La era

Tu título caduca; tu criterio, no

Todo el mundo repite que las competencias caducan en cinco años. Fuimos a buscar la fuente y no aparece. Lo que sí resiste es el criterio: por qué la universidad debería ser comunidad y no evento.

En el salón de casa de tus padres hay un título enmarcado. Quizá el tuyo, quizá el de tu hermana. Lleva ahí años, con su orla, su latín impostado y su firma ilegible, y nadie lo ha descolgado nunca porque descolgarlo sería admitir algo incómodo: que casi nada de lo que certifica sigue valiendo lo que valía el día que lo colgaron.

No es una provocación. Es una medición — o casi.

En 2019, el Institute for Business Value de IBM publicó un informe sobre la brecha de competencias que contenía una frase destinada a escaparse de su contexto: las competencias profesionales tienen una vida media de una competencia aprendida se estima hoy en cinco años, y aún menos en las técnicas. La imagen venía de la física. Igual que un isótopo pierde la mitad de su masa en un plazo fijo, una competencia pierde la mitad de su valor de mercado mientras tú sigues pagando el máster que la enseñaba. La frase hizo fortuna. Se citó en Forbes, en informes de consultoría, en cada congreso de recursos humanos de la última década — casi siempre sin decir de dónde salía, como esas coplas que todo el mundo canta y nadie sabe quién compuso.

Merece la pena leer la letra pequeña, porque ahí está la parte honesta de la historia. IBM no midió competencias decayendo en un laboratorio. Preguntó a miles de directivos cuánto creían que duraban las capacidades de sus plantillas, y agregó percepciones. El “cinco años” es un juicio colectivo de quienes contratan, no una constante universal. Eso no lo invalida — el juicio de quien contrata es precisamente lo que decide tu sueldo —, pero lo cambia de categoría: no estamos ante una ley de la naturaleza, sino ante el estado de ánimo del mercado. Y los estados de ánimo, conviene recordarlo, también oscilan. Hay además un detalle que la cita nunca arrastra consigo: la nota al pie de esa frase, dentro del propio informe, no remite a un estudio, sino a un artículo de opinión publicado dos años antes.

De hecho, oscilan a la vista de todos. El Foro Económico Mundial pregunta cada dos años a empleadores de todo el planeta qué parte de las competencias de sus trabajadores espera ver cambiar en el próximo lustro. Ya contamos aquí ese dato cuando hablamos de empleabilidad: un 39% de aquí a 2030. Lo que no habíamos contado es su trayectoria. En 2023 la estimación era del 44%; en 2020, en plena pandemia, llegó a marcar un 57%. En la primera edición del informe, en 2016, era del 35%. El futuro, medido por quienes dicen conocerlo, se acaba de corregir cinco puntos a la baja. Quien te venda que todo se acelera siempre y sin freno no te está enseñando la serie completa.

Y hay algo más en ese informe, casi escondido, que debería hacer sonreír a cualquiera que haya pisado una biblioteca. Cuando el WEF lista las competencias más estables — las que menos van a cambiar de aquí a 2030 —, aparecen la fiabilidad, la atención al detalle y tres viejas conocidas: leer, escribir y matemáticas. Las capacidades más antiguas del catálogo resultan ser las de mayor duración. En el mapa de la disrupción, lo más parecido a un refugio es una mesa con libros.

Aquí conviene decir algo con claridad, porque este argumento se malinterpreta con facilidad: nada de esto va contra el grado. La especialización no es el problema; es la mayor máquina de profundidad que ha construido la universidad, y quien te opere del corazón conviene que sea un especialista magnífico. El problema es más fino. Dentro de ese expediente que cuelga en el salón conviven dos cosas de naturaleza distinta: una capa técnica — el software que aprendiste, la normativa que memorizaste, el estado del arte de tu campo en el año de tu promoción — y algo que se formó debajo mientras cursabas todo aquello: la capacidad de distinguir un argumento de una ocurrencia, de conectar lo que pasa en tu campo con lo que pasa fuera de él, de decidir con información incompleta. La primera capa es la que IBM mide en años. La segunda no aparece en el expediente, y es la única parte que se revaloriza con el tiempo, porque cada año de experiencia le añade material sobre el que juzgar.

A esa segunda capa la llamamos criterio, y tiene una propiedad económica curiosa: es más valiosa cuanto más barata se vuelve la ejecución. La imprenta abarató el acceso al saber y el mundo premió entonces a quien sabía leerlo. La revolución industrial abarató la fuerza y premió al especialista. La inteligencia artificial está abaratando la ejecución misma — redactar, programar, analizar, resumir — y empieza a premiar a quien sabe qué encargar, qué descartar y qué firmar. Hacer ya no es difícil. Lo escaso es el criterio. De esa historia hablamos largo en la primera pieza de esta serie, la del regreso de los polímatas, y de sus consecuencias laborales en la de la empleabilidad; no lo repetiremos aquí.

Lo que sí es nuevo es que Europa ya ha puesto número a todo esto. El Plan de Acción del Pilar Europeo de Derechos Sociales fija que en 2030 al menos el 60% de los adultos participe en formación cada año. El dato real, según la encuesta de población activa europea de 2024, es del 28,5%. Se puede leer esa brecha como un fracaso de las políticas de empleo. Nosotros la leemos como la vacante más grande del sistema educativo: decenas de millones de adultos europeos que en algún momento de esta década van a buscar dónde volver a aprender — y que todavía no saben a quién llamar.

La pregunta es a quién van a llamar. Y ahí la universidad tiene una ventaja dormida que ninguna plataforma de cursos podrá copiar: ya fue la casa de esa gente. Tiene sus nombres, sus años decisivos, sus amistades, sus profesores. Las universidades lo saben a medias: por eso existen las bolsas de alumni, esas listas enormes de antiguos alumnos que casi ninguna institución sabe para qué sirven más allá de pedir donativos y organizar una cena anual. En el fondo son la prueba empírica de algo que el marketing universitario todavía no se atreve a decir: que el vínculo no caducó cuando caducó el temario. Caducó la capa técnica del título. La pertenencia sigue ahí, esperando materia.

Imagina la universidad no como un evento de cuatro años con ceremonia de clausura, sino como una suscripción vitalicia a una comunidad que piensa. El título sería el recibo del primer tramo, no el certificado de salida. El antiguo alumno volvería no a por otro diploma — a por otra capa técnica que caducará a su vez —, sino a por lo que no caduca: lecturas comunes, conversación con gente que no es de su gremio, profesores convertidos en interlocutores, preguntas de las que no prescriben. La institución que consiga eso no tendrá que perseguir a sus alumni: serán ellos los que no se vayan.

En Nomba Talent trabajamos exactamente en esa costura. El itinerario que proponemos a las universidades — doce etapas de humanidades, un plan de lectura, mentores del propio claustro, una comunidad que sigue viva cuando acaba el curso — no es una capa técnica más: es la materia común que convierte una bolsa de alumni en una mesa a la que apetece volver. No prometemos que el criterio cotice más que el título; eso lo están diciendo ya, con sus números y sus correcciones, IBM, el WEF y la agenda europea. Lo que ofrecemos es más modesto y más antiguo: un sitio donde seguir cultivándolo, con otros, toda la vida. Lo escaso, al fin y al cabo, no se compra hecho. Se cultiva acompañado.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la vida media de las competencias? La estimación (IBM, 2019) de que la mitad del valor de una competencia profesional se pierde en unos cinco años, y menos aún en las técnicas. Es percepción directiva agregada, no medición física.

¿Qué es el aprendizaje continuo? La formación sostenida a lo largo de la vida adulta; la UE se ha fijado que el 60% de los adultos se forme cada año en 2030.

¿Sirve de algo entonces el grado universitario? Sí: da la profundidad y el método. Lo que caduca es su capa técnica; lo que no caduca es el criterio que se formó al cursarlo.

¿Qué competencias serán más estables hasta 2030? Según el WEF: leer, escribir y matemáticas, fiabilidad y atención al detalle, control de calidad.

¿Están aumentando sin freno los cambios de competencias? No exactamente: la estimación del WEF bajó del 44% (2023) al 39% (2025).

¿Qué puede hacer una universidad por sus antiguos alumnos? Mantener viva la comunidad: materia común, mentores, lecturas, encuentros — un vínculo que las bolsas de alumni demuestran posible.

¿Aprendizaje continuo es lo mismo que reskilling? El reskilling recualifica para un puesto; el aprendizaje continuo es más ancho: incluye el cultivo del juicio que hace posible cualquier reskilling futuro.

¿Y si esto fuera tu próximo año?

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