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Qué leían los libertadores

Qué leían los libertadores

Bolívar defendió su lista de lecturas por carta y legó dos libros a una universidad. Bello inauguró la de Chile diciendo que todas las verdades se tocan. La independencia también fue una biblioteca.

Gabriel Serrano

Un joven lee y escribe a la luz de una lámpara de aceite en una biblioteca antigua, con libros apilados, un tintero y un mapa enrollado sobre la mesa

Septiembre amontona banderas como ningún otro mes. Centroamérica celebra su independencia a mitad de mes; México, la noche siguiente; Chile, el dieciocho. Hay desfiles y discursos, con sus himnos, como debe ser. Este cuaderno quiere sumarse a la fiesta entrando por una puerta menos transitada: la biblioteca. Porque antes de que hubiera ejércitos hubo lectores, y las independencias americanas, además de guerras que fueron, con su dolor y su cuenta larga, fueron un acontecimiento intelectual. Los hombres que las condujeron se habían formado leyendo. Y lo sabían con tanta claridad que dejaron constancia escrita: en una carta, en un discurso y en un testamento.

La carta de Arequipa

Mayo de 1825. Simón Bolívar está en la cima de su gloria: la batalla de Ayacucho, unos meses atrás, ha sellado la independencia de medio continente. Y sin embargo, en Arequipa, entre las mil urgencias de quien gobierna territorios recién nacidos, saca tiempo para escribirle al general Santander y defender algo que le importa visiblemente: su formación. Un viajero europeo, Mr. de Mollien, había publicado que su educación fue muy descuidada. Bolívar despacha el juicio en tres palabras, «vago, falso e injusto», y responde con lo único que no admite réplica: la lista de lo que ha leído.

Antes de llegar a los autores, enumera a sus maestros, y en esa lista hay una sorpresa que el resto de este artículo agradecerá: Simón Rodríguez le enseñó primeras letras y gramática; las matemáticas se las dio una academia montada solo para él; y de bellas letras y geografía se ocupó, en sus propias palabras, «nuestro famoso Bello». Sí: el mismo que dentro de un momento fundará una universidad en Chile. Después vinieron Madrid, la academia de San Fernando y los idiomas, todo bajo la dirección del marqués de Uztariz, en cuya casa vivía. La leyenda del caudillo sin letras no resiste su propio expediente.

Y entonces llega la enumeración, que conviene leer despacio: «Locke, Condillac, Buffon, Dalambert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot», y a continuación «todos los clásicos de la antigüedad», de filósofos a poetas, más los modernos de España, Francia e Italia y buena parte de los ingleses. No es la lista de un militar con tiempo libre. Es el plan de estudios de la Ilustración entera, cruzado con dos mil años de clásicos. Cuando quisieron medirlo por los títulos que no tenía, respondió con los libros que sí había leído.

Conviene decirlo con honestidad, porque esta casa no vende estampitas: aquellos lectores eran una minoría diminuta en sociedades donde la mayoría no sabía leer, y ningún libro ganó por sí solo una batalla. Las independencias las hicieron también la geografía, la economía y el azar. Pero la pregunta que importa no es si los libros hicieron la independencia. Es si aquellos hombres habrían sabido qué hacer con ella sin los libros. Gobernar lo nuevo exige criterio, y el criterio de aquella generación tenía bibliografía.

Todas las verdades se tocan

Diecisiete de septiembre de 1843, Santiago de Chile, la víspera de las fiestas patrias. Aquel maestro de bellas letras del joven Bolívar, ahora un caraqueño de sesenta y un años, sube al estrado para instalar la Universidad de Chile, y en el discurso inaugural deja una frase que todavía hoy da título a ediciones enteras: «todas las verdades se tocan». No la dijo como adorno. La extendió, con todas sus letras, «desde las que formulan el rumbo de los mundos en el piélago del espacio» hasta la moral y la vida práctica, y remató con una imagen que parece escrita para nuestra época: «Los adelantamientos en todas líneas se llaman unos a otros, se eslabonan, se empujan».

Quien haya leído la primera pieza de este cuaderno reconocerá el argumento: es la tesis del regreso de los polímatas, pronunciada en 1843 por Andrés Bello. El hombre era, él mismo, la prueba: nacido en Caracas, formado entre dos orillas, pasó años en Londres entre bibliotecas y llegó a Chile para fundar una universidad y escribir una gramática pensada, según su propio título, para el uso de los americanos: la lengua común entendida como patrimonio de todos los que la hablan. Los saberes se tocan y las orillas también. Cuando hoy defendemos que un estudiante de ingeniería lea historia y uno de derecho entienda de ciencia, no importamos una moda: continuamos el discurso fundacional de la universidad hispanoamericana.

El maestro que sembró maestros

La tercera biblioteca de esta historia no defendió su formación ni fundó una universidad: fundó maestros. Eugenio María de Hostos nació en Mayagüez, Puerto Rico, en 1839, y murió en Santo Domingo en 1903, con medio continente recorrido entre ambas fechas. En 1880 fundó la primera Escuela Normal de Santo Domingo; en septiembre de 1884 se graduaron los primeros maestros normalistas de la historia dominicana. En la misma ciudad, Salomé Ureña dirigía el Instituto de Señoritas, donde en 1887 se graduaron las primeras maestras. La apuesta de Hostos era formar personas completas: no repetidores de fórmulas, sino gente capaz de razonar por su cuenta.

Y aquí la historia hace algo que parece escrito por un novelista. El hijo de Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña, se convirtió en uno de los grandes humanistas del continente, y en 1925, en La utopía de América, planteó, según sus comentaristas, una educación que formara criterio y sensibilidad y no meros ejecutores: la idea que ya contamos en este cuaderno. Las bibliotecas se heredan. Hostos impulsó la formación de maestros y maestras, Salomé Ureña dirigió el Instituto, y su hijo defendió, con un siglo de antelación, la tesis de esta casa.

Dos libros para una universidad

Diciembre de 1830, quinta de San Pedro Alejandrino, cerca de Santa Marta. Bolívar dicta su testamento; le quedan días de vida. Entre las cláusulas patrimoniales (haciendas, minas, deudas) aparece la séptima, y merece leerse tal como consta en el archivo: ordena que los dos libros que le regaló su amigo el general Wilson, y que pertenecieron antes a la biblioteca de Napoleón, «El Contrato Social» de Rousseau y «El Arte Militar» de Montecuculi, «se entreguen a la Universidad de Caracas».

Deténgase un momento en la escena. Un hombre que se está muriendo, que ha visto deshacerse buena parte de lo que construyó, dedica una de sus últimas voluntades a que dos libros lleguen a una universidad. Cada septiembre circulan por las redes decenas de frases atribuidas a Bolívar que no constan en archivo alguno; esta pieza se ha escrito con la regla contraria, citando solo lo que los papeles conservan: la carta, el discurso, el testamento. La devoción no necesita inventar. Le basta con leer.

La biblioteca que decide

En el viaje de TheNomba, la quinta etapa se llama «Comprende de dónde vienes», y uno de sus profesores es el politólogo Marcelo Gullo. El título de la etapa condensa una idea que vale para los pueblos y vale para las personas: nadie comprende quién es si ha olvidado de dónde viene; también uno puede vivir amueblado por ideas que nunca examinó. El antídoto de aquella generación sigue disponible, y es el mismo: leer con método, leer de todo, leer despacio. Por eso cada etapa del viaje lleva su plan de lectura, y en esas listas conviven Cervantes con García Márquez y Galdós con Gallegos: el canon de las dos orillas, sin aduanas.

La pregunta del mes patrio, entonces, no es solamente qué hicieron aquellos hombres, sino qué habían leído para poder hacerlo. Y la que le toca a usted es más sencilla y más incómoda: ¿qué está leyendo que lo esté formando para algo que todavía no sabe que hará? Los libertadores no supieron, a los veinte años, que lo serían. Leyeron primero. Decidieron después.

Imagen de portada generada con inteligencia artificial.

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