Cuando Harvard decidió qué debía saber todo graduado
En 1945 Harvard publicó el Libro Rojo para responder una pregunta abierta desde 1919: ¿qué debe saber todo graduado, además de su oficio? Un siglo de core curriculum, de Columbia a Purdue.

Gabriel Serrano

En el otoño de 1917, el ejército de Estados Unidos le encargó a la Universidad de Columbia algo insólito: un curso. Los reclutas universitarios del Student Army Training Corps iban a cruzar el Atlántico para pelear en una guerra europea, y alguien entendió que no bastaba con enseñarles a disparar; había que ayudarles a comprender en qué mundo iban a hacerlo. El comité que diseñó aquel curso de «cuestiones de guerra» lo presidió un filósofo, Frederick Woodbridge. Cuando llegó el armisticio, en Columbia hicieron la cuenta contraria: si hizo falta un curso para ir a la guerra, cómo no lo iba a exigir la paz.
El 20 de enero de 1919 el claustro aprobó la resolución, y en septiembre echó a andar Contemporary Civilization: un curso obligatorio para todo estudiante de primer año, cinco días a la semana, con el mismo profesor de septiembre a junio, construido a la vez por los departamentos de historia, filosofía, gobierno, economía, sociología y psicología. Su primer director, el filósofo John Coss, resumió el propósito en cinco palabras que han envejecido mejor que casi todo lo que se escribió aquel año: introducir a los estudiantes en «los problemas insistentes del presente». John Dewey, que no regalaba elogios, dijo que aquello equivalía a un verdadero curso de ciudadanía.
Conviene retener el orden de los hechos, porque desmiente el tópico. El core curriculum no nació de la nostalgia de unos profesores de letras; nació de una guerra mundial, en plena era industrial, como respuesta práctica a una pregunta práctica: qué necesita entender una persona, además de su oficio, para estar a la altura de su tiempo. Quien hoy defiende un bloque de formación general ante un decano de ingeniería no está defendiendo un adorno. Está continuando una conversación que empezó con botas y fusiles.
La respuesta de un químico
Veinticuatro años después la escena se repite, con otra guerra de fondo. En 1943, el presidente de Harvard, James Bryant Conant —químico de formación, nada sospechoso de desdén por la técnica—, encargó a un comité de profesores que respondiera aquella misma pregunta a escala de un país entero. El comité trabajó dos años y publicó en 1945 «General Education in a Free Society», un informe de editorial universitaria que pasó a la historia con el nombre de sus tapas: el Libro Rojo.
Su diagnóstico suena escrito ayer. La presión económica de los años de la Depresión empujaba a los estudiantes a especializarse cuanto antes, y la universidad se estaba dejando por el camino la otra mitad de su tarea. La propuesta fue concreta hasta la aritmética: de los dieciséis cursos de un grado, seis debían ser de educación general —al menos uno de humanidades, uno de ciencias sociales, uno de ciencias—, en busca de «un cuerpo común de informaciones e ideas» que fuera patrimonio de todos los graduados. Y en sus páginas quedó la distinción que sigue siendo la definición más limpia del asunto: la educación especial prepara para un oficio; la general se ocupa de la vida del estudiante «como ser humano y ciudadano responsable». Harvard implantó el plan en 1951, y el informe hizo algo más importante que ordenar los horarios de un campus: durante décadas marcó la conversación educativa de todo el país. Por los mismos años, en Chicago, Robert Hutchins defendía la versión más radical de la idea —un canon de grandes libros como plan de estudios entero—, aunque su claustro nunca llegó a aprobarla: quedó en un seminario que impartía con Mortimer Adler desde 1931. Y el propio Conant venía de financiar, desde 1937, listas de lectura pensadas para algo que entonces no tenía nombre y hoy llena informes: que una persona pueda seguir educándose toda la vida leyendo con disciplina.
La retirada elegante
En 1978, Harvard cambió de respuesta. El decano Henry Rosovsky condujo el debate que sustituyó la educación general por el Core Curriculum, y el giro fue de fondo: ya no se trataba de compartir un contenido —esa civilización común que el Libro Rojo daba por supuesta había dejado de darse por supuesta—, sino de enseñar los métodos: cómo piensa un historiador, cómo prueba algo un científico, cómo lee un crítico. Rosovsky, que veía más lejos que muchos de sus críticos, dejó dicho que un plan de estudios es un esqueleto y que la carne, la sangre y el corazón tendrían que salir del encuentro imprevisible entre profesores y alumnos. Y dejó una profecía: cambios curriculares mayores cada veinticinco años, más o menos. Se cumplió con puntualidad suiza: en 2004 la facultad volvió a ponerlo todo encima de la mesa y concluyó que el Core no se revisaba, se sustituía. El programa que lo relevó se aprobó en 2007 y entró en vigor en 2009.
Léase esta historia con honradez, porque es tentador leerla mal. Ochenta años cambiando de respuesta no son la crónica de un fracaso; son la medida de una dificultad. La pregunta de qué debe saber todo graduado es tan seria que la universidad que mejor la formuló no ha terminado de contestarla. Ya contamos aquí la advertencia con la que Ortega miraba este mismo paisaje: la barbarie del especialismo no se cura con un decreto. Quien mantenga un bloque de humanidades en su plan y lo revise cada cierto tiempo con cierto dolor no está haciendo nada mal. Está participando, en buena compañía, del problema más noble de la universidad moderna.
De cien a diez mil
El último capítulo no se escribe en Harvard, sino en una universidad famosa por sus ingenieros. En 2017, la historiadora Melinda Zook puso en marcha en Purdue un programa llamado Cornerstone: quince créditos de artes liberales, articulados sobre textos transformadores —así los llaman: los libros que remueven a quien los lee—, pensados no para estudiantes de letras, sino para los de ingeniería, negocios, salud y agro. Empezaron cien alumnos. Ya contamos esa historia cuando iban por ocho mil. Este agosto, al cumplir diez años, la propia universidad publicó las cuentas: más de diez mil alumnos, uno de cada cinco matriculados, y la previsión de que cerca del setenta por ciento de la clase que entra este otoño pase por el programa. Más de noventa y cinco instituciones lo han replicado, desde community colleges hasta Stanford y Vanderbilt.
La letra pequeña, como siempre, se cuenta entera. Una matrícula que se multiplica por cien mide deseo y adopción; no mide, todavía, hondura de formación, y un certificado no es una cultura. Pero el dato hace un trabajo que ningún ensayo teórico consigue: demuestra que, cuando la formación general se ofrece bien —textos de primera, profesores volcados, formato pensado para el alumno técnico—, los estudiantes no huyen de ella. Hacen cola.
La pregunta, en tu campus
En España, y en general en la universidad de ideario, este hilo nunca se cortó del todo. La mayoría de las universidades católicas conserva un bloque humanístico obligatorio; no hay que importar la pregunta de 1945, porque lleva décadas respondida en los planes de estudio. Ya contamos también la grieta que la acompaña: nueve de cada diez vicerrectores creen crucial esa formación; uno de cada tres cree que sus alumnos la entienden. De modo que la pregunta heredera del Libro Rojo, aquí, no es si tener educación general. Es la otra, la que se responde sola en cualquier cafetería de campus: ¿qué nota le pondrían tus alumnos?
Una pantalla de la primera etapa del viaje de TheNomba lo formula sin diplomacia: nos han entrenado, desde muy pequeños, para ser productivos; nunca contemplativos. Las doce etapas —antropología, filosofía, historia, ciencia, artes— son una respuesta contemporánea a la pregunta de Conant: la lista de materias que un especialista no cruza nunca, servida en el formato en que un especialista puede cruzarlas. No es la única respuesta posible, y esta historia enseña precisamente que ninguna lo es para siempre.
Queda el arco entero, que es lo que esta pieza quería dejar mirado: de un curso para entender una guerra a un certificado que eligen decenas de miles de ingenieros, pasando por un libro rojo que un químico encargó en mitad de otra guerra. Harvard aparece en esta historia como lo que es: el caso más célebre de un problema que también es el tuyo. Cada campus dará su versión, y la revisará, y volverá a dársela. Lo único que un siglo entero no ha conseguido es que la pregunta prescriba.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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