Escribir es pensar
El estudio que expulsó portátiles de las aulas no se replicó. Y aun así escribir a mano importa: las réplicas, el cerebro con 256 electrodos y por qué escribir es pensar.

Gabriel Serrano

En la primera etapa del viaje de TheNomba hay una transición que casi nadie espera. Termina la masterclass de Gregorio Luri sobre el guardián del umbral (esa suma de resistencias, de pereza y de pantallas que custodia la puerta de toda vida interior) y la plataforma anuncia la herramienta para vencerlo a diario. No es una app, ni un método con acrónimo. Es escribir. En el paso siguiente aparece Francesc Pujol, profesor de la Facultad de Económicas de la Universidad de Navarra y autor de Escribir para crecer, y el viaje aclara enseguida qué clase de escritura es esta: no se escribe para producir más, ni siquiera para escribir «mejor», sino para algo anterior a todo eso: atención, coherencia, escucha interior. Por eso la plataforma puso una pluma pequeña junto a cada vídeo: se llama Elixir, escribes, se guarda, vuelves cuando quieras. Y por eso, acto seguido, comete la herejía de enmendarse a sí misma: a veces lo digital sabe a poco. Hay días en los que hace falta un cuaderno. «El papel no perdona, no borra, no hace scroll.»
Que una escuela digital te mande comprar un bolígrafo parece una extravagancia. Es una toma de posición en una de las polémicas científicas más instructivas de la última década.
El estudio que quiso jubilar los portátiles
En 2014, dos psicólogos, Pam Mueller y Daniel Oppenheimer, publicaron en Psychological Science tres estudios con título de western: «La pluma es más poderosa que el teclado». Estudiantes viendo charlas, unos tomando apuntes a mano y otros con portátil. Su conclusión dio la vuelta al mundo: los del teclado escribían más, pero tendían a transcribir; los de la mano, obligados por su propia lentitud, tenían que seleccionar y reformular, y aquello parecía traducirse en ventaja en las preguntas conceptuales. El estudio se convirtió en artículo de fe. Titulares en media prensa internacional, profesores expulsando portátiles del aula y una moraleja instalada en la cultura general: la mano es más lista que el teclado.
La ciencia, cuando funciona, tiene una costumbre incómoda: vuelve sobre sus propios pasos.
Lo que dicen las réplicas
En 2019, tres investigadores de Kent State (Kayla Morehead, John Dunlosky y Katherine Rawson) repitieron el experimento añadiendo condiciones: mano, portátil, tableta de escritura y hasta un grupo que no tomaba apuntes. Algunas tendencias apuntaban a favor de la mano, pero el rendimiento no difirió de forma consistente entre ningún grupo, y las diferencias se encogían aún más cuando los estudiantes podían repasar sus notas. Su conclusión tiene la prosa de quien pisa suelo mojado: declarar superior un método de apuntes «parece prematuro». En 2021 llegó la réplica mayor, y es una de las historias más bonitas de la ciencia reciente. Heather Urry, profesora en Tufts, convirtió su clase de psicología experimental en laboratorio: réplica directa, 142 participantes y un artículo firmado por 88 autores, casi todos estudiantes. Sobrevivió la mitad descriptiva del original: los del portátil escriben más palabras y copian más frases literales del profesor. Murió el titular: en el examen no hubo diferencia significativa. Unos metaanálisis exploratorios de ocho estudios similares apuntaron en la misma dirección.
Sería cómodo cerrar aquí con un «entonces daba igual». Pero lo que quedó en pie es más interesante que lo que cayó. Tanto en el estudio original como en la réplica, los apuntes con más palabras se asociaban a mejores resultados, y la copia literal del profesor, a peores; este último vínculo es más frágil en la réplica, y conviene decirlo. La frontera que importa no pasa entre el bolígrafo y el teclado: pasa entre transcribir y elaborar. El teclado no te vuelve torpe; te vuelve veloz, y la velocidad invita al dictado. Se puede pensar tecleando y se puede copiar a mano. Lo que no se puede es pensar sin elaborar.
El cerebro con 256 electrodos
Queda la pregunta de fondo: cuando la mano dibuja letras, ¿hace el cerebro algo distinto? En Trondheim, dos investigadores de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, Ruud van der Weel y Audrey van der Meer, pusieron a 36 universitarios un gorro con 256 electrodos y les pidieron alternar entre escribir palabras en cursiva con un lápiz digital y teclearlas. El resultado, publicado en Frontiers in Psychology a comienzos de 2024: al escribir a mano, el cerebro muestra patrones de conectividad mucho más amplios (coherencia en las bandas theta y alfa entre regiones parietales y centrales), justo las frecuencias que la literatura asocia con la memoria y con la codificación de información nueva. Los autores lo leen como evidencia de que escribir a mano favorece el aprendizaje, y piden que los niños no dejen de hacerlo en la escuela.
Letra pequeña, como siempre en este cuaderno: en ese experimento nadie midió memoria ni aprendizaje (la inferencia se apoya en literatura previa); se escribía con lápiz digital sobre una pantalla, no sobre papel; se copiaban palabras sueltas, no se tomaban apuntes; se tecleaba con un solo dedo; y la revista publicó después un comentario crítico, lo cual habla bien de todos. Lo que el estudio sí deja, y es bastante, es el contraste de los gestos: formar una letra es un acto motor y visual irrepetible; pulsar una tecla es idéntico a pulsar cualquier otra. Si pensar es conectar, la mano, literalmente, conecta más.
Historias nimias
Reducir la escritura a una técnica de apuntes sería como reducir la lectura a una técnica de subrayado. El viaje lo sabe, y por eso su escuela de escritura no empieza por los apuntes sino por algo más desarmante: la historia nimia. Una escena de tu día que te rozó por dentro. La escribes tal como ocurrió y después te haces la única pregunta del ejercicio: ¿por qué esto me tocó? Ahí está el mecanismo entero, a la vista. Escribes y, al escribir, descubres lo que piensas; la frase que se resistía era un pensamiento que todavía no existía. En el paso siguiente, Fabrice Hadjadj recuerda que las historias de Cervantes no nos sacan de la realidad, sino que la ensanchan, y deja un reto que funciona a cualquier edad: supón por un momento que eres Cervantes. ¿Qué historia nimia podrías escribir hoy con lo que tienes más cerca?
Quien recorra el viaje entero descubrirá que su instrucción más repetida no es «mira el vídeo». Es otra, casi litúrgica, que reaparece tras Roma, tras Hume, tras cada virtud: haz silencio, y escribe. Ya contamos aquí lo que mide la ciencia de la atención: según la investigadora Gloria Mark, la media es de cuarenta y siete segundos ante una pantalla antes de cambiar de foco. La escritura es la tecnología opuesta, un ancla. Mientras la frase no está terminada, no puedes irte.
Lo que nadie puede entregar por ti
Y aquí la vieja guerra de los portátiles se queda pequeña, porque el teclado ya no es el rival. Ya contamos en este cuaderno un estudio preliminar del MIT Media Lab, sin revisión por pares y con solo 54 participantes: en la primera sesión, 15 de los 18 que redactaron un ensayo con ayuda de ChatGPT no supieron citar correctamente, minutos después, una sola frase de su propio texto. Redactar y pensar parecían sinónimos, y la IA ha revelado que no lo son del modo más pedagógico posible: quedándose con uno de los dos. Delegar la redacción es legítimo en mil contextos profesionales. Delegarla siempre es olvidar poco a poco, sin dolor, qué pensabas de las cosas. O si pensabas.
Por eso, en el itinerario universitario de TheNomba, el viaje desemboca donde empezó: en un cuaderno. El proyecto final puede ser un ensayo escrito sin IA sobre aquello que el viaje te haya removido, y la regla no existe porque la herramienta sea sospechosa, sino porque lo que ahí se pide es justo lo que nadie (y ya tampoco nada) puede entregar por ti. Doce etapas después, la pluma diminuta junto al primer vídeo resulta haber sido una declaración de intenciones. Las dos escuelas, la milenaria y la de los electrodos, acaban diciendo lo mismo con distinto vocabulario. Escribir no viene después de pensar. Es la forma que tiene el pensamiento de terminar de existir.
Queda el gesto con el que el viaje lo pone a prueba desde el primer día, y no exige talento, ni tiempo, ni tema. Un cuaderno, un bolígrafo, una escena del día que te rozó por dentro. El papel no perdona, no borra, no hace scroll. Y cada trazo cuenta.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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