La persona
La atención es la nueva alfabetización
En 2004 aguantábamos 2 minutos y medio ante una pantalla. Hoy, 47 segundos. Y la mitad de las veces nadie nos interrumpe: nos interrumpimos solos. Qué se puede entrenar y cómo.
Gloria Mark lleva más de veinte años haciendo algo muy poco glamuroso: seguir a trabajadores por sus oficinas y medir, primero con cronómetro y luego con software de precisión de milisegundos, cuánto aguantan mirando una misma pantalla antes de saltar a otra cosa.
En 2004, la respuesta era dos minutos y medio. A ella y a su equipo de la Universidad de California en Irvine les pareció escandalosamente poco.
En 2012, setenta y cinco segundos.
En sus mediciones más recientes: cuarenta y siete segundos de media. La mediana es peor todavía —cuarenta—, lo que significa que la mitad de las veces ni siquiera llegamos ahí. Y no es un artefacto de su laboratorio: al menos cinco equipos independientes han repetido la medición y los resultados bailan entre los cuarenta y cuatro y los cincuenta segundos. En veinte años hemos perdido dos minutos de cada dos minutos y medio.
Sola, la cifra ya sería seria. Lo que la convierte en un problema de otra categoría es su pareja de baile. La propia Mark midió cuánto cuesta volver de verdad a una tarea después de dejarla: veintitrés minutos y quince segundos de media. El mecanismo tiene nombre en la literatura —residuo atencional—: cuando saltas de la tarea A a mirar el móvil, una parte de tu cabeza se queda enganchada en A, y otra parte se quedará luego enganchada en el móvil cuando vuelvas. Cada salto deja resaca.
Haz la cuenta. Cuarenta y siete segundos de atención por salto; veintitrés minutos de recuperación por salto. No hay jornada que cuadre ese balance. Vivimos, cognitivamente hablando, en números rojos.
Nadie nos interrumpió
Hasta aquí, la historia parece conocida: las notificaciones nos asaltan, las plataformas nos secuestran, somos víctimas. Y hay mucho de verdad en eso. Pero el dato más incómodo de la investigación de Mark apunta hacia otro lado.
Cerca de la mitad de los cambios de atención que registra no los provoca nada. Ni un aviso, ni un mensaje, ni un compañero. La persona está trabajando, nada la molesta, y salta ella sola. Mark lo ha visto miles de veces en sus registros: la mano que va al móvil sin que el móvil haya dicho nada.
Ese dato cambia el diagnóstico entero. Si la mitad de la distracción es autoiniciada, entonces la distracción ya no es solo un entorno hostil: es un hábito adquirido. Nos hemos entrenado, salto a salto, durante años, en el arte de no quedarnos. Y aquí conviene recordar algo que contamos hace poco a propósito de la virtud: los hábitos son la única cosa del carácter que sabemos fabricar con seguridad. Lo que se entrenó en una dirección puede entrenarse en la contraria.
No es un fallo moral
Antes de llegar ahí, una aclaración que esta serie repite a propósito, porque es donde casi todos los discursos sobre jóvenes y pantallas descarrilan.
Perder el pulso contra el teléfono no es un defecto de la voluntad de nadie. Al otro lado de esa pantalla hay miles de ingenieros extraordinariamente bien pagados cuyo trabajo, medido y optimizado a diario, consiste en que no la sueltes. Es la asimetría industrial más desigual jamás organizada contra un córtex prefrontal, y encima el de un chico de veinte años, que fisiológicamente aún está en obras. Llamar a eso "falta de fuerza de voluntad" es no haber entendido el tamaño del adversario.
La propia Mark, que ha producido los datos más alarmantes del campo, se niega al apocalipsis: no hemos perdido la capacidad de concentrarnos, insiste; está cambiando la forma en que la usamos, y se puede recuperar el control. Esa mezcla — cero ingenuidad sobre el problema, cero fatalismo sobre la salida — es exactamente el tono que el asunto merece.
El supuesto invisible
Ahora mira lo que este cambio le hace a la educación, porque es más profundo de lo que parece.
Todo el edificio educativo descansa sobre un supuesto tan básico que nunca hizo falta escribirlo: que el alumno puede sostener la atención. Leer un capítulo entero. Seguir una demostración de veinte minutos sin perder el hilo. Escuchar a otro hasta el final de su argumento. Escribir una página que sea hija de la anterior. Ninguna de esas operaciones es posible en unidades de cuarenta segundos, y todas las materias, de la poesía al cálculo, las presuponen.
Durante siglos, ese supuesto se cumplía solo, porque el mundo no lo atacaba. Ya no. Enseñar termodinámica a quien no puede sostener un minuto de foco es como enseñar literatura a quien no ha aprendido a leer: falta la alfabetización previa. Por eso el título de esta pieza no es una metáfora. La atención se ha convertido en eso, en una alfabetización: la capacidad básica sin la cual las demás no arrancan, y que ya no se puede dar por supuesta — hay que enseñarla.
La buena noticia es que sabemos dónde se enseña, porque se ha enseñado siempre.
El guardián del umbral
Hay una manera antigua de contar todo esto, y la trae uno de los pensadores que más ha estudiado el asunto en nuestra lengua.
Gregorio Luri lleva años defendiendo un concepto que debería estar en todos los claustros: la inteligencia atencional. Su formulación no puede ser más tajante: sin atención no hay comprensión ni hay conocimiento; es, dice, la virtud imprescindible para ganar un mínimo de objetividad. Y su manera de describir el problema es más fina que la habitual, porque para Luri lo contrario de la atención no es exactamente la distracción. Es la mirada efímera, la que lo ha recorrido todo sin quedarse en nada. Lo cuenta con una parábola de viajeros: está el que vuelve encantado de una semana por París, Berlín, Tokio, Hong Kong y Nueva York, y está el que pasó cuatro días en la plazoleta de un pueblo, con un café en la esquina, y se lo pasó muy bien. Uno ha visto cinco ciudades. El otro ha estado en un sitio.
En una de sus clases, Luri recuerda un experimento que merece ser famoso. Un equipo de la Universidad de Virginia dejó a decenas de personas a solas en una sala, sin nada que hacer, entre seis y quince minutos, con un único objeto al alcance: un botón que administraba una descarga eléctrica molesta. Dos tercios de los hombres y una de cada cuatro mujeres prefirieron electrocutarse a quedarse quietos con sus propios pensamientos (Wilson et al., Science, 2014). A su pregunta de por qué nos cuesta tanto el silencio, Luri responde sin rodeos: porque nos cuesta escucharnos a nosotros mismos.
Y su receta empieza donde empezó siempre el oficio: la educación de la atención, dice, comenzaría —o al menos así lo hizo el método humanista tradicional— por el cultivo de la lectura lenta.
Se entrena
Mirado desde ahí, todo lo que la tradición humanística hace es entrenamiento atencional.
Leer una novela larga y despacio es sostener un mundo en la cabeza durante semanas: la unidad de atención opuesta al vídeo de quince segundos, y por eso mismo su antídoto. Ya contamos lo que la neurociencia de la lectura dice al respecto: las operaciones de la lectura profunda —conectar, inferir, ponerse en la perspectiva de otro, integrar todo en un juicio— son, casi punto por punto, la definición del criterio, y se atrofian sin práctica. Conversar en serio es atender a otro sin preparar tu respuesta mientras habla. Contemplar un cuadro, caminar una hora sin auriculares, quedarse con una pregunta sin buscarla: cada una de esas prácticas antiguas es una pesa distinta del mismo gimnasio.
La tradición fue más lista que nosotros hasta en el nombre. A la capacidad de mirar largo la llamó contemplación, y a la de no consumirlo todo a bocados, templanza — y las contó entre las virtudes, es decir, entre los hábitos que se adquieren practicando, con años y con alguien delante. Nosotros lo llamamos gestión de la atención y vendemos apps de bloqueo. Ellos llevaban veinticinco siglos de ventaja en el diseño del programa.
Hay una vieja imagen, que Joseph Campbell rescató de los mitos de medio mundo, para lo que se interpone al comienzo de todo viaje interior: el guardián del umbral. No es un monstruo; es la fuerza que te impide entrar. El de nuestra época tiene la forma de una pantalla que vibra, y la clave que la propia imagen esconde es que al guardián no se le vence una vez. Se le reconoce cada mañana, y cada mañana se decide que no manda en tu atención.
La pantalla como puerta
Queda la pregunta que un lector despierto ya se estará haciendo: ¿y todo esto me lo dice un itinerario que se cursa en una app?
Justo por eso. Porque la pantalla no es el enemigo; el enemigo es la unidad de atención para la que está diseñada. Hay pantallas construidas para que saltes cada cuarenta segundos, y puede haberlas construidas para lo contrario: quince minutos sostenidos sobre una sola idea, un solo profesor, un solo hilo, cada día. El primero es el patrón que Mark mide; el segundo es su ejercicio inverso. La diferencia entre ambas no es el dispositivo. Es el diseño.
Y una pantalla bien diseñada sabe, además, cuál es su sitio: el de puerta. La clase de quince minutos abre; lo que pesa está fuera — la novela de seiscientas páginas en papel, la hora de campo que una de las etapas del viaje prescribe con una frase que no mejoraríamos aunque quisiéramos ("una hora que limpia más que una tarde de scroll"), la conversación presencial donde los móviles no están invitados. Se entra por la pantalla para acabar lejos de ella.
Cuarenta y siete segundos no son una condena generacional. Son una línea de salida. La atención se perdió entrenando; se recupera entrenando. Lo único que hace falta es lo de siempre: un programa, tiempo y alguien delante. Como toda alfabetización.
¿Y si esto fuera tu próximo año?
Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.
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