Una lengua, dos orillas
El español roza los 636 millones de hablantes y su canon se escribió a ambos lados del Atlántico. Sor Juana, Bello, Darío, el Boom: la fiesta que ningún nombre agota se celebra leyendo.

Gabriel Serrano

Hay dos Guadalajaras, una en Jalisco y otra en Castilla, y esta frase puede leerse en las dos sin traducirla. Conviene empezar por ahí, porque se acerca el 12 de octubre y con él una paradoja que casi nadie advierte: es la única fiesta del calendario hispano que cambia de nombre según el país que la celebra. En España se llama de una manera; en América, de varias, y en las últimas décadas más de un país ha preferido rebautizarla para mirar de frente su propia historia. Ese debate existe, es legítimo y tiene sus foros. Este cuaderno no viene a arbitrarlo. Viene a señalar lo que queda en pie debajo de todos los nombres: esa mañana, a los dos lados del Atlántico, cientos de millones de personas discutirán, celebrarán o matizarán la fecha en la misma lengua.
La cifra y su letra pequeña
Pongamos números, con su historia. Cada otoño, el Instituto Cervantes presenta en Madrid su anuario «El español en el mundo». En la edición de 2025, presentada en octubre por su director, el poeta Luis García Montero, la cifra de portada impresiona: 635,7 millones de personas pueden comunicarse hoy en español, treinta millones más que un año antes.
En esta casa las cifras se leen por capas, y esta tiene tres. Algo más de 520 millones hablan español como lengua materna: es la comunidad nativa más grande del planeta después de las del chino mandarín y el hindi. El resto se reparte entre quienes lo hablan con competencia limitada y quienes lo estudian — y la proyección del propio anuario calcula que los estudiantes llegarán a cien millones a final de siglo. Conviene añadir la letra pequeña que el titular omite: quien mide es parte interesada, porque el Cervantes existe precisamente para promover la lengua. Por eso damos las capas y no solo la portada. Aun leída con toda la prudencia, la cifra sostiene algo que ningún matiz desmiente: pocas lenguas en el mundo permiten a los ciudadanos de una veintena de países entenderse sin intérprete, y ninguna otra lo hace con una literatura tan repartida entre sus orillas.
Un canon de ida y vuelta
Porque una lengua no es solo demografía. Es una biblioteca en régimen de copropiedad, y la del español se construyó con envíos en los dos sentidos. En el siglo XVII, una monja mexicana escribía en un locutorio de Ciudad de México versos que hoy se estudian en Salamanca. En el XIX —ya lo contamos en este cuaderno al hablar de los libertadores— un caraqueño llamado Andrés Bello escribió una gramática pensada, según su propio título, para el uso de los americanos, y la lengua común quedó entendida como patrimonio de todos los que la hablan. A finales de ese siglo, un nicaragüense, Rubén Darío, renovó la poesía en castellano, y fueron los poetas de España quienes aprendieron de él. En el XX el envío volvió a cruzar el mar: los lectores de Madrid y Barcelona descubrieron que buena parte de la mejor novela en su lengua se estaba escribiendo en América, y desde hace décadas los diccionarios se hacen entre todos, con las academias de los dos lados trabajando en una misma mesa. El español no tiene casa matriz. Tiene orillas.
Quien busque el reparto exacto de méritos perderá la tarde: el canon de esta lengua no admite aduanas. Y ahí está la diferencia con casi cualquier otro idioma grande del mundo: un universitario de Lima y uno de Pamplona no comparten solamente un instrumento de comunicación; comparten a Cervantes y a García Márquez, a Machado y a Borges, sin que ninguno de los dos esté leyendo literatura extranjera.
Los rectores no esperaron a la efeméride
Esto no es solo materia de nostalgia cultural; se está convirtiendo en arquitectura institucional. El 21 de abril de 2026, en la Universitat Jaume I de Castellón, se reunió la II Cumbre de Rectoras y Rectores México-España, organizada por la CRUE y su homóloga mexicana, la ANUIES, con veintisiete universidades españolas y una de Andorra en la delegación. La declaración final compromete cosas muy concretas: programas y titulaciones conjuntas, movilidad académica física y virtual, simplificación del reconocimiento de estudios y unas Cátedras Binacionales que funcionarán como instrumento permanente de investigación y formación compartidas.
Léalo despacio quien crea que la hermandad de la lengua es un brindis de efeméride: mientras la conversación pública discute el nombre de una fiesta, los rectorados de las dos orillas firman papeles para que un estudiante pueda formarse entre los dos países sin cambiar de idioma. La lengua común está dejando de ser un paisaje para convertirse en una infraestructura.
Seamos honestos también aquí: compartir lengua no garantiza entenderse. Hablar igual no evita malentendidos, prejuicios ni distancias — cualquier familia lo sabe. La lengua común es la condición de la conversación, no la conversación misma. Esa hay que construirla: sentarse, leerse, escucharse. Justo lo que aquellos rectores fueron a hacer a Castellón.
La lengua que no escribiste
En el viaje de TheNomba hay una pantalla de la segunda etapa que lo dice de una vez: «Hay una parte de ti que no escribiste: tu origen, tu familia, tu lengua, tus primeros vínculos». El filósofo Higinio Marín explica ahí que esa historia recibida no te limita, sino que te abre camino. La lengua es la primera herencia que recibiste sin firmar nada, y con ella te llegó, entera, la biblioteca de las dos orillas: quinientos años de gente pensando en tu idioma sobre casi todo lo que te va a pasar.
Por eso el viaje se toma la lectura tan en serio. Cada etapa termina con un plan de lectura, la biblioteca guarda más de quinientos títulos recomendados por los aliados, y el objetivo está declarado desde la primera etapa: que tras el viaje no dejes de leer nunca. De Cervantes dicen esas pantallas algo que vale como programa entero: sus historias no nos sacan de la realidad — la ensanchan. Lo grande aparece en lo pequeño: un gesto, un diálogo, una escena mínima. Eso, exactamente eso, es lo que celebra quien celebra una lengua.
El test de la estantería
No vamos a decirte cómo llamar al 12 de octubre; ese pleito no es nuestro y cada país lo resuelve en su casa. Te proponemos, en cambio, un ejercicio que se responde solo, como los otros tests de este cuaderno. Abre tu lista de lecturas del último año — la real, no la que declararías en una entrevista. Cuenta cuántos autores hay de la otra orilla. Si lees desde España y no aparece América, o lees desde América y no aparece España, no tienes un problema ideológico; tienes media biblioteca sin estrenar, y era tuya.
Los libertadores, contábamos hace unas semanas, leyeron primero y decidieron después, y en sus estanterías convivían las dos orillas con toda naturalidad. Dos siglos más tarde, 635 millones de personas caben en esta lengua. En tu estantería caben, al menos, sus dos orillas. El 12 de octubre, se llame como se llame donde vives, es un buen día para comprobarlo.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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