El movimiento
Liderar y transformar un país se aprende
Los países de nuestra lengua no los fundaron técnicos: los fundaron humanistas que sabían hacer. Qué aprendía esa generación, qué dice hoy la ciencia del florecimiento y quién forma a la siguiente.
Hay una pregunta que vale la pena hacerle a cualquier país de nuestra lengua: ¿quiénes lo construyeron?
No los ejércitos, que solo despejaron el terreno. Los que vinieron después: los que escribieron las constituciones y los códigos, fundaron las universidades y las bibliotecas, decidieron qué se enseñaría a los niños y en qué idioma se pensaría la nación. Si usted recorre esa lista en casi cualquier país de América, encontrará un patrón tan constante que sorprende lo poco que se comenta: no eran especialistas. Eran humanistas que además sabían hacer cosas.
Andrés Bello era un gramático. Un hombre que dedicó décadas a la lengua, a la poesía, a la filosofía del derecho. Ese gramático fundó la Universidad de Chile, fue su primer rector y redactó el Código Civil chileno de 1855, que medio continente tomó como modelo. Léalo despacio: las reglas que ordenaron la propiedad, el matrimonio y la herencia de varios países las escribió un filólogo. No a pesar de ser filólogo. Gracias a eso: sabía qué peso carga cada palabra, y un código civil es, antes que nada, palabras que cargan vidas.
José Vasconcelos era un filósofo. México lo puso al frente de la educación pública en 1921, con el país recién salido de una guerra civil, y aquel filósofo organizó la alfabetización masiva, envió maestros rurales a donde no llegaba el tren, encargó los murales a Rivera y Orozco y repartió ediciones populares de Homero y de Dante en pueblos donde faltaba casi todo. Alguien podría haberle dicho que primero era lo urgente y después la cultura. Vasconcelos entendía que la cultura era lo urgente: un país se reconstruye desde la idea que tiene de sí mismo.
Jorge Basadre era un historiador. El Perú le debe la reconstrucción de su Biblioteca Nacional después del incendio de 1943 y algo más difícil de tocar: un concepto. La promesa de la vida peruana, lo llamó — la idea de que el Perú no es un hecho consumado sino una promesa que cada generación hereda y debe decidir si cumple. Un historiador le dio a su país la categoría con la que todavía hoy discute su destino.
La lista sigue por todos los países: Rodó escribiéndole Ariel a la juventud del continente, Hostos fundando escuelas de Santo Domingo a Chile, Gabriela Mistral pasando de maestra rural a reformar sistemas educativos enteros. Especialistas, en el sentido moderno, casi ninguno. Gente que cruzaba —derecho y poesía, historia y gestión, filosofía y política—, toda.
El maestro de América
De esa generación, hay una figura que este continente tiene medio olvidada y que conviene recuperar con urgencia, entre otras razones porque escribió nuestra tesis hace exactamente un siglo.
Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo en 1884. Enseñó en República Dominicana, en Cuba, en Estados Unidos, en México —donde fue brazo derecho intelectual de Vasconcelos—, en España y en Argentina, donde murió en 1946. La crítica lo llama, sin exagerar, el maestro y orientador de América: probablemente el humanista más completo que ha dado nuestra lengua en este hemisferio.
En 1925 publicó un ensayo breve, La utopía de América, que debería ser lectura obligatoria en todo rectorado de la región. Su diagnóstico: el problema de América Latina no es solo político ni económico; es, en el fondo, cultural. La independencia dejó pendiente la pregunta de fondo, la de quiénes somos y para qué. Su advertencia, que hoy se lee como profecía: una sociedad puede modernizarse y, sin embargo, empobrecerse espiritualmente — el progreso técnico, por sí solo, no fabrica un pueblo mejor. Y su instrumento: la educación, entendida no como transmisión de información sino como formación de la sensibilidad, del criterio y del juicio. Una pedagogía, escribió, que forme ciudadanos críticos y no meros ejecutores funcionales.
Meros ejecutores funcionales. Un siglo antes de la inteligencia artificial, el dominicano ya había encontrado la palabra exacta para lo que ninguna educación debería producir. Hoy, que ejecutar es precisamente lo que las máquinas hacen mejor que nosotros, su frase dejó de ser una opinión pedagógica. Es una descripción del mercado laboral.
Lo que hoy dice la ciencia
Se podría pensar que todo esto es nostalgia de una edad dorada. Los datos más recientes dicen otra cosa, y dicen algo mejor.
El mayor estudio sobre florecimiento humano jamás realizado —más de doscientas mil personas en veintidós países, dirigido desde las universidades de Baylor y Harvard con el trabajo de campo de Gallup— publicó su primera ola de resultados en 2025. En la clasificación general, México quedó entre los primeros del mundo: por delante de Estados Unidos, de Suecia, de Reino Unido, de Japón. Filipinas e Indonesia, arriba también. El patrón es inequívoco: florecen las culturas de vínculos fuertes, familia presente y sentido compartido, no las más ricas. El mismo estudio encontró una relación negativa entre la riqueza de un país y el sentido que declaran sus ciudadanos: se puede tener todo y no saber para qué.
Dicho sin rodeos: lo que las sociedades más prósperas del planeta están intentando recuperar con encuestas e institutos, nuestra cultura todavía lo tiene. Es una de las pocas ventajas comparativas que no aparecen en ningún informe económico, y es probablemente la más valiosa.
Pero el mismo estudio deja un matiz que no se puede esquivar, porque es la tarea: también en México, también en Argentina y Brasil, los jóvenes puntúan por debajo de sus mayores. El tesoro existe; la transmisión es el eslabón débil. Una cultura que florece no garantiza, por sí sola, que sus hijos hereden el porqué.
El eslabón que no puede quedar al azar
Junte usted las dos mitades y aparece la pregunta que este artículo quiere dejar sobre su mesa.
La primera mitad: los países de nuestra lengua fueron imaginados y construidos por una minoría formada en humanidades aplicadas — gente de criterio, palabra y coraje, capaz de cruzar disciplinas porque las había recorrido. La segunda: esa formación no se produjo sola. Bello, Vasconcelos, Basadre y Henríquez Ureña se hicieron leyendo a los clásicos, estudiando historia, discutiendo filosofía, escribiendo hasta tener voz propia. Hubo un método, aunque nadie lo llamara así.
La pregunta, entonces: ¿quién está aplicando hoy ese método, deliberadamente, a los que van a dirigir su país dentro de veinte años?
Porque van a existir de todos modos. En veinte años, alguien firmará las leyes, dirigirá los hospitales y las empresas, educará a los hijos de todos. La única incógnita es su formación: si además de su especialidad —que la necesitan, y excelente— alguien les habrá enseñado a pensar qué merece la pena construir, de dónde viene su país y qué le prometieron los que lo fundaron.
Esa formación tiene contenido conocido: los libros que no caducan, la historia propia y la universal, el arte, la pregunta por el sentido, la virtud entendida como hábito y no como discurso. Y tiene una condición que la generación fundadora cumplía sin proponérselo y que hoy hay que construir a propósito: no se aprende en soledad. Se aprende en comunidad, con maestros que exigen y acompañan, a lo largo de años.
Una universidad puede dejar ese eslabón al azar, confiando en que el talento se forme solo. O puede decidir que la promesa de la vida de su país —cada país tiene la suya— merece un itinerario. Henríquez Ureña, que se pasó la vida cruzando fronteras para enseñar dondequiera que lo dejaran, no tenía dudas de cuál era la respuesta. Escribió que América es una tarea. Las tareas no se cumplen solas: se le encargan a alguien.
La cuestión es a quién. Y quién lo prepara.
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