Todo se puede entrenar, casi nada a solas
Un entrenador de tenis abre el curso en la universidad. La ciencia matiza su tesis: la práctica cuenta menos de lo que crees y el acompañamiento, mucho más. Lo que se entrena y con quién.

Gabriel Serrano

Un entrenador en el paraninfo
El 22 de septiembre, en Alfara del Patriarca, una universidad abrió curso de una manera levemente extraña. Para inaugurar su Plan de Excelencia (el itinerario que la CEU Cardenal Herrera ofrece a los estudiantes de alto rendimiento que quieren más de lo que cabe en las asignaturas) no llamó a un gurú tecnológico ni a un fundador de moda. Llamó a un entrenador de tenis. Toni Nadal, el hombre que entrenó a su sobrino desde niño hasta lo más alto del deporte mundial, dio la conferencia central de la jornada en el paraninfo: «Más allá del éxito: autoexigencia, liderazgo y propósito». Asistieron casi quinientos estudiantes de tres campus, y la universidad dispuso autobuses desde Castellón y Elche.
El cartel completo dice bastante del espíritu de la casa. Abrió la jornada Juan Carlos Valderrama, director del Plan de Excelencia; intervino el rector, el filósofo Higinio Marín; clausuró el vicerrector de Estudiantes, Francisco Javier Montañez. Y entre medias, nuestro cofundador, Javier Roca, conversó con los alumnos; el programa anunciaba su charla con un título que es casi un plan de vida: diez reglas para hacer algo que valga la pena. A este cuaderno, que lleva meses escribiendo sobre lo que una universidad puede llegar a ser, la escena le interesa por algo más que la cercanía. Le interesa porque debajo de ese cartel hay una tesis, y la tesis se puede examinar.
La tesis del entrenador
Toni Nadal ha hecho algo rarísimo en el deporte profesional: dedicar décadas de su vida a un solo alumno. Y resumió lo aprendido en el título de su libro: «Todo se puede entrenar». Dicho así suena a manual de aeropuerto, y esa es exactamente la razón de que convenga tomárselo en serio, porque las frases que suenan a tópico son las que casi nadie se molesta en comprobar. ¿Es verdad? ¿Se puede entrenar todo (el talento, el carácter, la excelencia) o hay gente que nace y gente que mira?
La psicología llevaba décadas dando vueltas a esa pregunta cuando el sueco K. Anders Ericsson estudió a los violinistas de la Academia de Música de Berlín y propuso la respuesta que hizo fortuna: lo que separa a los muy buenos de los buenos son años de práctica deliberada. No cualquier repetición: la incómoda, la diseñada para atacar justo lo que todavía no sabes hacer, con corrección inmediata y sin piedad con la zona de confort. La divulgación convirtió aquello en la regla de las diez mil horas, un número redondo que el propio Ericsson pasó media vida matizando. Nunca hubo cifra mágica. La clave no estaba en las horas, estaba en el adjetivo.
La letra pequeña que parece desmentir el libro
En esta casa los datos se cuentan con su historia y con su réplica, así que aquí va la réplica. En 2014, tres investigadores (Brooke Macnamara, David Hambrick y Frederick Oswald) publicaron en Psychological Science el meta-análisis más citado sobre el asunto: 88 estudios y más de once mil personas medidas. Su conclusión cabe en una frase suya: la práctica deliberada es importante, pero no tan importante como se venía sosteniendo. En promedio, las horas de práctica explicaban en torno al 14% de las diferencias de rendimiento entre unas personas y otras. En los juegos, la música y el deporte, bastante más. Al llegar a la educación y a las profesiones, es decir, a la vida de casi todos, la cifra se desplomaba hasta rozar el suelo.
Leído deprisa, el meta-análisis parece la ruina del título de Toni Nadal: si la práctica explica tan poco, todo no se puede entrenar. Conviene leerlo despacio, porque lo que ese 14% deja fuera no es un misterio genético. Es, en buena parte, un problema de medida.
La variable que los promedios no ven
Cuando un meta-análisis junta 88 estudios, mete en el mismo saco prácticas que no se parecen en nada. El que repite escalas solo en su cuarto y el que tiene delante a alguien que le observa, le corrige y le rediseña el plan cada semana cuentan las mismas horas. Investigaciones posteriores han señalado exactamente esa costura: al ignorar la individualización (el traje a medida), los promedios infraestiman lo que rinde la práctica bien acompañada. Y ahí la biografía de Toni Nadal deja de ser una anécdota deportiva y se convierte en el caso puro: un entrenador, un alumno, ajuste diario durante décadas y ninguna coartada. Lo suyo nunca fueron diez mil horas a granel.
Este cuaderno ya ha contado dos hallazgos que apuntan en la misma dirección. Gallup encontró que apenas un 22% de los graduados recuerda haber tenido un mentor que le animara a perseguir sus metas, y que quienes recuerdan además un profesor que les ilusionó y otro que se preocupó por ellos más que duplican las probabilidades de estar comprometidos en el trabajo. Y el mayor meta-análisis sobre educación del carácter, con más de trescientos mil participantes, halló mejores resultados en los programas con mentoría. La conclusión de fondo es menos épica que la regla de las diez mil horas y bastante más útil: puede que no todo se pueda entrenar, pero se puede entrenar muchísimo más de lo que solemos intentar. Y casi nada de ello a solas.
Cuando una universidad se lo cree
Por eso importa lo del 22 de septiembre, y no como nota de sociedad. Un plan de excelencia es una universidad diciendo en voz alta que la excelencia no viene puesta de casa con la nota de corte, sino que se recorre: investigación, cultura, idiomas, liderazgo, desarrollo personal, por encima y por fuera de las asignaturas. Ya escribimos aquí que el ideario no es lo que dice tu página web; el ideario es lo que puede señalarse en el calendario. Un rector filósofo tomando la palabra antes que un entrenador de tenis, ante casi quinientos alumnos de tres campus, es, exactamente, ideario en el calendario. No es la única universidad que trabaja en esa dirección, y ojalá cunda. Pero el gesto de abrir el curso con esa conversación (esfuerzo, propósito, autoexigencia) y no con una charla de tendencias tiene algo de declaración de intenciones que a los alumnos no se les escapa.
La catedral de cada uno
Hay una pantalla de la primera etapa del viaje que explica por qué esta conversación nos toca tan de cerca: nos han entrenado desde muy pequeños para ser productivos, nunca contemplativos. La exigencia que le falta al estudiante medio no es la de producir más deprisa; esa la trae de serie, y no siempre le sale gratis. Le falta la otra, la que la tercera etapa aprende de Aristóteles: los hábitos te hacen, y la virtud está en el medio: «suena a frase de calendario. No lo es». Una pantalla de la sexta etapa lo deja en tres frases que un entrenador de tenis firmaría sin tocar una coma: la integridad se entrena en pequeño. Un gesto hoy. Otro mañana. Así se construye el carácter.
Y luego está la pregunta que el viaje hace al llegar a las catedrales medievales, quizá la más seria que puede hacérsele a un universitario: ¿cuál es la catedral de tu vida, esa obra que justificaría una vida entera de paciencia, de esfuerzo, de sentido? Toni Nadal la formuló a su manera en el título de su conferencia: más allá del éxito. Javier Roca, a la suya: algo que valga la pena. Es la misma pregunta con dos acentos, y ninguna herramienta va a respondértela sola.
El viaje de TheNomba es, en el fondo, nuestra manera de entrenar esa respuesta: doce etapas, una virtud por etapa, un mentor que ajusta el plan y una comunidad que no te deja a solas con tu buena intención. «Todo se puede entrenar», dice el libro de Toni Nadal. Casi nada a solas, decimos nosotros. Entre las dos frases cabe una universidad entera.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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