vida.

Y entonces, ¿qué hace falta?

Florecer en la madurez no es automático. La salud puede no acompañar; las pérdidas pueden venir; la sociedad puede haberse olvidado. Hace falta una decisión interior y, si es posible, una compañía buena. Tres cosas ayudan especialmente:

  1. Volver a las grandes preguntas. No para encontrar respuestas definitivas, sino para que la pregunta siga viva. La filosofía, la historia y la búsqueda de sentido son los tres campos donde más fácil resulta volver a esa conversación.

  2. Cultivar la mirada estética. El arte, la música, la naturaleza son tres maneras de asombrarse —y el asombro es, según los estudios contemporáneos, uno de los predictores más fuertes de bienestar tras los sesenta.

  3. Estar en compañía. Florecer es muy difícil en soledad. La comunidad —de iguales, de aliados, de gente que también está mirando esta etapa con los ojos abiertos— es una de las condiciones del florecer.

Por qué Thenomba Senior se construye sobre esto

Cuando diseñamos el viaje Senior, partimos de una intuición que ahora encontramos también en los papers más recientes: que la madurez no es la víspera del fin, sino una etapa con su vocación propia. Una etapa en la que, si se quiere, se puede florecer de un modo que en ninguna otra es posible.

Por eso las doce etapas del viaje no son una lista de temas sueltos. Son los doce campos donde, según veinticinco siglos de tradición humanística, se cultiva una vida que florece: propósito, identidad, pensamiento, sentido, memoria, ciudadanía, ciencia, mente, belleza, naturaleza, creatividad y legado.

La pregunta de Aristóteles no es una pregunta antigua. Es la pregunta más actual que hay. Y tienes, en esta etapa de tu vida, todo lo que hace falta para responderla.

Si te apetece dar un paso más, hay dos lecturas que te van a cundir: la primera explica con detalle las seis dimensiones del marco de Harvard aplicadas a esta etapa de la vida ; la segunda traduce al castellano el cuestionario de doce preguntas con el que el equipo de Harvard mide el florecer . Lo puedes hacer en cinco minutos —no es un examen, es un espejo—.

Fuente principal: Symons, X., Rhee, J., Tanous, A., Balboni, T., VanderWeele, T. J. (2024). Flourishing at the end of life. Theoretical Medicine and Bioethics, 45(5), 401–425. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libros I y X.

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Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.

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