Gregorio Luri: el maestro de la capacidad de retorno
Maestro antes que filósofo, Gregorio Luri sostiene que la atención se educa, que el criterio exige humildad y que el arco no debe estar siempre en tensión. Perfil del primer aliado del viaje.

Gabriel Serrano

En Agüimes, un municipio del sureste de Gran Canaria, coincidieron hace años un sociólogo célebre en medio mundo y un maestro de escuela que se moría de ganas de hacerle una pregunta impertinente. El sociólogo era Zygmunt Bauman, el hombre que enseñó a nuestra época a llamarse a sí misma «líquida». El maestro era Gregorio Luri, y la pregunta fue esta: ¿de verdad cree usted que todo es líquido? Bauman se lo quedó mirando y respondió: precisamente porque todo es líquido, los amores deben ser sólidos.
Luri cuenta la anécdota sin solemnidad, como quien pasa un vaso de agua. Pero a quien vive rodeado de discursos sobre el cambio permanente —y en la universidad se vive rodeado de ellos— esa respuesta le ofrece algo que casi ningún discurso ofrece: un sitio donde apoyar el pie.
Gregorio Luri fue maestro de escuela antes que filósofo, y esa jerarquía explica casi todo lo demás. Ha escrito una biblioteca entera sobre aprendizaje, familias, escuela y sentido común, con una claridad que incomoda y, a la vez, libera. En uno de sus libros más recientes, Prohibido repetir (Rosamerón, 2024), vuelve a hacer lo que lleva décadas haciendo: defender la escuela contra sus propias modas, sin nostalgia y sin trinchera. «Hay que buscar lo bueno esté donde esté», decía al presentarlo, «y si está en una nueva metodología, adoptémoslo». No es un enemigo de lo nuevo; es un examinador de lo nuevo. La diferencia importa, porque de ella depende que sus críticas más duras —«la sobreprotección es una forma de maltrato», por ejemplo— suenen a lo que son: al cuidado de alguien que ha pasado la vida en aulas de verdad, con estudiantes de verdad.
La mirada efímera
Ya contamos en este cuaderno que la permanencia media de un adulto en una pantalla ronda los 47 segundos, y que la primera lección del viaje de TheNomba es, precisamente, una clase de Luri sobre la atención. Lo que no habíamos contado es cómo define él el problema, porque su definición cambia el diagnóstico entero. Lo contrario de la atención, dice, no es la distracción: es la mirada efímera. Y lo explica con un viaje. Hay quien vuelve de una semana «maravillosa» que pasó por París, Berlín, Tokio y Nueva York; él prefiere a quien estuvo cuatro días en la plazoleta de un pueblo con un café en la esquina. La mirada efímera lo ha recorrido todo y no ha visto nada.
La ciencia respalda lo esencial de esa intuición, y con una imagen difícil de olvidar. En 2014, un equipo dirigido por Timothy Wilson y Daniel Gilbert publicó en Science una serie de experimentos sobre lo que ocurre cuando se deja a alguien a solas con sus pensamientos. En el más famoso, estudiantes de la Universidad de Virginia debían pasar quince minutos sin hacer nada, sin teléfono, sin papel, solo pensando; en la sala había un botón que administraba una descarga eléctrica que todos conocían y que habían declarado desagradable — tanto que dijeron que pagarían por no repetirla. Dos de cada tres hombres, y una de cada cuatro mujeres, prefirieron la descarga al silencio. Luri suele citar este experimento en sus clases y tiene un nombre para lo que revela: el tiempo anónimo. El tiempo sin contenido se nos ha vuelto insoportable, y la trampa es que no se llena metiendo cosas dentro. Hay que poner algo de uno mismo en él.
Y aquí llega el matiz que lo separa de los profetas del apocalipsis atencional, y que conviene contar entero. Luri ya no está seguro de que los jóvenes hayan perdido capacidad de atención. Durante mucho tiempo pensó que sí; ahora sospecha que la han perdido sobre todo en las actividades escolares, mientras la conservan intacta para lo que les importa. La atención, recuerda, es frágil en todos — está convencido de que hasta el Papa se distrae. Por eso su definición de la atención educada no es la del que nunca se va, sino la del que sabe volver: la capacidad de retorno. Distraerse no requiere voluntad; volver, sí. Entrenar la atención es entrenar el regreso.
Comprender antes de opinar
El gran esfuerzo intelectual, sostiene Luri, no es la crítica sino la descripción: saber ver lo que hay. Y su queja sobre nuestro tiempo cabe en una frase suya: estamos educando para opinar antes de hacer el esfuerzo de comprender. Le gusta ilustrarlo con Marx, que escribió que los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo cuando de lo que se trataba era de cambiarlo. Luri responde que la conclusión lógica de esa premisa era otra. Si tanta gente brillante lleva siglos intentando interpretar el mundo sin acabar de conseguirlo, lo que se sigue es que interpretar el mundo no es nada fácil — y que querer cambiar lo que no se ha comprendido tiene sus riesgos, porque la urgencia de actuar rara vez espera a la comprensión.
De ahí su crítica más citada y más incómoda: el gran pecado de la pedagogía moderna es perseguir el bienestar emocional rebajando la exigencia académica. No funciona, dice, porque el bienestar no se alcanza esquivando la exigencia sino a través de ella. El conocimiento riguroso proporciona lo que él llama experiencias de orden; tiene, en sus palabras, un poder terapéutico. Cuando en este cuaderno contamos que la virtud se entrena, el argumento era hermano de este: los programas que dejan huella son los que tratan al estudiante como alguien capaz de más, no como alguien a quien proteger de la dificultad.
El criterio y el arte de no saber
Criterio es la palabra de esta casa, y Luri le pone una condición severa: el criterio siempre está en construcción. Nunca se podrá decir «ya tengo la fórmula de la verdad del mundo»; lo que conocemos son fragmentos minúsculos de la realidad. Por eso recomienda empezar por donde empezaba Luis Vives, el humanista valenciano, con lo que llamó el ars nesciendi: el arte de no saber, construirse una imagen honesta de la propia ignorancia. De esa asimetría — la ignorancia inmensa, el saber minúsculo — saca Luri una conclusión que debería presidir más de un aula: el criterio es indisociable de la humildad.
¿Y cómo se cultiva? Su respuesta es el método humanista de siempre: la lectura lenta. Nietzsche se declaraba «maestro de lectura lenta» y pedía leer como rumian las vacas, dos veces cada bocado. Josep Pla, con quince años, pasaba horas ante un pino de la Costa Brava describiendo su tronco. Atender, en el fondo, es dar importancia a las cosas: es imposible sostener la mirada sobre aquello a lo que no se le encuentra valor, igual que al enamorado no le cuesta ningún esfuerzo mirar. Luri lo aprendió en un místico del siglo XVI, Malón de Chaide: las cosas pequeñas se pueden conocer sin amarlas; las grandes, no. El amor es clarividente. De por qué ese entrenamiento pasa por novelas enteras y no por resúmenes ya hablamos aquí largamente.
El arco que no siempre está en tensión
Lo que impide convertir a Luri en un gurú del rendimiento es su desconfianza hacia la tensión permanente. Le gusta una historia que transmite Casiano: un cazador encontró a San Juan acariciando una perdiz y le reprochó que perdiera el tiempo. San Juan le preguntó por qué no llevaba el arco siempre tensado. Porque perdería fuerza, respondió el cazador. Pues en la vida humana ocurre igual, concluyó el santo. Hacen falta momentos de pausa y momentos de dispersión; cantar en la ducha las canciones del verano también forma parte del programa. Más aún: la creatividad aparece justamente cuando uno deja que la atención juegue a su aire — el problema irresoluble que se resuelve solo camino de la fuente. El dominio de la atención incluye elegir el descanso. Nada que ver con la culpa; todo que ver con el gobierno de uno mismo.
La primera lección del viaje
En el viaje de TheNomba, Luri es el primer aliado con el que el estudiante se sienta. Abre la primera etapa enseñando a superar al guardián del umbral — la distracción que se interpone ante cualquier vida interior —, reaparece en la segunda para desarmar el transhumanismo con una frase que merece pizarra: no somos máquinas con un misterio, sino misterios con alguna máquina; y vuelve en la tercera, cuando toca pensar la liquidez, con la anécdota de Bauman incluida. No enseña técnicas de estudio. Enseña un mapa del propio interior y la manera de defenderlo.
Para un universitario de veinte años, rodeado de herramientas que ejecutan por él, la promesa de Luri no es rendir más. Es recuperar la capacidad de quedarse cuatro días en la plazoleta: mirar despacio algo que lo merezca, volver cuando la mente se vaya, y no pedir perdón por los momentos de perdiz. Él mismo lo dice de los clásicos: un autor no está desfasado por haber vivido hace siglos; estará desfasado si no nos dice nada interesante. Si nos lo dice, es nuestro contemporáneo. Pocos contemporáneos tan nuestros.
Imagen de portada generada con inteligencia artificial.
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