La persona

Por qué solo novelas

La psicología llama a la novela un simulador de vuelo de la vida social. Qué dice de verdad la evidencia, qué puede hacer la ficción que ningún ensayo puede, y por qué no se deja resumir.

Cuando alguien ve por primera vez un plan de lectura compuesto exclusivamente por novelas, la pregunta llega sola. ¿Solo novelas? ¿Para formar el criterio? ¿No sería más serio un buen ensayo, un tratado, algo con notas al pie?

La pregunta merece una respuesta seria, porque la decisión no es un capricho estético. Es, probablemente, la decisión mejor respaldada de todo el itinerario. Y para explicarla hay que empezar por un simulador de vuelo.

El simulador

En 2008, los psicólogos Raymond Mar y Keith Oatley publicaron la teoría que ordenó todo un campo de investigación. Su punto de partida: la psicología había ignorado la ficción durante un siglo porque parecía mero entretenimiento. Error. La ficción, proponen, es otra cosa: una simulación del mundo social. Las novelas comprimen, abstraen y simplifican la experiencia humana igual que un mapa comprime un territorio, y al leerlas ejecutamos esa simulación en nuestra propia cabeza: sentimos emociones congruentes con los personajes, hacemos inferencias sobre sus intenciones, predecimos y nos equivocamos.

Su analogía se ha vuelto célebre: un piloto mejora en el simulador de vuelo sin despegar del suelo. Quien se sumerge en las simulaciones de la ficción entrena en el dominio del que trata la ficción, que es exactamente uno: las personas. En sus estudios, la exposición habitual a la ficción se asociaba a mejor comprensión de los demás; curiosamente, la dieta exclusiva de no-ficción se asociaba a lo contrario. Se puede saber muchísimo y entender a muy poca gente.

Oatley lo ha formulado de una manera difícil de mejorar: leer una novela es incorporar un fragmento de conciencia ajena.

Qué dice la ciencia — de verdad

En 2013, la revista Science publicó un experimento que dio la vuelta al mundo: leer pasajes de ficción literaria —no de ensayo, no de best-sellers de género— mejoraba de inmediato el rendimiento en pruebas de "teoría de la mente", la capacidad de comprender que los demás tienen creencias y deseos distintos de los tuyos.

Desde entonces, ese estudio se cita en cada artículo sobre los beneficios de leer. Casi nunca se cuenta lo que pasó después, y aquí sí vamos a contarlo, porque importa.

Las réplicas dieron resultados mixtos. Algunos equipos reprodujeron el efecto; otros, incluyendo experimentos en los que participó el propio autor original, no lo encontraron o lo encontraron a medias. La conclusión honesta del campo, una década después, es esta: el efecto de una dosis única es frágil. Leer un cuento esta tarde no te convierte en mejor persona esta noche.

Lo que sí resiste, y con solidez, es otra cosa: el efecto del hábito. Los lectores habituales de ficción literaria rinden mejor en comprensión de otras mentes, y la relación se mantiene cuando se descuenta la edad, el nivel educativo e incluso la empatía que uno se atribuye a sí mismo. No es que los empáticos lean más: es que la familiaridad sostenida con la ficción predice algo que las demás variables no explican.

Hay un hallazgo lateral de esa misma investigación que merece subrayarse, porque es el criterio de todo canon dicho en lenguaje de laboratorio: los personajes de la ficción popular son percibidos como más predecibles y estereotípicos que los de la literaria. La ficción de consumo confirma los modelos que ya tienes de la gente. La literatura te los complica. Y solo lo que te complica te entrena.

Fíjate en lo que se sigue de todo esto. Si el efecto está en el hábito y no en la dosis, entonces lo que necesita quien quiere formarse no es una recomendación de libro para el verano. Es un itinerario de años. Exactamente eso es un plan de lectura.

Lo que solo la ficción puede hacer

Pero el argumento más fuerte a favor de la novela no depende de ningún experimento, y es bastante más viejo que la psicología.

Lo formuló Aristóteles hace veintitrés siglos: la poesía es más filosófica que la historia, porque la historia cuenta lo que ocurrió y la poesía lo que podría ocurrir — lo universal. La filósofa Martha Nussbaum lo ha dicho para nuestro tiempo: hay verdades sobre la vida moral que solo pueden decirse en forma narrativa; la forma de la novela no es un envoltorio del contenido, es parte del contenido. Y Vargas Llosa le dio el título perfecto: la verdad de las mentiras. Las novelas mienten —esa es su naturaleza— y mediante esa mentira dicen algo verdadero sobre lo humano que no puede decirse de ninguna otra manera.

Compruébalo con un ejemplo. Puedes leer el mejor ensayo jamás escrito sobre los celos: saldrás informado sobre los celos. Lee Otelo y habrás estado dentro de unos celos, habrás sentido cómo razonan, cómo se justifican, cómo un hombre inteligente se destruye con argumentos impecables. El ensayo te da el mapa. La novela te mete en el territorio. Un criterio formado solo con mapas es un criterio que nunca ha pisado nada.

El formato que no se puede resumir

Y aquí llega la razón de nuestra época, la que hace que esta decisión antigua sea, de pronto, rabiosamente actual.

Un ensayo transmite información y argumentos. Por eso una máquina puede resumirlo en diez líneas sin pérdida esencial: su contenido es separable de su forma. Ya vivimos en el mundo donde cualquier estudiante puede pedir ese resumen y obtenerlo en tres segundos.

Una novela no se puede resumir. Se puede resumir su argumento, claro: "un estudiante mata a una vieja usurera y no soporta lo que ha hecho". Pero ese resumen no contiene nada de lo que Crimen y castigo hace en quien lo lee, porque el contenido de una novela no es la información que transporta: es la experiencia de atravesarla. Haber sido Raskólnikov durante seiscientas páginas no cabe en una sinopsis, igual que no cabe en una sinopsis haber estado enamorado.

En la era del resumen automático, la novela es el único formato de conocimiento que exige presencia. No puedes delegar en nadie —ni en nada— el haber vivido dentro de otro. Por eso, cuando todo lo resumible se ha vuelto barato, un plan de lectura de novelas no es la opción blanda. Es la única que no se deja falsificar.

Leer despacio en la era del scroll

Queda una objeción práctica: ¿quién lee hoy seiscientas páginas?

La neurocientífica Maryanne Wolf, que lleva una vida estudiando el cerebro lector, ha documentado el problema con precisión: la lectura en pantallas nos está entrenando en la lectura superficial —"la tecnología que hemos creado es un imán para la lectura superficial"— y con ella se erosiona lo que llama lectura profunda: conectar lo que ya sabes con lo nuevo, hacer analogías, adoptar la perspectiva de otro, integrar todo en un juicio propio. Su lista de operaciones de la lectura profunda es, casi palabra por palabra, la definición del criterio.

La respuesta de Wolf no es la nostalgia sino el entrenamiento deliberado: reservar cada día un espacio sin pantallas para la lectura que exige. La novela larga es el gimnasio natural de esa capacidad, precisamente porque no se deja leer en diagonal. Quince minutos al día, cada día, durante años, hacen lo que ningún atracón puede hacer.

Un viaje de novelas

Por todo esto, un itinerario serio de humanidades lee novelas. Solo novelas, y de las que complican.

Novelas para entender la ciencia desde el asombro —hay pocas clases de ciencia mejores que perseguir una ballena blanca durante seiscientas páginas—. Novelas que hablan nuestra lengua en las dos orillas: Cervantes y García Márquez, Galdós y Gallegos. Cuatro niveles de profundidad por etapa, porque el que empieza y el que ya lleva años leyendo no necesitan la misma puerta. Y un mentor con quien conversar lo leído, porque la lectura acaba de hacer su trabajo cuando se piensa en voz alta con otro.

No es la manera más rápida de formar un criterio. Es la única que funciona. Los atajos, para lo que se puede resumir.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

Un viaje de ideas, conversaciones y veinte minutos al día para seguir creciendo.