La persona

La primera generación que florece menos

Durante décadas el bienestar repuntaba con la juventud. El mayor estudio sobre florecimiento humano dice que ya no. Qué mide, qué encontró y qué puede hacer una universidad.

Había una regularidad que los investigadores del bienestar daban por firme. Se la conoce como la curva en U: eres razonablemente feliz de joven, tocas fondo hacia los cuarenta y muchos —hipoteca, hijos pequeños, padres que envejecen, la carrera que no fue exactamente lo que imaginabas— y luego, contra todo pronóstico, remontas. La vejez llegaba con más paz de la que nadie esperaba. Desde que se describió en 2008, esa curva se ha replicado más de seiscientas veces en países y momentos distintos (Blanchflower et al., 2025). Pocas cosas hay tan robustas en ciencias sociales.

Pues bien: se ha roto.

El Global Flourishing Study es el mayor intento hecho hasta ahora de medir no la felicidad, sino el florecimiento humano. Es un estudio longitudinal de más de 200.000 personas en 22 países de los seis continentes habitados, con muestreo representativo y cinco años de recogida anual de datos. Lo dirigen Byron Johnson, de la Universidad de Baylor, y Tyler VanderWeele, director del Human Flourishing Program de Harvard, con Gallup encargándose del trabajo de campo. Los primeros resultados se publicaron en 2025 en una colección especial repartida entre revistas del grupo Nature.

Su conclusión sobre la edad es seca: en lugar de una relación en U, el florecimiento se mantiene plano hasta cerca de los cincuenta y aumenta a partir de ahí. Y no solo en el agregado, sino también en el optimismo, la paz interior, el sentido y el equilibrio. Traducido: los jóvenes ya no están arriba de la curva. En muchos países, el grupo de 18 a 24 años es el que peor puntúa de todos.

"Quizá uno de los rasgos más preocupantes de estos datos", dijo VanderWeele al presentarlos, "es que, al agregar los 22 países, el florecimiento tiende a aumentar con la edad, de modo que los individuos más jóvenes son los que declaran los niveles más bajos de florecimiento".

España está en la lista de países donde ocurre. Junto a Argentina, Australia, Brasil, Alemania, México, Suecia y Reino Unido.

Qué es exactamente el florecimiento

Conviene detenerse aquí, porque la palabra se presta a confusión y el estudio no mide lo que parece.

El marco lo formuló VanderWeele en 2017, en un artículo publicado en PNAS. Florecer no es estar contento. Es un estado en el que van bien todos los aspectos de una vida, y se mide en cinco dominios: felicidad y satisfacción vital, salud física y mental, sentido y propósito, carácter y virtud, y relaciones sociales cercanas. Dos preguntas por dominio, del 0 al 10. Hay una versión ampliada que añade un sexto: la estabilidad financiera y material.

Fíjate en lo que hay ahí dentro. Carácter y virtud. Sentido y propósito. No son categorías habituales en una encuesta de bienestar; son categorías clásicas, casi aristotélicas, metidas dentro de un instrumento estadístico. Esa es la apuesta del marco: que se puede medir con rigor algo más ancho que el humor de la gente.

Lo que hunde a los jóvenes no es la tristeza

Aquí llega el dato que más debería interesar a cualquiera que trabaje en una universidad.

Cuando se descompone la puntuación juvenil para ver qué la lastra, no aparece un fracaso general. Aparecen dos ítems concretos que tiran hacia abajo con fuerza: la salud mental y entender el propio propósito en la vida. El patrón se repite en Argentina, Australia, Brasil, Alemania, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos (Gallup, 2025).

Es decir: no es que los jóvenes de hoy lo pasen mal en todo. Es que no saben para qué están aquí.

Y esa es una carencia de otro orden. No se resuelve con más recursos ni con más oportunidades. Es una pregunta —qué merece la pena hacer con una vida— que alguien tiene que haberte enseñado a formular, y para la que hace falta haber leído, discutido y pensado en compañía de gente que llevaba siglos dándole vueltas.

El dinero no lo explica

La otra sorpresa del estudio desarma el reflejo habitual de echarle la culpa a la economía.

En la clasificación general, Indonesia salió primera. Después, Israel, Filipinas y México. Estados Unidos quedó decimoquinto de veintidós; Suecia, decimoctava; Reino Unido, vigésimo; Japón, último. Los países ricos puntúan alto en seguridad financiera y bajo en sentido y en vínculos. Los investigadores lo escriben sin rodeos: muchas naciones desarrolladas declaran más seguridad material y mejor evaluación de su vida, y a la vez menos sentido, menos conducta prosocial y peor calidad de sus relaciones.

El caso sueco es el más elocuente. De los veintidós países, Suecia es el segundo en evaluación de la vida. Y el decimonoveno en sentido y propósito. Puedes construir un país donde la gente valore muy bien sus condiciones de vida y siga sin saber para qué se levanta por la mañana.

Pero ojo con el titular fácil

Todo esto es lo bastante grave como para no necesitar exageración, así que conviene ser exacto.

Esto no es una ley universal de la juventud contemporánea. El World Happiness Report de 2026 lo deja claro: en 85 de los 136 países estudiados, los menores de 25 son más felices hoy que hace veinte años. El desplome está concentrado. En Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda las evaluaciones de vida de los menores de 25 han caído casi un punto entero sobre diez en una década, mientras la media de los jóvenes del resto del mundo subía.

No estamos ante un problema de la juventud. Estamos ante un problema de las sociedades ricas con su juventud. Lo cual, si vives en una de ellas, es una noticia peor y no mejor.

Sobre las causas, prudencia: incluso los autores más críticos con las redes sociales reconocen que la relación causal sigue siendo tentativa, y el propio informe recoge que quienes usan redes menos de una hora al día declaran mayor bienestar que quienes se abstienen del todo. La respuesta simple está por encontrar.

Por qué esto es asunto de la universidad

Podría pensarse que un problema de sentido pertenece al gabinete psicológico, o a la capellanía, o a la familia. Pero el propio marco dice otra cosa.

En el artículo fundacional de 2017, VanderWeele identifica cuatro vías por las que las personas acceden a los dominios del florecimiento: la familia, el trabajo, la comunidad religiosa y la educación. La universidad no es un actor secundario en esta historia. Es una de las cuatro puertas.

Y da la casualidad de que coge al estudiante en el momento exacto. Los datos españoles del Barómetro de Fad Juventud señalan que el tramo de 20 a 24 años concentra los niveles más altos de estrés e incertidumbre: la edad en que las expectativas chocan de frente con la realidad. Es, literalmente, tercero y cuarto de carrera.

Algunas universidades ya han sacado la conclusión. El Human Flourishing Program ha lanzado una iniciativa que ofrece a universidades una encuesta para medir el crecimiento de sus estudiantes en sabiduría, liderazgo y capacidad cívica. En Reino Unido, el Jubilee Centre de Birmingham y el Oxford Character Project publicaron un marco para que las universidades articulen su misión de formar el carácter. Y cuatro preguntas sobre crecimiento en sabiduría, justicia y contribución a la sociedad se han incorporado ya a los rankings universitarios del Wall Street Journal.

El movimiento de fondo es claro: durante décadas medimos las universidades por lo que producían —titulados, empleo, publicaciones— y estamos empezando a medirlas por lo que le pasa a la persona por dentro.

Medir el antes y el después

Aquí está lo incómodo para cualquier institución que declare formar a la persona entera.

Casi todas lo dicen. Está en los idearios, en los discursos de graduación, en la primera página de la web. Muy pocas pueden demostrarlo. Se mide la asistencia, se mide la satisfacción con la asignatura, se miden las notas. Ninguna de esas tres cosas dice absolutamente nada sobre si un chico de veintiún años entiende mejor su vida en junio que en septiembre.

Existe la alternativa, y no es complicada: doce preguntas al empezar, las mismas doce al terminar. No mide si el alumno se conectó a la plataforma ni si le gustó el profesor. Mide si algo se movió en su sentido, en sus vínculos, en su carácter. Es la única prueba que un vicerrector puede enseñar sin sonrojarse.

Un itinerario de humanidades bien construido no promete curar nada. Sería deshonesto prometerlo, y quien lo prometa está vendiendo otra cosa. Lo que sí puede hacer es poner delante de un joven las preguntas que los datos dicen que le faltan, en compañía de gente que lleva siglos discutiéndolas. Y luego, al final, volver a preguntar.

Si la respuesta ha cambiado, ya sabes que ha servido para algo.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

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