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El profesor que te cambió la vida

El profesor que te cambió la vida

Todos recordamos a un profesor que nos cambió la vida. Gallup midió cuántos lo tuvieron: el 14%. Homenaje a los docentes de las dos orillas y una pregunta para la universidad.

Gabriel Serrano

Un profesor mayor, de espaldas, escribe en una pizarra de un aula antigua con ventanales góticos, mientras un alumno apoya la cabeza en el pupitre

Un filósofo de larga trayectoria, rector universitario, está sentado ante una cámara para hablar de umbrales. Le preguntan qué significa cruzar uno y, antes de responder con lo suyo, hace algo que hacen muy pocos adultos: cita a su profesor. «Como decía mi maestro Rafael Alvira, solo se puede volver a casa. Todos los demás sitios se regresan.» Lo dice Higinio Marín, como quien abre una puerta que lleva décadas engrasada. Más adelante en el viaje volverá a hacerlo: tenía un profesor que decía que lo único que un filósofo no puede pronunciar es «ya está, nada más».

Ahí está la medida que ningún cuestionario captura. Un profesor cambió una vida cuando, décadas después, el alumno sigue empezando frases con «como decía mi maestro». El maestro pudo no ser célebre; basta con que dejara dentro una frase que sigue funcionando.

Esta pieza es un homenaje a esos profesores, en las dos orillas de la lengua. En Argentina se les celebró hace pocos días: el 11 de septiembre de 1888 murió en Paraguay Domingo Faustino Sarmiento, el presidente en cuyos seis años de mandato se fundaron, según recuerda el museo que lleva su nombre, unos ochocientos colegios; una conferencia de ministros de educación reunida en Panamá en 1943 hizo de esa fecha el Día del Maestro del continente. Para el mundo entero, la cita es el 5 de octubre: el Día Mundial de los Docentes conmemora la Recomendación que la OIT y la UNESCO adoptaron en París ese día de 1966. Este año se cumplen sesenta, y la UNESCO ha elegido como tema proteger la condición de la profesión en un mundo que cambia deprisa. Buena ocasión para una pregunta que casi nunca se hace en serio: ¿cuántos tuvieron a ese profesor? Y, sobre todo, ¿de qué depende tenerlo?

Catorce de cada cien

En 2014, Gallup y la Universidad de Purdue encuestaron a más de treinta mil graduados universitarios estadounidenses para averiguar qué experiencias de la universidad seguían pesando en la vida adulta. Ya contamos en este cuaderno el hallazgo más famoso de aquel estudio: dónde se estudió apenas importa; importa cómo, y solo el 22% había tenido un mentor que le animara a perseguir sus metas. Lo que no habíamos contado es la cifra completa. Gallup preguntó por tres cosas a la vez: un profesor que hizo ilusionarse con aprender, un profesor que se preocupó por el alumno como persona y un mentor que lo animó. Los que respondieron que sí, con convicción, a las tres fueron el 14%.

Catorce de cada cien. Para ese grupo, según los propios investigadores, las probabilidades de estar comprometido en el trabajo se duplicaban con creces, igual que las de florecer en todas las dimensiones del bienestar que Gallup mide. El dato se recogió entre febrero y marzo de 2014 con un margen de error de menos de un punto, y es una de las medidas agregadas más sólidas de algo que todos sabíamos de oídas: el profesor que cambia una vida existe y deja huella medible. Su reverso es menos amable. Ochenta y seis de cada cien no lo tuvieron, o no lo recuerdan como tal.

Cuatro años después, la misma casa encuestadora, ahora con la fundación Strada, volvió sobre el asunto con otros cinco mil graduados recientes y una pregunta nueva: cuando hubo mentor, ¿quién era? La respuesta debería colgarse en la puerta de cada facultad. En el 64% de los casos, un profesor. La siguiente categoría, el personal de la universidad, no llegaba al 10%. Y un detalle que aquí se lee con cuidado, porque se prestaría al triunfalismo: de los profesores que ejercieron de mentores, el 43% enseñaba artes y humanidades; el 9%, negocios. Puede que las humanidades inviten a esa relación; puede también que quien las estudia sea quien más la busca. La cifra no zanja nada, pero dibuja algo.

La lotería tiene sesgo

Conviene decir ahora lo que estos datos no dicen. Son recuerdos: graduados que miran atrás y puntúan a sus profesores desde la vida que tienen hoy. Quien florece tiende a recordar con más ternura a quien lo ayudó; quien no, tiende a olvidarlo. La correlación es firme y la flecha causal, como siempre, más tímida que el titular. Nadie honrado puede prometer que un profesor atento duplica el bienestar de nadie.

Y hay un dato del estudio de 2018 que incomoda más que todos los anteriores. Entre los graduados blancos que tuvieron mentor, el 72% señala a un profesor; entre los graduados de minorías, el 47%. Entre quienes fueron los primeros de su familia en pisar una universidad, la cifra baja también. El profesor que cambia la vida no está repartido al azar. Es una lotería, y la lotería tiene sesgo. Le toca más a quien llega con el código del lugar aprendido en casa, a quien sabe que se puede ir al despacho, a quien no siente que pregunta demasiado. Los otros, que a menudo son quienes más lo necesitarían, pasan por la universidad sin que nadie los mire de cerca.

Nadie está reprochando nada a los profesores. Se describe un sistema que deja el encuentro más importante de la universidad al albur de los pasillos. Y de ahí sale la pregunta que sostiene esta pieza: ¿puede una universidad hacer que ese encuentro deje de ser suerte?

Lo que un profesor no puede delegar

José María Torralba, profesor de ética que lleva años dirigiendo seminarios de grandes libros con grupos de quince o veinte lectores, cuenta en una de sus clases del viaje una escena que le marcó. En un congreso sobre cómo educar a los jóvenes, un ponente acababa de explicar que la tarea del educador es ayudar a crecer a las personas. Se abrió el turno de preguntas y un profesor con alumnos a su cargo pidió la palabra para dudar en voz alta: ¿de verdad es posible que yo, con mi formación y mi edad, sea capaz de educar a otra persona? Porque educar en ese sentido hondo supone entrar en su intimidad. Torralba confiesa que la pregunta lo hizo dudar a él también.

La respuesta la encontró en Natalia Ginzburg y en un ensayo de 1962 que se titula, como el libro, «Las pequeñas virtudes». La escritora italiana sostiene que a los hijos se les deben enseñar las virtudes grandes y no las pequeñas: la generosidad antes que el ahorro, la franqueza antes que la astucia. Y añade la idea que Torralba subraya y que sirve aquí de definición: la educación no es más que una cierta relación y un cierto clima en el que florecen los sentimientos, los instintos y los pensamientos. Un clima hecho solo de virtudes pequeñas, advierte Ginzburg, madura sin que nadie lo note hacia el cinismo o hacia el miedo a vivir.

Si eso es educar, la pregunta de aquel profesor tiene respuesta. Nadie configura a nadie, pero cualquiera puede ser el clima de otro durante un semestre, y un clima se recuerda toda la vida. Es lo que el texto de 1966 pedía al docente al hablar de «responsabilidad personal por la educación y el bienestar» de sus alumnos, con una salvedad reveladora: aquella Recomendación se detenía en la enseñanza secundaria. El profesorado universitario quedó fuera y tardó treinta y un años, hasta 1997, en tener un texto propio. Como si en la universidad la responsabilidad por la persona fuera una virtud privada de algunos profesores y no una condición del oficio.

La clase de este día

Vuelve Higinio Marín, porque tiene la frase que describe al profesor del 14% desde dentro. Habla de cómo el sentido de una vida se juega en lo que uno tiene delante ahora y no en un horizonte lejano, y lo ilustra con su propio oficio: uno se hace presente en lo que hace cuando pone el empeño, dice, «libérrimo y gratuito, dispendioso», de que la clase de este día le salga como la mejor. Dispendioso: que gasta más de lo que la tarea exige. Al profesor que se recuerda se le recuerda por eso. Preparaba para treinta alumnos lo que habría bastado para trescientos. Se quedaba al terminar. Preguntó una vez, sin agenda, cómo iba todo.

En los años de Sarmiento se fundaron ochocientas escuelas, y el número asombra. Pero la generación que puso su nombre a un día no recordaba los edificios: recordaba a los maestros que los llenaron, uno a uno, con la clase de aquel día. Las instituciones se fundan por decreto. El clima, no.

Aliado, no auditor

Hace unas semanas contamos aquí cómo entiende TheNomba la figura del profesor-mentor: los profesores de la propia universidad se dan de alta en la plataforma como mentores de sus alumnos, con su panel de seguimiento y su nota. En el día de los docentes conviene decir por qué se diseñó así. Habría sido más fácil poner mentores propios. Se decidió lo contrario porque los datos de esta pieza no dejan otra salida honesta: si el encuentro que cambia una vida ocurre en un aula y con un profesor de la casa en dos de cada tres casos, lo último que necesita una universidad es que alguien de fuera se lo quite. Lo que necesita es que ese encuentro deje de depender de la suerte y de los pasillos; que tenga una hora, un motivo y una conversación de fondo.

Eso es lo que un itinerario de humanidades puede ofrecer al profesor: ninguna auditoría de su trabajo y una excusa buena. El alumno que llega al despacho porque acaba de leer a Aristóteles sobre la amistad, o porque una clase sobre el asombro le ha removido algo, ya no pregunta demasiado: trae el clima de Ginzburg con horario. Y el profesor que se quedaba al terminar tiene, por fin, una razón oficial para quedarse. Lo demás lo hace él, como siempre lo ha hecho. Nadie promete que así todos florezcan; nadie puede. Lo que sí se puede es que el 14% deje de ser una casualidad y empiece a ser una decisión.

Queda el homenaje, que es lo que hoy toca. Cualquiera que lea esto tiene un nombre en la cabeza desde el primer párrafo. Quizá no era el más brillante del claustro; casi seguro gastaba de más. Si sigue vivo, este es un buen día para escribirle. Y si quien lee esto da clase, la pregunta es más incómoda y más hermosa: ¿de cuántos alumnos es, ahora mismo, el nombre?

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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