La era

El regreso de los polímatas

La imprenta creó al polímata; la fábrica lo enterró. Ahora la IA vuelve a hacer barato el saber y lo escaso es el criterio. Vuelve el polímata.

Durante siglos, saber costó dinero. Mucho dinero. Antes de Gutenberg, un libro se copiaba a mano, letra a letra, y podía tardar meses en estar listo. Para hacerte una idea del salto: se calcula que en toda Europa había unos 30.000 libros antes de la imprenta; medio siglo después, hacia 1500, había entre diez y doce millones (estimación del Harry Ransom Center, Univ. de Texas). El conocimiento se heredaba por oficio, de maestro a aprendiz, y se pagaba caro.

La imprenta rompió ese candado. Y lo hizo con la brutalidad silenciosa de los números: tras Gutenberg, el precio real de los libros cayó un 2,4% cada año durante más de un siglo (Dittmar y Seabold, LSE, 2019). La caída fue sostenida, año tras año, hasta convertir un objeto de lujo en una herramienta al alcance de cualquiera con ganas de leer. Donde entraba un impresor más a competir, los precios se hundían todavía más deprisa. Y las ciudades que adoptaron la imprenta crecieron un 60% más rápido que las demás durante el siglo siguiente (Dittmar, Quarterly Journal of Economics, 2011).

Cuando el saber se abarata, pasa algo curioso: aparece gente capaz de aprenderlo casi todo.

Esa gente tuvo nombre. Los llamamos polímatas: los que saben mucho, los que cruzan artes y ciencias en una sola vida. Un polímata no es alguien con muchas aficiones. Es alguien que domina campos distintos y, sobre todo, los conecta. Leonardo pintaba y diseccionaba cadáveres para entender cómo se movía un brazo. Alberti fue arquitecto, escritor y teórico del arte, y encarnó como nadie el ideal del uomo universale renacentista: la idea de que un hombre, si quiere, puede abarcarlo todo.

El historiador de Cambridge Peter Burke ha contado esta historia mejor que nadie. En The Polymath (2020) identifica a 500 polímatas occidentales y demuestra que su edad de oro coincide, punto por punto, con la imprenta, el descubrimiento del Nuevo Mundo y la revolución científica. Detrás no hubo solo genio individual; hubo, en buena parte, economía: cuando el conocimiento se vuelve barato y accesible, cruzarlo se vuelve posible.

Luego llegó la fábrica

Y lo cambió todo. Adam Smith abrió La riqueza de las naciones (1776) con una escena que todo estudiante de economía conoce: una fábrica de alfileres. Dividido el trabajo en unas dieciocho operaciones distintas, diez personas producían más de 48.000 alfileres al día. Cada una, trabajando sola y sin formación, no habría hecho ni veinte. La especialización multiplicaba la riqueza de un modo casi mágico.

El siglo XIX convirtió esa lógica en un modo de vida. Un camino, un oficio, una vida. La universidad moderna nació de ese pacto: el modelo que Wilhelm von Humboldt estrenó en Berlín en 1810 unió investigación y docencia y fabricó al experto contemporáneo, ese que sabe cada vez más de cada vez menos. Fue un pacto enormemente productivo. Nos dio la ciencia moderna, la medicina que nos cura y casi todo lo que funciona a nuestro alrededor.

Pero alguien vio la letra pequeña del contrato. Ortega y Gasset, en 1930, la llamó "la barbarie del especialismo". Su retrato sigue doliendo: el especialista, escribe, "«sabe» muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto" (La rebelión de las masas). Ni sabio ni ignorante: un "sabio-ignorante", peligroso justamente porque opina de todo con la seguridad de quien domina su rincón. Ojo con la trampa: Ortega no atacaba la ciencia ni el conocimiento profundo. Avisaba de lo que pasa cuando solo quedan rincones y ya nadie mira el conjunto.

La IA vuelve a abaratar el saber

Un siglo después, la inteligencia artificial hace con el conocimiento técnico lo que la imprenta hizo con los libros. Escribir código, redactar un informe, traducir, resumir, diseñar un primer borrador: ejecutar deja de ser escaso. Cualquiera con una buena herramienta produce en una tarde lo que antes exigía un equipo y una semana.

Y aquí está la clave del asunto. Cuando la ejecución se vuelve abundante, el cuello de botella se muda de sitio. Se muda del cómo se hace al qué merece la pena hacer, para quién, y a saber reconocer si lo que ha salido vale algo. La mano que ejecuta abunda; el criterio que decide, no.

La evidencia empuja justo en esa dirección. David Epstein, en Range (2019, publicado en español como Amplitud), reunió el argumento: en los entornos que él llama wicked —reglas confusas, resultados que tardan en verse, todo cambiando bajo tus pies— quienes ganan no son los hiperespecialistas, sino los que conectan campos y trasladan una idea de un sitio a otro. Y el World Economic Forum, en su Future of Jobs Report 2025, lo confirma desde el lado de las empresas: el pensamiento analítico es ya la competencia esencial para siete de cada diez compañías, con la creatividad y la curiosidad en plena subida. El mismo informe calcula que el 39% de las competencias clave habrán cambiado en 2030. Lo estable no es lo que sabes hacer hoy. Es tu capacidad de cruzar y de juzgar.

Una voz de casa

Conviene aterrizar esto en español, y hay una voz que lo dice sin anestesia. Javier G. Recuenco, uno de los grandes divulgadores de la resolución de problemas complejos en nuestro país, sostiene que esos problemas "abominan de los lobos solitarios": lo que hace falta, dice, es "gente capaz de tener un poco de conocimiento de cada cosa", perfiles con "especialidades transdisciplinares" (entrevista en Castellón Plaza, 2026). Su diagnóstico de dónde venimos es demoledor: nos hiperespecializamos, explica, "para darle servicio a las fábricas y no hemos salido de ahí, a pesar de que muchas fábricas se han ido a la mierda". El mundo para el que nos formaron ya no existe; la formación que heredamos, en buena medida, sigue siendo la de aquel mundo.

Cuando Deusto Business School y 3M estudiaron a los científicos de la multinacional (Informe Polimatía, 2017), encontraron algo revelador: los especialistas firmaban las innovaciones más influyentes, pero fueron los polímatas —los que sabían moverse entre tecnologías y áreas distintas— quienes acababan siendo "los científicos más valiosos de la empresa". El cruce, no solo la profundidad, era lo que multiplicaba el valor.

Que no se malentienda

Que nadie lea aquí un ataque a la especialización ni al grado universitario. Al revés. El grado da profundidad, y sin profundidad no hay nada que cruzar: un generalista sin fondo es solo alguien que roza muchas cosas y no domina ninguna. La profundidad es la materia prima.

Lo que las humanidades añaden son los cruces. El criterio para decidir qué problema vale la pena. El contexto histórico para no repetir errores viejos con herramientas nuevas. La retórica para explicarlo, la filosofía para cuestionarlo, la historia para situarlo. Ortega y la fábrica de alfileres no se contradicen: se completan. Profundidad más cruces. Especialista más polímata.

Vuelve el polímata

Y aquí la historia se cierra sobre sí misma. Si la imprenta fabricó polímatas abaratando el saber, la IA está haciendo lo mismo al abaratar la ejecución. Vuelve el polímata. Pero no como el genio raro e irrepetible de los cuadros renacentistas, sino como un perfil que el mundo vuelve a pedir en serio, en las ofertas de empleo y en los equipos que resuelven lo difícil.

La pregunta, entonces, ya no es si conviene ser polímata. Es cómo se construye uno hoy, sin castillo florentino ni mecenas. Y aquí es donde un itinerario de humanidades bien trazado deja de ser un lujo para volverse infraestructura. Doce etapas que van de la filosofía a la historia, de la retórica al pensamiento crítico, son el sistema operativo del criterio. Nadie las recorre para saberlo todo —eso ya no lo hace nadie, ni falta que hace—, sino para tener con qué cruzar. Que, resulta, es lo único que la máquina todavía no sabe hacer por ti.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.